“El fin más importante de la experimentación, es por tanto, el desarrollo del juicio crítico y de la conciencia de la propia personalidad más que el ensanchamiento del círculo de los conocimientos infantiles”. Enrique Rioja, Cómo se enseñan las ciencias Naturales (1933)
Hablar hoy en día de la importancia de la pedagogía, de cómo enseñar pensamiento crítico o de la importancia de comprender conceptos en lugar de vomitar datos parece algo tan evidente que lo damos por sentado en cualquier disciplina y periodo académico. Pero, oigan, no siempre fue así, ni mucho menos. Y nuestro protagonista de hoy fue un pionero en España de la renovación pedagógica de la enseñanza de las ciencias allá por el primer tercio del siglo XX.
Enrique Rioja Lo Bianco nació en Santander, en el seno de una familia con una clara vocación científica. No resultaba raro, por tanto, que se decantara por la Biología y la Zoología, licenciándose en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid con Premio Extraordinario y matrícula de honor en todas las materias. Al año siguiente también obtuvo Extraordinario en su tesis doctoral sobre el estudio de la fauna de anélidos poliquetos del Cantábrico. Si se preguntan qué son los poliquetos, han de saber que se trata de animales acuáticos, casi exclusivamente marinos, dotados de numerosas quetas; generalmente carnívoros de fondos arenosos, aunque existen formas especializadas en comer sedimento. Y a pesar de que se centró muy especialmente en la taxonomía de estos interesantes “gusanillos”, investigó también aspectos ecológicos, problemas de la hidrobiología y tuvo una extensa producción en materia de didáctica de las ciencias. Entendió muy pronto que no era solo saber mucho, sino y sobre todo, ser capaz de enseñar mucho.
Fue nuestro protagonista un científico inquieto, recalando en distintas ciudades como profesor de secundaria, pero siempre ligado al Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta su exilio a México en 1939, previo paso por Francia. ¿Sabían? Rioja pasó a Francia en el mismo grupo en que estaba Antonio Machado, su madre y hermano, y otros muchos intelectuales
Pero antes de irnos a México, volvamos atrás y sepamos, también, por qué el exilio:
Nuestro fan de los poliquetos y otros bichos marinos era, además, una persona con grandes intereses sociales. Se comprometió entusiastamente en el movimiento reformador de la educación que se puso en marcha en la Segunda República, asumiendo en 1932 la cátedra de Biología aplicada a la Educación, que incluía los estudios pedagógicos en la Universidad, así como se incorporó a importantes órganos consultivos del Gobierno, como el Consejo de Instrucción Pública, Junta Técnica de la Inspección General de Segunda Enseñanza o el Consejo Nacional de Cultura entre otros. Y fue miembro de una institución maravillosa que seguro que les sonará: Las Misiones Pedagógicas, de las que hablaremos en algún momento.
Durante sus años como docente Rioja defendió innovadoras ideas y prácticas pedagógicas sobre la enseñanza de las ciencias, sobre el papel del docente como orientador del alumno y el de este como investigador; y defendía algo bastante actual: la concepción de la naturaleza como el aula por excelencia para el aprendizaje de las ciencias.

Pero, además, y de esto se sabe algo menos, Enrique Rioja participó en la creación y puesta en marcha de los Institutos para Obreros, llegando a dirigir personalmente el primero de ellos, sito en Valencia. Estos Institutos Obreros fueron puestos en marcha, ya empezada la guerra, siendo Jesús Hernández (PCE) ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, con el fin de llevar el conocimiento a las clases trabajadoras de nuestro país y formar una auténtica vanguardia revolucionaria entre las y los obreros antifascistas. Algunas de las características de este proyecto pedagógico revolucionario siguen siendo muy válidas hoy: la coeducación y la igualdad de género, la existencia de una remuneración que permitiese al alumnado estudiar sin comprometer la economía familiar y una educación laica, científica y activa.
Comenzó, así y en palabras recogidas en la Gaceta de la República, Decreto de 23 de noviembre de 1936, “un ensayo encaminado a alcanzar rápidamente los beneficios de la enseñanza superior”.
Con la pérdida de la guerra se perdió la memoria de estos centros y su revolucionaria pedagogía. Se perdió la memoria de Enrique Rioja y se perdieron años valiosos de ser la ciencia española un referente indiscutible.
Rioja se exilió a México donde no dejó de aportar al desarrollo de las Ciencias, introduciendo por primera vez la Ecología en la carrera de Biología, reorganizando y consolidando el laboratorio de Hidrobiología y llegando a ser presidente de la Sociedad Mexicana de Historia Natural. Y no dejando de participar, tampoco, en la prensa del exilio. Al final de su vida tuvo, también, una intensa actividad internacional en el marco del Centro de Cooperación Científica de la UNESCO.
En España el Ministerio de Educación Nacional franquista incluyó su nombre, junto al de muchos otros, entre los autores de libros escolares “de obligada retirada”, arrebatándonos su memoria, su compromiso con la pedagogía y su compromiso con un mundo mejor, como nos arrebataron la memoria de los Institutos Obreros. Pero la semilla había quedado plantada.








