Visión del ahogado

Ilustración para relato de Juan Madrid, "Visión del ahogado"

Para Juanjo Millás

Lo que acabó con el inspector Urbieta fue el calor y la gordura, según unos, porque para otros fue el amor desmedido a las mujeres. Pero había algunos que en la comisaría opinaban que todo fue debido al turno americano.

En la comisaría llaman turno americano a una jornada completa de veinticuatro horas seguidas, pero nadie sabía exactamente por qué. Algunos decían que se debía a que era lo usual en Estados Unidos, pero otros lo negaban. Decían que se trataba, simplemente, de un nombre. Y todo el mundo sabe que los nombres no tienen por qué reflejar nada concreto.

Como ya he dicho, el turno americano consistía en veinticuatro horas continuas de servicio y dos días libres. A algunos les gustaba; a otros, no. En general, gustaba a los casados y fastidiaba a los solteros, aunque tampoco fuera así al ciento por ciento.

A Urbieta, inspector de la promoción del 87, no le gustaba el turno americano porque estaba destinado al Grupo de Incidencias en la comisaría y tenía que tomar declaración a los detenidos, lidiar con los abogados de oficio, comprobar si los detenidos tenían busca y captura y estar pegado a la máquina de escribir. Un coñazo.

Pensaba que los Grupos Operativos se lo pasaban mejor, aunque estuviesen en la calle; eso sí, que era más jodido y más pesado. Pero, cuando querían, opinaba Urbieta, iban a un bar, se tomaban unas cañitas y santas pascuas.

Pero lo mejor eran las oportunidades con las mujeres. Un par de horas se pueden escaquear de cualquier servicio —incluso más— y en un par de horas se puede hacer de todo con una mujer.

—Anda, cabrito, que todos tenéis tías a manta —solía decirle Urbieta a Sánchez, del Grupo de Noche de la Judicial—. No me jodas…, anda, cuenta.

Pero, ni Sánchez, ni nadie de los Grupos Operativos, le decía media palabra, con lo que la cosa quedaba peor. No le decían que con lo gordo que estaba jamás podría tirarse una noche de ronda y paseos. Y Urbieta se figuraba orgías gratis con todas las putas de los clubes de Fleming, (como el D’Angelo, por ejemplo), o los de la Ballesta, y sufría. Vamos, las pasaba canutas pensando en lo que podían hacer sus compañeros y en lo poco que hacía él.

Con la gordura y el calor que de pronto se vino encima aquel verano en Madrid, Urbieta las pasaba aún más canutas. Figúrense ustedes una cola interminable de borrachos, sirleros, camellos baratos, trileros, desparramadores, toperos, drogatas, mecheros… y el calor de Madrid, un calor asfixiante, espeso. Total, que la noche en que pasó esta historia, Urbieta no hacía otra cosa que ahogarse, rascarse la entrepierna y ciscarse en la hora y momento que decidió ingresar en el Cuerpo. Tenía que haberle hecho caso a su madre y haber terminado la carrera de perito industrial.

Entonces la vio.

Antes de describirla sería humano aclarar que no todas las mujeres gustan a los mismos hombres, ni viceversa. Hay algunas —casualidades de la vida— que encarnan todo lo que un hombre gusta de una mujer, sin necesidad de que ella sea Miss Universo.

Aclarado esto, la describo:

Era la que siempre había soñado Urbieta, sí, señor, como si hubiera salido de uno de sus sueños.

—Nombre, apellidos y documentación —le pidió Urbieta y apoyó las manos húmedas sobre el impreso de incidencias.

—Clara Inés Monterroso, señor inspector, para servirle —le contestó y le tendió el carné de identidad.

Y ahí fue lo que le perdió, o lo que ayudó para que se perdiera. Dicen algunos que si no lo hubiera mirado, otro gallo cantaría, pero, claro, el destino es el destino y, además, hacía mucho calor como ya he dicho.

—Tiene usted derecho a un abogado; si no lo tiene, le facilitaremos uno y…

—No quiero —dijo y le sonrió con los ojos.

Urbieta miró al guardia que la había detenido.

—¿Qué ha hecho? —le preguntó.

—Que te lo cuente ella, ¿me puedo ir ya?

—¿Pero qué ha hecho?

El guardia se marchó y Urbieta tuvo conciencia de que el despacho se había achicado de pronto, convertido ahora en tugurio pequeño y sin ventilación. Fuera, en el pasillo, seguía la cola de futuros detenidos que aguardaban apoyados en la pared.

Y la mujer le parecía cada vez más turbadora. Urbieta sintió que el sudor le resbalaba por la espalda formándole un pequeño río que le manchaba los pantalones. La enorme barriga, que le sobresalía por encima del cinturón, comenzó a moverse en espasmos incontrolados.

Ella dijo:

—Escándalo público.

—¿Escándalo público?

—Sí, señor inspector. Eso me han dicho.

—¿Y qué…? Bueno, quiero decir… ¿Qué ha hecho exactamente?

—Tenía mucho calor y me he subido las faldas para mojarme las piernas en una fuente.

Algo se le atraganto a Urbieta en la garganta, se quedó allí un rato y luego bajó por el esófago hasta el estómago. Parecía una pelota y Urbieta tuvo que tragar varias veces antes de volver a preguntar.

—¿Por qué ha hecho eso?

—Porque hace mucho calor, señor inspector, no pude remediarlo. Es como un ataque que me da, ¿sabe usted? Me gusta mucho el agua fresquita.

—Por mojarse las piernas no detienen a nadie. ¿Es que había niños delante?

—No, señor inspector, no había niños. Fueron los conductores de los coches que empezaron a tocar la bocina.

—No puedo creerlo.

—¿Quiere usted que le muestre lo que estaba haciendo?

—Sí —contestó Urbieta y se agarró el cuello con la mano—. Haga el favor.

Y cuentan que la mujer comenzó a subirse las faldas despacio, muy despacio.

—No llevo ropa interior, ¿sabe?, nunca la llevo. A lo mejor fue por eso.

La falda seguía subiendo. Más y más. Ya faltaba poco.

Urbieta se puso en pie, con la mano en la garganta, sin poder apartar los ojos de los muslos.

Y lo vio. Estaba al final de los muslos y era espléndido, glorioso, fastuoso. Urbieta lanzó un rugido y se desplomó sobre la mesa.

Y eso es lo que cuentan acerca del infarto que le costó la vida al pobre Urbieta.

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