Las redes sociales también son un espacio político

Mientras algunos insisten en que “la batalla cultural está perdida”, hay miles de personas construyendo alternativas cada día desde las redes: militantes, periodistas independientes, sindicatos, movimientos sociales, creadores y perfiles anónimos…
Redes sociales. Jóvenes consultando el móvil | Fuente: Robin Worrall / Unsplash
Fuente: Robin Worrall / Unsplash

Durante demasiado tiempo se ha repetido una idea que parece ya instalada en muchos espacios políticos: “la derecha ha ganado las redes”. Como si internet fuera un territorio definitivamente conquistado. Como si TikTok, Instagram, Twitch o X fueran espacios naturalmente reaccionarios donde la izquierda únicamente pudiera resistir. Pero quizá el problema empieza precisamente ahí, en asumir la derrota antes de dar la batalla.

Las redes sociales no son un territorio neutral, pero tampoco un territorio perdido. Son uno de los principales espacios donde hoy se disputa el sentido común. Y eso implica que también son un espacio político. No hablamos únicamente de propaganda electoral ni de campañas de comunicación. Hablamos de algo mucho más profundo. De cómo las personas interpretan su vida cotidiana, su malestar, sus expectativas de futuro y sus frustraciones.

Antonio Gramsci ya advertía que el poder no se sostiene únicamente mediante la coerción, sino a través de la hegemonía cultural: la capacidad de convertir una visión particular del mundo en algo aparentemente natural, lógico y de sentido común. Hoy esa batalla por la hegemonía se da, en buena medida, desde las redes sociales.

Se da en un reel de 30 segundos. En un meme. En un clip de Twitch. En un TikTok grabado en una habitación. En una frase sencilla que logra explicar mejor la vida cotidiana de alguien que un informe de cien páginas. Y ahí la izquierda no llega tarde por falta de razón. Llega tarde cuando no entiende cómo se construye hoy el sentido común.

Durante años, una parte importante de la comunicación progresista ha tratado internet como si fuera simplemente un tablón digital donde colgar notas de prensa o declaraciones institucionales. Mientras tanto, otros actores políticos entendieron antes algo fundamental, y es que la política no es solo gestión, también es relato.

La extrema derecha ha sabido conectar con malestares reales ofreciendo respuestas simples, emocionales y rápidas. Ha entendido que las personas no buscan únicamente datos; buscan explicaciones capaces de ordenar el caos cotidiano. Y eso explica parte de su crecimiento. No porque la gente sea ignorante ni porque exista una supuesta manipulación todopoderosa, sino porque muchas personas viven atravesadas por incertidumbre, precariedad y sensación de abandono. El problema es que, cuando ese sufrimiento no encuentra una explicación colectiva, aparece alguien dispuesto a ofrecer culpables fáciles. Ahí entran discursos que señalan a migrantes, feministas, personas pobres o cualquier colectivo vulnerable como responsable del deterioro social. Pero sería un error pensar que esa disputa está decidida.

Mientras algunos insisten en que “la batalla cultural está perdida”, hay miles de personas construyendo alternativas todos los días desde las redes. Militantes, periodistas independientes, sindicatos, movimientos sociales, creadores de contenido y perfiles anónimos que están logrando explicar problemas estructurales con nuevos lenguajes y formatos. Y eso importa muchísimo.

Hoy las redes no premian necesariamente al que más dinero tiene, sino al que mejor entiende cómo funciona la atención. Premian la capacidad de conectar emocionalmente, de sintetizar conflictos complejos y de hablar un lenguaje reconocible. En ese sentido, la izquierda tiene una enorme oportunidad.

Nunca antes había sido tan sencillo llegar a miles de personas sin pasar por grandes medios de comunicación. Nunca antes alguien con un móvil podía abrir un debate público nacional desde su barrio

Especialmente porque las redes sociales también han democratizado parcialmente la capacidad de influir. Nunca antes había sido tan sencillo llegar a miles de personas sin pasar por grandes medios de comunicación. Nunca antes alguien con un móvil podía abrir un debate público nacional desde su barrio. Eso también es una disputa de poder. La cuestión es qué hacemos con esa posibilidad. Porque el problema no es únicamente tecnológico. Es político y cultural.

Vivimos en sociedades profundamente individualizadas. El neoliberalismo no solo ha transformado la economía, ha transformado la manera en la que las personas entienden su propia vida. Como explican autores como Wendy Brown o Pierre Dardot, el neoliberalismo produce sujetos que sienten que todo depende exclusivamente de ellos mismos. La precariedad se interpreta como fracaso individual. La ansiedad como incapacidad personal. La pobreza como falta de esfuerzo. Y eso tiene consecuencias enormes.

Cuando el malestar se vive únicamente desde la culpa individual, desaparece la posibilidad de una respuesta colectiva. Las personas dejan de verse como sujetos políticos y empiezan a verse como proyectos empresariales fracasados. Precisamente por eso las redes son tan importantes. Porque son uno de los espacios donde puede repolitizarse ese sufrimiento.

