La entrada en acción de Irán en la escena bélica del Cercano Oriente el pasado13 de abril era una probabilidad cantada. Las autoridades de Teherán percibieron como intolerable el reciente bombardeo, el 1 del mismo mes, de la misión diplomática consular iraní en Damasco, donde perecieron 16 personas, entre ellas varios altos mandos militares del régimen islámico. En consecuencia, decidieron contraatacar a Israel con el lanzamiento de tres centenares de drones pese a haber encajado ya, y sin respuesta militar conocida, otras agresiones por parte de Israel, como los asesinatos de científicos y ciertos sabotajes en instalaciones nucleares en los complejos iraníes de Natanz y Arak. La réplica israelí sobrevino seis días después pero su impacto, con la intervención de aviones F35 contra el sistema antiaéreo de un centro de investigación cercano a la ciudad iraní de Isphahán, fue minimizado por Teherán.
En el inicial contraataque artillero iraní, significativo por ser un precedente de acción militar directa hasta ahora insólito, subyacía la motivación del régimen persa para resarcirse de la aniquilación, por drones estadounidenses y a instancias muy probablemente exigida por Israel, del general jefe de la División Exterior Al Qods y sucesor in pectore del régimen islámico, Qassem Soleimani, en enero de 2020. Soleimani dirigía los contingentes militares y regulares iraníes desplegados en Siria así como la cobertura de organizaciones paramilitares afines a Teherán instaladas en Líbano, Palestina e Iraq. Precisamente en Bagdad, durante el intento de una mediación personal basada en su carisma y en su ascendiente militar, presuntamente a demanda de Washington, el general iraní hallaría la muerte cuando trataba de impedir la ocupación masiva de la Embajada norteamericana en Bagdad, a la sazón rodeada por una turba airada compuesta por chiíes iraquíes. La reproducción de los efectos políticos, de infausta memoria, de la ocupación masiva de la Embajada estadounidense en Teherán, en 1979, durante 444 días, que precipitaron la derrota electoral de Jimmy Carter y el ascenso a la Casa Blanca de Ronald Reagan, era contemplada con enorme inquietud desde Washington y, paradójicamente, también desde ciertos círculos político-militares teheraníes que no quieren una confrontación directa con Estados Unidos, pese a la importancia del personaje y la gravedad política de su asesinato.
Lo más significativo de la irrupción militar directa de Teherán en la escena puede considerarse el propósito iraní por dejar constancia de que no va a quedarse de brazos cruzados, ni a medio ni a largo plazo, ante las convulsiones geopolíticas que Israel se propone protagonizar, bajo el forzado paraguas norteamericano, en el Cercano Oriente. Las realiza con miras a reconfigurar, a favor suyo, el mapa de la zona, “limpiando” a sus enemigos árabes, propósito que ya se halla bastante avanzado al quedar dinamitado el país mesopotámico, Iraq, tras la ocupación militar estadounidense después de las dos guerras allí habidas, en 1990 y 2003, más la neutralización política de Líbano, además del desmantelamiento del régimen libio con el asesinato de Moamar Gadaffi, el desplazamiento de los Hermanos Musulmanes del Gobierno de El Cairo y los intentos, hasta el momento fallidos, de desestabilizar el régimen sirio y derrocar a su líder, Bachir el Assad. Teherán se contempla a sí mismo como una futura víctima de tal empuje destructor israelí.
La escalada registrada en las últimas fechas, con la presencia de los drones iraníes sobre el cielo de Israel, permite ciertas y muy diversas lecturas tanto en el plano meramente militar como en el plano político, verdadera finalidad de las acciones en escena. Llama la atención, sobre todo, la autonomía que Israel trata de conseguir a expensas de los divergentes intereses de Washington en la zona, de la que la Casa Blanca se propone, sin conseguirlo, distanciarse para centrar su atención en la rivalidad geoestratégica con China. La actitud de Benjamín Nethanyahu, el genocida de Gaza, protagonista de una “limpieza étnica” en toda regla contra el pueblo palestino, desencadenada en plena fase preelectoral en Estados Unidos, implica una convulsión que fija al país norteamericano al conflictivo Cercano Oriente, donde las soluciones políticas, los dos Estados, palestino e israelí, se ven cada vez más amenazadas por la polarización que genera la obcecación criminal israelí por borrar del mapa a los palestinos y por la intransigencia armada de las organizaciones de la resistencia palestina comprometidas en hacer desaparecer a Israel como exigencia existencial.
Otra de las lecturas posibles ante lo acaecido en el área viene señalada por el hecho de que, por primer vez, en una votación en Naciones Unidas, Estados Unidos se abstuvo de condenar a Israel en contraposición a la perenne actitud de Washington de denegar todo tipo de condena, si bien, tras el contraataque iraní del 13 de abril, volvió a su antigua posición al negarse a aceptar la plena inserción de Palestina en la ONU como miembro de pleno derecho. Con todo, la abstención descrita ha sido un precedente que debió causar inquietud en Israel. Allí, hasta el momento, y pese a barruntar la forma de venganza militar al contraataque iraní, hay círculos gubernamentales que se cuestionan si Nethanyahu no estará yendo demasiado lejos al involucrar al inestable candidato presidencial norteamericano a su reelección, Joe Biden a enlodarse en la defensa de un aliado como Israel, cada vez más incómodo, incontrolado e impopular a escala mundial, comprometido como está en no dejar presencia palestina viva en Gaza.
