Cuando Saint-Exupéry escribió «lo esencial es invisible a los ojos», probablemente no se refería a las bacterias de nuestra flora, a los simbiontes o a aquellas que generan el petricor tras la lluvia. Sin embargo, a esta microbióloga le gusta interpretar la frase de esa manera, ya que el micromundo que la apasiona rebosa de belleza y resulta indispensable para el funcionamiento de nuestro planeta.
La microbiología y el arte están entrelazados en todas sus disciplinas y dimensiones, nutriéndose ambas de la imaginación de mujeres y hombres. Desde la interpretación personal de una frase literaria hasta las ilustraciones de Haeckel del siglo XIX o la fotografía microscópica del último artículo científico que marca un hito en su área, todo conforma un proceso simbiótico que se retroalimenta y permite el progreso de ambas disciplinas.
Agar arte
Así, en la ciencia, a veces se busca la belleza, y a veces la belleza nos encuentra trabajando. Un ejemplo de belleza buscada en la ciencia es el conocido «agar arte». Esta disciplina utiliza placas de Petri con agar, una gelatina que permite el crecimiento de diversos microorganismos, como un lienzo para la expresión artística. La diversidad de texturas, formas y colores de los microorganismos posibilita la creación de patrones e imágenes únicas, combinando la planificación artística con el conocimiento científico, pues es esencial conocer el microorganismo que posee las características deseadas.
Durante la creación de la obra, no se puede prever el resultado. Las obras cambian a medida que los microorganismos crecen y evolucionan.
En este caso, no solo las características del microorganismo son relevantes, sino que el tiempo desempeña un papel crucial debido a la naturaleza efímera de este arte. Durante la creación de la obra, no se puede prever el resultado, ya que es necesario permitir que los microorganismos crezcan, lo cual demanda destreza y confianza en el diseño. Además, las obras cambian a medida que los microorganismos crecen y evolucionan, generando una complejidad inherente a la fugacidad de la experiencia y a la imprevisibilidad de los resultados en algunos casos.
Esta disciplina artístico-científica es bastante popular actualmente, y uno de sus pioneros fue Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina. Fleming pintó bailarinas, casas, soldados, madres alimentando a niños y otras escenas utilizando bacterias (1). La Asociación Americana de Microbiología otorga anualmente premios a las mejores obras de agar arte en un concurso con el sugerente lema de «una placa de Petri vale más que mil palabras”. En este certamen, podemos deleitarnos con alegorías a la naturaleza, homenajes a otras científicas o cualquier dibujo capaz de maravillarnos (2 y 3).
Fotografía microscópica
Como mencioné anteriormente, a veces la creación artística nos encuentra mientras trabajamos, revelándonos que no solo generamos datos y conocimiento, sino que también podemos dar lugar a la belleza. La fotografía microscópica no se limita a documentar las características estructurales y físicas de los microorganismos de nuestro interés; también puede ofrecernos composiciones de gran belleza gracias a la amalgama de formas y estructuras.
En muchas ocasiones, los hallazgos a través de la microscopía requieren posproducción para resaltar las estructuras de interés, dando lugar a un proceso creativo que permite realzar los datos relevantes y hacerlos atractivos al lector. A pesar de las similitudes de este proceso con la edición fotográfica convencional, cuando se emplea en un estudio científico, no se pueden falsear las imágenes como si estuviéramos manipulando una foto de Isabel Preysler para la portada de una revista del corazón; la belleza debe combinarse con la veracidad.
La fotografía microscópica, en el caso de los virus, ha proporcionado información valiosa. Conocer la estructura de la cápside viral permite identificar las proteínas que son el blanco de nuestros anticuerpos, información crucial para prevenir infecciones y diseñar posibles vacunas y tratamientos. Uno de los hallazgos fundamentales para entender estas estructuras está estrechamente relacionado con la arquitectura.
En 1962, Caspar y Klug propusieron los principios de la organización estructural de los virus. La necesidad de comprender cómo se estructuran las cápsides virales los llevó a realizar numerosos estudios utilizando microscopía electrónica y otras pruebas que permitían fotografiar estas estructuras. Entre las numerosas preguntas que se planteaban, una destacaba: ¿las proteínas que conforman esta cápside deben tener alguna estructura específica? Las imágenes obtenidas y la arquitectura les dieron la respuesta. Los científicos propusieron que los virus esféricos, en realidad, se estructuran como cúpulas geodésicas formadas a partir del ensamblado de hexágonos y pentágonos divididos en triángulos. El conocimiento de estas estructuras que hacen a los virus estables ha posibilitado avances médicos significativos en la lucha contra las infecciones víricas, a pesar de la complejidad, ya que los virus demuestran ser arquitectos superiores a muchos humanos. A modo de conclusión, podemos decir que la relación entre arte y microbiología es fluida e intensa; una permite divulgar y presentar el conocimiento de manera atractiva, generando vocaciones que permitirá seguir creciendo y creando a la otra, ampliando el ciclo continuo de creación de vida desde lo microscópico hasta lo macroscópico.









