El 9 de enero se han cumplido 116 años del nacimiento de Simone de Beauvoir, la filósofa existencialista y feminista con quien tanto aprendemos y a quien nunca agradeceremos bastante que escribiera, hace 65 años, El segundo sexo, un ensayo brillante y una de las obras fundamentales, incluso la más importante, en el proceso de toma de conciencia de las mujeres. Dice la autora en la introducción del libro: “El drama de la mujer es este conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto que siempre se afirma como esencial y las exigencias de una situación que la convierte en inesencial. ¿Cómo puede realizarse un ser humano dentro de la condición femenina? ¿Qué caminos se le abren? ¿Cuáles conducen a un callejón sin salida? ¿Cómo recuperar la independencia en el seno de la dependencia? ¿Qué circunstancias limitan la libertad de la mujer? ¿Las puede superar?”. El segundo sexo explica de forma magistral cómo los hombres se han arrogado la representación de la humanidad y se reivindican como sujetos y como seres trascendentes, mientras tratan de mantener a las mujeres en un estado de dependencia, reducidas a la condición de “lo Otro”. Si los hombres representan todo lo humano, representan también a las mujeres ya sea en la historia, en la literatura, en la ciencia, en un consejo de administración o en una institución democrática; ese discurso de que todos somos seres humanos encierra una trampa: ningún ser humano se presenta diciendo “soy un hombre” —eso se da por hecho—, pero sí lo hacemos cuando se trata de una mujer y, aunque lo hagamos de manera asertiva, queriendo incluso constatar nuestras conquistas, no podemos olvidar las causas profundas de que esto sea así y la causa no es otra que el trabajo de siglos del patriarcado para privar a las mujeres de autonomía y definirnos siempre en relación con los hombres.
También en sus relatos y novelas, Simone de Beauvoir sigue profundizando en esas causas. En La mujer rota aborda la insatisfacción y la frustración de quienes no asumen un proyecto propio, se entregan al papel de madres y esposas —tan útil y tan rentable para el patriarcado— sin esperar nada a cambio y, paradójicamente, se convierten en una carga, sin vida autónoma y sin recursos, “despojadas de todo y hasta de su mismo ser, cuando el amor les es rehusado”, en palabras de la autora.
Las bellas imágenes es una crítica social, moral y política, que parte de un interrogante: ¿por qué existe la desgracia en el mundo y cómo la enfrentamos? La pregunta es tan actual hoy como hace sesenta años. La protagonista de la novela es una mujer que parece tenerlo todo en la vida, pero empieza a sentir desasosiego por el absurdo y la complejidad de la existencia y comprende que la razón de que esto ocurra es que ella no es sino la bella imagen que su entorno ha creado, una imagen que tendrá que romper para poder afirmarse como mujer y como persona; sabe que no es fácil, no tiene muy claro si podrá conseguirlo, pero cree que vale la pena intentarlo, porque el deseo de trascendencia, para Simone de Beauvoir, es inherente al género humano y la protagonista de la novela emprende ese vuelo a pesar de las dificultades.
Hoy, muchos años después de la publicación de estos libros, y a pesar de los avances políticos y culturales, el patriarcado sigue tratando de limitar y controlar la libertad de las mujeres y es bueno volver a la escritora que tanto nos enseñó sobre nosotras mismas, leer y debatir su obra y rearmarnos de teoría y praxis feminista. Para avanzar en la igualdad.








