Se cumplen 20 años del peor atentado de la historia de nuestro país, y a todos los que tenemos edad para ello nos toca recordar aquel aciago día, cómo nos asaltó la terrible noticia, el miedo, la impotencia, la pena que se nos agarró en la boca del estómago y que vuelve cada vez que lo recordamos. Es lo que toca en los aniversarios, especialmente los que marcan una cifra redonda, como es el caso, 20 años, toda una vida. Pero hoy no quiero recordar lo que pasó el 11M, dónde estaba cuando conocimos la barbarie que sucedió en Atocha. Hoy quiero pararme a pensar en lo que hicimos después, porque fuimos nosotros, miles de personas, los que del dolor y la rabia nos levantamos para que la masacre indiscriminada de tantas personas, que podríamos ser nosotros, no fuera, solamente, un sinsentido.
Empezó como un susurro clandestino, corriendo de boca en boca. En aquellos tiempos no teníamos servicios de mensajería en el móvil, ni Twitter. Empezó como un rumor, que se contaba con voz queda, que nos despertó del shock de las imágenes que emitían las televisiones: la cosa no es como la están contando, no han sido quienes dicen ellos que han sido… La misma tarde del fatídico día el rumor ya era imparable, fuimos a las manifestaciones de dolor preguntándonos unas a otras: «¿Quién ha sido?» Desde la certeza de que sabíamos que había algo aquí que iba mal, muy mal. Recuerdo esa tarde en Granada, nos reunimos varias de las que conformábamos por aquel entonces el movimiento estudiantil. Nos habíamos conocido en las manifestaciones contra la guerra de Iraq, habíamos ido junto a las movilizaciones por el vertido del Prestige. Recuerdo la improvisada reunión, casi de duelo, en una azotea, atenazados por el dolor pero pensando en que había que hacer algo. Recuerdo las llamadas que hicimos a amigas, compañeras del resto del país, entender que no estábamos solas, ser parte de una indignación contenida que recorría toda España. Y recuerdo la decisión de actuar, desde nuestra esquinita del mapa, desde nuestra pena y desde nuestra rabia, desde la convicción de que aquellos muertos eran consecuencia de las decisiones contra las que habíamos puesto el cuerpo más de una vez y que los mismos responsables de aquellas decisiones nos mentían.
Recuerdo toda la noche escribiendo aquel panfleto denunciando las mentiras, con la viñeta de Forges por una cara y por la otra la denuncia. Recuerdo cómo fuimos, casi sin dormir, la mañana del 12 de marzo, a repartirlo por la puerta de las facultades. Recuerdo lágrimas compartidas al repartirlos y las discusiones con quienes aún mantenían una mentira cuya vergüenza los acompañaría toda la vida. Y recuerdo la ola que se extendió a partir de ahí. Cómo nos fuimos convocando unas a otras, de boca en boca, a manifestarnos, a dejar de callarnos, cómo el susurro se convirtió en grito, el dolor en rabia. Cómo juntas desterramos la mentira, y, humildemente, hicimos el mejor homenaje posible a tantas personas inocentes que habían muerto por una causa tan absurda. Recuerdo la rabia con la que salimos a la calle el día 13, a denunciar a los responsables que seguían manteniendo que los asesinos no estaban en montañas lejanas. Los atentados de Atocha nos dejaron una punzada de dolor en el pecho que no se nos irá nunca, pero también nos dejaron un aprendizaje, que frente a las mentiras de los poderosos, de sus medios de comunicación, nosotros, los que vamos en los trenes de cercanías a las 7 de la mañana, tenemos la solidaridad y la ternura de clase, que solo el pueblo salva al pueblo.







