Permiso de residencia

Permiso de residencia

El local estaba a media luz y era alargado y con demasiados tonos rojos en la decoración. En el mostrador había seis taburetes y cuatro chicas que se dedicaban al descorche. Una de ellas era negra.

Entraron dos hombres y se apoyaron en el mostrador. Uno de ellos era alto, huesudo, se frotaba las manos constantemente y llevaba una gabardina. El otro no tenía ninguna seña particular, excepto un bigote que se le estaba poniendo blanco y un redondel de calvicie en la coronilla.

El de la gabardina dijo:

─¿Quién se llama Susana?

Ninguna de las chicas contestó. La negra carraspeó.

─Soy yo ─contestó ella, finalmente.

─Muy bien, guapa ─añadió el del bigote─. Ven y ponnos algo de beber, queremos hablar contigo.

Como si alguien hubiese dado una señal, la música comenzó a sonar. Quizás estuviese demasiado alta, pero era así como sonaba siempre.

─Sí ─contestó la negra─. ¿Qué quieren ustedes beber?

─Cerveza ─contestó el del bigote, que se dirigió al que le acompañaba─. ¿Y tú?

─Me tomaré otra cervecita ─dijo.

La negra llamada Susana abrió la nevera y sacó dos botellas de cerveza que colocó sobre la mesa y, después, dos vasos. Abrió las botellas y vertió un poco de cerveza en ambos vasos. Las tres chicas restantes fingieron dedicarse a sus asuntos.

El del bigote bebió el primero. Después lo hizo su amigo.

─Buena la cerveza, sí señor ─dijo el del bigote─. Muy buena.

─Y fresquita ─añadió el de la gabardina, que continuaba frotándose las manos constantemente─. No aguanto la cerveza caliente.

─Está en la nevera ─intervino Susana.

─Lo hemos visto ─dijo el de la gabardina─. Acabas de sacarlas delante de nuestras narices. ¿Es que crees que somos ciegos?

─O tontos. Di, ¿crees que somos tontos, Susana?

─No, señor, no lo creo.

Una de las chicas dio un paso hacia ellos.

─¿Ocurre algo, Susana? ─preguntó.

El de la gabardina alargó la mano y apartó a la mujer. La mano estaba helada y la mujer sintió un estremecimiento.

─Vuelve al rincón ─le dijo─ ¿Lo has oído?

─Sí…, sí, señor ─contestó la mujer─. Sólo quería…

─A tu rincón, queremos estar solos con Susana. Nos cae muy bien, ¿verdad, guapa? ¿Y nosotros, te caemos bien?

Susana no contestó y el de la gabardina empezó a frotarse las manos.

─Te he preguntado si te caemos bien.

─Sí, sí señor, me caen los dos muy bien.

─Entonces haz tu trabajo, charla con nosotros, danos palique. ¿Así es como trabajas, verdad?

─Sí, claro ─sonrió, mostrando unos dientes muy grandes y muy blancos─. ¿De qué quieren ustedes que hablemos?

─Primero tómate tú una copita. ¿Qué vas a tomar?

─Un güisqui.

El de la gabardina alargó la mano.

─Pues venga, tómatelo y empecemos a hablar. Nos tienes que distraer.

Susana se sirvió dos dedos de güisqui de una botella en un vaso alto y luego lo cubrió de agua. Lo alzó y dijo:

─A tu salud.

Los dos hombres levantaron sus vasos y bebieron en silencio.

─Bueno, ya estamos los tres cómodos. ¿De qué hablamos ahora?

─Todavía es muy temprano ─dijo Susana─. Los clientes empiezan a venir después, sobre las diez. Pero sobre todo a partir de las doce esto se anima bastante.

─El dueño vendrá dentro de un rato ─manifestó una de las mujeres que se había sentado en el taburete más alejado─. Mejor que hablen ustedes con él.

El del bigote sonrió y su rostro se cubrió de arruguitas.

─Cuéntanos cómo es tu tierra, Susanita.

─Sí y cómo has venido a España ─añadió el del bigote.

─Luego vendrá el dueño ─insistió la mujer─. Hablen con él, no creo que tarde mucho.

─Claro que va a venir. ¿Verdad, tú?

El de la gabardina asintió con la cabeza.

─Vendrá, ya lo creo.

─¿Qué quieren ustedes, señores? ─preguntó Susana─. Esto es un poco raro, ¿no?

─No, no es nada raro, es muy normal. Vosotras estáis aquí para alternar con los clientes, ¿verdad?, es vuestro trabajo. Bueno, pues nosotros también estamos haciendo nuestro trabajo, cumplimos con nuestra obligación.

Susana comenzó a observar su vaso con atención.

─Nosotros somos clientes, ¿verdad tú?

─Eso es, somos clientes. Estamos bebiendo cerveza.

─¿Cuándo vendrá el dueño, Susana?

Susana miró hacia sus compañeras y contempló su reloj de muñeca.

─Dentro de poco, ya tendría que estar aquí.

El hombre de la gabardina sacó unos papeles del bolsillo y los colocó sobre el mostrador. El del bigote comenzó a mirar a todas las mujeres que había en el local y dijo:

─Veamos, tenemos aquí a una africana…

─Es dominicana ─le interrumpió su compañero─. Aquí son todas dominicanas, ¿verdad? Blanquitas y negritas, pero dominicanas. ¿A que sí?

─El dueño está al llegar ─manifestó una de las mujeres que se había situado lejos.

─Tenemos un recado para él, pero tú no te calles, cuéntanos cuánto te ha costado venir a Madrid.

─¿Tienen un recado para Félix? ─preguntó Susana y alzó la voz─. ¡Están esperando a Félix! ─exclamó.

─Sí, no nos ha hecho caso y no ha sacado algunos papeles que tenía que sacar. Se ha distraído. Oye, Susana, ¿te gusta este barrio? ─preguntó el del bigote─. ¿O prefieres la calle Orense?

Ni Susana, ni ninguna de las mujeres contestó. Una de ellas comenzó a morderse las uñas y otra encendió un cigarrillo.

─¡Es un asunto con Félix! ─volvió a exclamar Susana.

─Sube la música ─dijo el de la gabardina─. Nos gusta el merengue dominicano, ¿verdad, tú?

Susana subió el volumen de la música, que atronó el local.

─Ahora está muy bien ─dijo el del bigote.

─Sí, ya lo creo, ahora estamos muy bien ─afirmó el otro─. Podemos añadir que molestan a los vecinos.

─Y miraremos las salidas de urgencia, a lo mejor no tienen las suficientes.

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