“Que tururururú, que tururururú, que tururururú, que la culpa la tienes tú”, decía la cancioncilla aquella sobre el burro de la tía Vinagre. Y parece que anda todo el mundo repitiendo el estribillo al respecto de este lío del sector primario, porque lío, ¿para qué nos vamos a engañar?, es un lío. ¡Y de los gordos!
No soy ingeniero agrónomo, ni experto en la materia, es más, mis habilidades como agricultor no van más allá del pequeño huerto que ocasionalmente me surte de algún tomate, ajos y un par o dos de pimientos. Pero vivo en la llamada Despensa de Europa, rodeado de amigos y familiares que sí se dedican a ello, y día a día, me vienen narrando sus cuitas. Como en la novela de García Márquez, el levantamiento de agricultores y ganaderos, era crónica de un hecho anunciado.
Es demasiado simple decir que la ultraderecha —no se por qué utilizamos ese término, cuando es más sencillo decir fascismo— está detrás de todo. Aunque se hayan sumado al carro, si su discurso de taberna cala en el descontento generalizado, si sus mentiras y engaños son fácilmente creíbles en la desesperación, es porque el terreno ya estaba abonado. Había que estar muy ciego para no verlo.
El enfrentamiento entre ecologismo y agricultura, la necesidad de preservar el medio ambiente a la vez que a la industria agroalimentaria, se ha desarrollado desde posiciones inamovibles que para nada han tenido en cuenta el componente cultural y sociológico, lo que ha provocado una batalla de difícil solución, sobre todo porque se ha evitado acudir a la raíz del problema, el sistema capitalista, abriendo la puerta a lo más fácil y repetido en la historia, buscar culpables en el lugar donde no están.
Los agricultores franceses queman los productos españoles; aquí se clama contra lo que proviene de Marruecos. Pero, en la vorágine, la indignación olvida que las empresas agroalimentarias de fuera de las fronteras comunitarias son, en una inmensa mayoría, propiedad del capital europeo. Es mentira que sean más baratos porque no cumplen las normas fitosanitarias. Para eso están los controles que se llevan a cabo. Lo son porque los trabajadores están en situación de semiesclavitud, con salarios de miseria y sin derecho alguno. Se realizan controles sobre la bondad del producto, pero no sobre las condiciones laborales de quienes lo hacen posible. Pero contra eso, nadie protesta.
Cuando traen alimentos más baratos es porque los trabajadores están en situación de semiesclavitud, con salarios de miseria y sin derecho alguno
Pero, además, la PAC, la política común agraria, prima la posesión de la tierra a los grandes terratenientes. Son ellos, la Casa de Alba, la de Medinaceli, Samuel Flores y demás apellidos ilustres quienes se llevan la mayor parte de las subvenciones en un país de herencia latifundista como el nuestro. Los grandes se suben al tractor para la foto y los pequeños, creen que comparten los mismos intereses. ¡Amén!
Los propósitos de la Agenda 2030, aunque mejorables en muchos aspectos, son imprescindibles para el futuro del planeta y sus habitantes. Pero la falta de pedagogía la ha convertido en algo así como la imagen del Coco para los niños. Nadie le ha visto el rostro y precisamente la ignorancia es el sustento del miedo que produce. ¿Alguien en su sano juicio está en contra de que desaparezca el hambre en el mundo, que haya educación y sanidad universal, que se trabaje para dejar de envenenar el agua, que podamos respirar aire limpio? Pero, sin embargo, no se ha explicado machaconamente, hasta la saciedad, ni tampoco se acuerdan los medios para lograr tan dignos propósitos, no desde los despachos, sino llamando a las puertas de los pequeños agricultores y ganaderos que son quienes realmente sufren los problemas que ocasionan los retos que se nos vienen encima.
Y mientras se pierde el tiempo buscando culpables, las grandes cadenas alimentarias, las mismas que cotizan en bolsa especulando con los mercados de futuro, las que deciden qué cantidad de hambre es rentable, se llenan los bolsillos con el trabajo de unos y el no llegar a fin de mes de otros. Cuentan sus ganancias y ríen.
Al menos, hasta que los tractores no bloqueen la entrada a sus negocios, hasta que no puedan entrar en sus flamantes oficinas por estar llenas de estiércol y excrementos.