La cúpula del Partido Demócrata norteamericano comienza a percibir que el principal obstáculo para una cada vez más difícil reelección presidencial de Joe Biden en las elecciones del próximo mes de noviembre está siendo ya la arrogancia del primer ministro israelí Benjamín Nethanyahu. Y ello porque, al parecer, el dirigente del Likud israelí, pese a proceder de una familia hebrea laica, jaloní, se ve voluntaria o involuntariamente atenazado por sus pactos con los partidos ultra-sionistas que configuran su Gobierno supremacista y anexionista de los territorios palestinos. Ha de saber que las limitadas pero inéditas dudas sobre sus actos —dudas existentes intramuros de ciertos círculos demócratas sobre los apoyos a Israel—, si Donald Trump resultara nuevamente instalado en la Casa Blanca, desaparecerían como por ensalmo. La preocupación se extiende entre algunos analistas que, además de las anteriores reticencias, ven con enorme inquietud la autonomía política que las Fuerzas Armadas de Israel adquieren en el despliegue, sin finalidad racional alguna, de esta guerra contra Palestina.
Respuesta contenida de una guerra en ciernes
Otro aspecto a tener en cuenta lo compone la musculación premeditada y contenida de los efectos militares del contraataque de Irán sobre Israel. Si en verdad han sido 300 los drones lanzados sobre el cielo israelí y tan solo han herido a una persona, no parece que la puntería de los emisores buscara efectos devastadores en la población civil, acostumbrada en Israel a este tipo de avatares. Al parecer, se centraron en el área militar de los Altos del Golán, arrebatados por Israel a Siria años atrás. Aunque los juicios de intenciones suelen ser peligrosamente inexactos, parece que la lluvia artillera buscaba adquirir una dimensión limitada, tendente a impedir una escalada si Estados Unidos se consideraba involucrado en la defensa de su aliado israelí. Por su parte, la tardanza israelí en definir el tipo de respuesta al contraataque, seis días, parece dar a entender que, de momento, Tel Aviv interioriza que su ataque contra la misión diplomática iraní en Damasco, factor desencadenante de lo ahora sucedido sobre sus cielos, ha hallado una respuesta iraní aparentemente proporcionada.
Ni Netanyahu tiene pleno control sobre sus Fuerzas Amadas, ni Jamenei lo tiene de su Guardia Islámica. Los militares quieren acciones más contundentes que el poder político
¿Por que razón, cabe preguntarse, Irán se ha distanciado del ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre contra Israel argumentando que lo desconocía y, en la práctica y hasta seis meses después, no desmiente su distancia inicial al lanzar el fuego graneado contra Israel con sus drones? Parece evidente que el régimen de Teherán se encuentra escindido al respecto. Los ritmos de actuación se discuten. Todo indica que el Guía Supremo de la República Islámica de Irán, ayatollah Sayed Alí Jamenei, de edad avanzada, no considera viable, hoy por hoy, un enfrentamiento militar directo contra Israel, al que considera armado hasta los dientes por su aliado transoceánico, del que sabe que algunos de sus poderes áulicos buscan un desquite histórico por la humillación sufrida por Washington a manos de Irán con la captura de la Embajada estadounidense en Teherán hace ahora 45 años. Lo ha demostrado reiteradamente. Pero Alí Jamenei, en forma perecida a la que ha de experimentar Nethanyahu a propósito del descontrol político de sus Fuerzas Armadas, no cuenta con pleno control de la Guardia Islámica, Pasdarán, cuyas bases desean fervientemente acometer acciones militares contundentes, a escala bélica, contra Israel. El contraataque iraní con drones sería un placebo, limitado, para contener y contentar el apremio de la Guardia Islámica que, por cierto, cuenta con carros de combate, aviación y Marina propios. Otra posición mantiene al parecer el Ejército regular persa, Artesh, controlado por Jamenei y sumiso a su obediencia, que le recomienda moderación.
Tenemos pues una guerra en ciernes que, de prosperar los propósitos de sus respectivos mentores, va a librarse entre los generales israelíes díscolos contra cualquier tipo de directriz política y los altos cargos del denominado Sardar iraní, el grupo de presión, militar, económico y político, configurado en torno a la cúpula del Sepah Pasdrán, urgido por entrar en combate frente a las probadas recomendaciones de prudencia emitidas a sus pares por el Guía Supremo.
