De todos los rincones se movilizaron para intentar salvar la vida de Grimau. La campaña internacional reclamando su indulto puso en jaque al régimen. Llegaron 800.000 telegramas firmados, entre otros, por Jean-Paul Sartre, Yves Montand, André Malraux, John F. Kennedy, Willy Brandt, Harold Wilson, la reina madre de Bélgica y el papa Juan XXIII, quien hizo llegar a Franco «una exhortación a la caridad cristiana».
Desde Italia, el profesor Giorgio La Pira, alcalde de Florencia y miembro influyente de la Democracia Cristiana italiana, encabezó una acción de protesta secundado por los poetas Salvatore Quasimodo, Giuseppe Ungaretti y Alberto Moravia.
Igualmente se pronunció el dirigente católico italiano Aldo Moro: «este fusilamiento adquiere caracteres no de justicia, sino de venganza política».
Nikita Kruschrev también escribió a Franco un telegrama solicitando el indulto: «Ninguna razón de Estado podría justificar el hecho de que 25 años después de terminar la Guerra Civil de España se pueda juzgar a una persona según leyes de tiempo de guerra. Guiado por sentimientos de humanidad me dirijo a usted convencido de que atenderá el ruego de modificar esta sentencia». Pero, como dijo Lola Grimau, las sentencias estaban decididas de antemano.
“Julián no tenía salvación. Durante los cinco meses que estuvo detenido, los miembros de la dirección del PCE nos reunimos casi todos los días para mover nuestros contactos e intentar que fuera liberado”, dejó escrito Armando López Salinas. “Nos tenían ganas y a él es al que pillaron”. En esa misma línea se expresó su amigo Víctor Díaz Cardiel: “Grimau fue asesinado porque era un alto dirigente del PCE y el régimen quería dar un golpe sobre la mesa. Eran tiempos revueltos. Acaban de producirse las huelgas mineras en Asturias y CCOO comenzaba a tener peso en las fábricas de Madrid. El asesinato de Grimau era un aviso a la oposición al régimen: No tenemos problema en volver a coger las armas”.
Aquel abril de 1963, después del Consejo de Guerra se celebró un Consejo de Ministros extraordinario para atender las peticiones de indulto. Se reunieron 19 ministros más Franco. Uno de ellos era Manuel Fraga, el artífice del montaje periodístico, para acusar falsamente a Julián, inventar cargos e intentar lavar las torturas y defenestración realizadas en la DGS transformándolo en un intento de suicidio. “Fraga diseñó una campaña de propaganda bestial para convencer a los españoles. De hecho, se entregaba un folleto explicativo sobre las acusaciones de Grimau a todas las personas que entraban y salían de España”, aseguró el historiador Antonio Ortiz.
No le indultaron. No hubo justicia. Tampoco vergüenza. Y menos aún piedad. A Julián le mataron de madrugada, con 27 balas y dos tiros de gracia. Y le enterraron clandestinamente en el cementerio de Carabanchel. Se supo gracias a una trabajadora que lo presenció. Hoy los restos de Grimau descansan en el Cementerio Civil, donde cada año el Partido y sus camaradas le recuerdan. Esta vez lo hicieron a las 9 de la mañana, encabezados por el Secretario General del PCE,.
Julián Grimau fue el último muerto de la guerra civil. Fraga fue uno de sus verdugos.