Un vídeo sencillo explicando por qué el problema de la vivienda no es que la juventud “no se esfuerza”, sino un modelo especulativo, puede hacer más por la conciencia política de mucha gente que un debate parlamentario entero

Un vídeo sencillo explicando por qué el problema de la vivienda no es que la juventud “no se esfuerza”, sino un modelo especulativo, puede hacer más por la conciencia política de mucha gente que un debate parlamentario entero. Un clip explicando cómo la precariedad laboral afecta a la salud mental conecta directamente con experiencias cotidianas reales. Y ahí la izquierda tiene mucho terreno que disputar. Porque tiene mejores diagnósticos, mejores propuestas y una tradición histórica profundamente ligada a la organización colectiva y a la defensa de la dignidad. El problema es que muchas veces comunica desde un lugar excesivamente técnico, frío o distante. Y las redes funcionan desde otra lógica.

Funcionan desde la emoción, la identificación y la capacidad de hacer comprensible lo complejo. Eso no significa vaciar el contenido político. Significa traducirlo. La consigna histórica del movimiento obrero “ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de ocio” era precisamente eso: una forma sencilla y poderosa de explicar un conflicto estructural. Hoy necesitamos recuperar esa capacidad narrativa. Porque la política que no explica la vida cotidiana deja de ser política y pasa a ser burocracia.

El éxito está en la capacidad de hacer comprensible lo complejo. Eso no significa vaciar el contenido político. Significa traducirlo. Porque la política que no explica la vida cotidiana deja de ser política y pasa a ser burocracia

La izquierda necesita entender que disputar las redes no consiste únicamente en responder bulos o publicar gráficos con datos. Los datos son importantes, pero “dato no mata relato” si enfrente existe una narrativa emocionalmente más fuerte. La gente no comparte únicamente contenidos porque sean ciertos. Comparte aquello que le ayuda a interpretar su experiencia vital. Y aquí aparece una cuestión fundamental: el horizonte. Las redes también son un espacio donde construir esperanza. No una esperanza ingenua ni vacía a lo Mr. Wonderfull, sino la convicción de que la realidad puede cambiarse colectivamente.

Durante demasiado tiempo parte de la comunicación progresista se ha instalado únicamente en la denuncia. Y denunciar es necesario. Pero si solo explicamos que todo va mal, terminamos reforzando la sensación de impotencia. La extrema derecha ofrece odio y culpables. La izquierda debe ofrecer comunidad, dignidad y horizonte compartido. Porque uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es precisamente la soledad.

Las redes, paradójicamente, conviven con sociedades cada vez más aisladas. Se debilitan sindicatos, asociaciones vecinales, espacios comunitarios y vínculos colectivos. Y en ese vacío aparecen gurús, criptobros e identidades reaccionarias que prometen pertenencia.

Muchos jóvenes no llegan a esos discursos por ideología previa, sino porque buscan respuestas, comunidad o reconocimiento. Por eso la disputa cultural no puede hacerse desde la superioridad moral. La izquierda tiene que dejar de comunicar únicamente para sí misma. Tiene que hablarle también a quien está agotado, precarizado, frustrado o despolitizado. Y para eso necesita naturalidad. Necesita menos lenguaje institucional y más humanidad. Menos solemnidad y más cercanía. Menos miedo al ridículo y más creatividad. Porque las nuevas generaciones consumen política mezclada con entretenimiento, humor, deporte, música o cultura digital. El reto no es lamentarse por ello, sino intervenir ahí.

No se trata de convertir la política en un meme vacío. Se trata de entender que el humor, la emoción y los formatos dinámicos pueden ser puertas de entrada a debates mucho más profundos. Y ya hay muchísima gente haciéndolo. Hay perfiles progresistas generando millones de visualizaciones hablando de vivienda, salud mental, feminismo, trabajo precario o servicios públicos con formatos accesibles y cercanos. Hay sindicatos adaptando su comunicación. Hay periodistas independientes construyendo comunidades enormes. Hay militantes capaces de explicar un conflicto laboral mejor en un vídeo de un minuto que muchos tertulianos en prime time. Eso significa que la batalla no está perdida. Significa que ya se está dando. Y que probablemente el principal error sería abandonar ese terreno por puro derrotismo. Porque la batalla cultural nunca se gana para siempre, se disputa cotidianamente. En el barrio, en la cola del supermercado, en el grupo de WhatsApp y también en TikTok.

Las redes sociales no sustituyen la organización política real. Pero hoy son una parte fundamental de cómo se construye conciencia colectiva. Por eso necesitamos más gente progresista creando contenido. Más personas explicando la realidad desde abajo. Más voces capaces de conectar experiencias individuales con causas colectivas. Porque la derecha entendió hace tiempo que quien logra explicar el mundo termina condicionando cómo la gente imagina el futuro. Y la izquierda no puede renunciar a disputar precisamente eso. Y vamos a ganar, porque tenemos razón.

(*) Comunicadora

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