Las fortalezas que convierten a Irán en un adversario terrible
Los análisis más depurados al respecto subrayan que la demora israelí en replicar a Irán podría obedecer a que Nethanyahu confía en que el momento de abalanzarse militarmente sobre su enemigo persa sea el de la muerte de Jamenei por su provecta edad, habida cuenta del férreo control de la vida política que el Guía Supremo ejerce sobre el panorama de la República Islámica de Irán, a excepción de las veleidades manifiestas por la impaciencia de la Guardia islámica.
Es de destacar que Irán, a efectos geopolíticos, no presenta las vulnerabilidades militares que mostraba en su día el régimen de Saddam Hussein. La extensión del país persa, las cadenas montañosas, los montes Zagros, su amplia fachada-balcón al Golfo Pérsico, que le confiere su control del Estrecho de Ormuz, por donde circula buena parte del petróleo mundial, amén de su salida al Océano Índico en la región baluchi del sur iraní, otorgan a la República Islámica la condición de adversario temible para cualquier rival. Y ello, además, porque Irán es un Estado, vertebrado por un sentimiento nacional consistente, no obstante contestado por movimientos regionalistas y autonomistas en Asarbayán, Arabistán y Baluchistán, con una cultura política heredada de aquel pasado imperial persa que determina una autopercepción de su entidad estatal muy potente. Asimismo, la impregnación islamista en clave shií, religión martírica basada en la unicidad de Dios y en la interpretación de la existencia de sus fieles en un registro sacrificial a imitación de los mártires histórico del shiísmo, Alí y Hussein, del linaje del Profeta, ha generado una resiliencia militante a toda prueba entre el aparato de Estado paramilitar y policial con el que el régimen cuenta y que puede poner en armas a cerca de dos millones de combatientes regulares e irregulares. Todo ello dota a Teherán de bazas políticas inexistentes en otros países de su contorno, que es un ámbito regional geoestratégico, enormemente disputado por Israel, también por Arabia Saudí y por Turquía.
El talón de Aquiles del régimen de Irán, no obstante, es la extensa desafección social paulatinamente rampante, derivada de las prácticas policiales de las milicias teocráticas aplicadas contra todo signo de igualdad entre hombres y mujeres, así como por la fanatización de una policía de costumbres represiva contra todo tipo de estilos de vida modernizantes o meramente acordes con los usos sociales vigentes en todo el mundo. Los movimientos sociales contra la impostura policial han alcanzado niveles de extensión preocupantes para el régimen, a partir de septiembre de 2022, con la muerte en comisaría de la joven kurda Masha Amini, si bien la persistente liquidación de las organizaciones políticas, sindicales y civiles progresistas iraníes a partir del triunfo de la revolución en 1979 fue una constante, que impide o dificulta sobremanera hoy una vertebración política eficaz y organizada de la protesta y de la impugnación extendidas por las calles del país.
El régimen islámico iraní se ha basado, durante las últimas cuatro décadas, en una alianza entre el bazar —la burguesía nacional vinculada al comercio, cuyo monopolio le fue concedido por las autoridades islámicas—, con el lumpemproletariado, —la inmigración campesina a las ciudades—, al que se asignaron las funciones militar-policiales. Esa alianza, hasta el momento, no ha mostrado importantes brechas.
El Estado iraní se ha reservado la explotación y gestión de las riquezas energéticas del país, consideradas inconmensurables en crudo y gas, todo lo cual configura un patrimonio estatal de gran potencial geopolítico con amplia proyección regional. No cabe duda de que los riesgos para la circulación mundial de los crudos saudíes y emiríes a través del Estrecho de Ormuz han jugado como factores decisivos a la hora de explicar la frágil pero evidente contención bélica entre Israel e Irán, pese a las bravatas verbales. Asimismo, ha de haber sido decisiva la presencia de China como principal receptor de los crudos procedentes de la zona, señaladamente los iraníes. Un cierre del Estrecho decidida por Teherán y una cancelación de las exportaciones han debido pesar, si duda muy mucho, a la hora de decidir demorar el desencadenamiento de unas hostilidades abiertamente bélicas cuyo despliegue dibujaría un panorama en verdad inquietante.
DATOS DEL GENOCIDIO EN GAZA
—195 días de genocidio.
—3.002 masacres cometidas por el ejército de ocupación.
—40.970 entre asesinados y desaparecidos.
—14.685 niños asesinados y 30 niños muertos por hambre.
—9.670 mujeres asesinadas.
—485 asesinados del personal médico y 310 secuestrados.
—66 asesinados de la Defensa Civil.
—140 periodistas asesinados y 20 secuestrados
—7.000 desaparecidos, el 73 % de los cuales son niños y mujeres.
—76.770 heridos.
—17.000 niños viven sin sus padres o uno de ellos.
—10.000 pacientes con cáncer enfrentan el riesgo de muerte.
—60.000 mujeres embarazadas en riesgo.
—350.000 pacientes con enfermedades crónicas sin control y tratamiento adecuado.
—2 millones de desplazados.
—86.000 viviendas quedaron completamente destruidas.
—294.000 viviendas parcialmente destruidas.
—75.000 toneladas de explosivos arrojados por Israel.
NO ES GUERRA, ES GENOCIDIO.







