Construido en apenas 42 días, entre abril y mayo de 1939, el campo de concentración de Gurs (Francia) ocupaba una superficie de casi dos kilómetros de largo y 400 metros de ancho. Una única calle lo atravesaba a lo largo. De forma paralela a esa única calle se colocaron 13 filas de barracones. En cada uno de ellas estaban dispuestos 30 barracones de delgadas tablas de madera. Cada uno de los 382 barracones levantados daba cobijo a 60 personas, que se veían obligados a dormir en el suelo, sobre unas maderas en sacos llenos de paja. Las condiciones de vida eran terribles: omnipresente barro, hambre, enfermedades, pulgas, piojos, chinches, ratas. Tanto las filas de barracones como el campo en su conjunto estaba rodeado por 250 kilómetros de alambre de espinas.
En total, en sus diferentes periodos y en los seis años que estuvo abierto este campo ubicado a apenas 30 kilómetros de la frontera española, 63.929 personas fueron internadas en él. Entre ellas unas 10.000 mujeres y niños, la gran mayoría origen alemán y judío.
Fueron los refugiados españoles que huían de Franco el principal motivo por el que la administración francesa mandó levantar tanto Gurs como el resto de instalaciones en el periodo conocido como La France des Camps: entre 1938 y 1946, cerca de 600.000 personas fueron internadas en casi 200 campos. No habían cometido delito ni falta, pero estaban sujetos a una medida administrativa, por la única razón de que representaban un peligro potencial para el Estado o la sociedad.
Se calcula que de las 465.000 personas que cruzaron los Pirineos entre febrero y marzo de 1939, casi 350.000 se vieron recluidas en ellos. Sólo por Gurs pasaron en torno a 25.000 españoles. De hecho, en marzo de 1940, un informe del PCE en Francia denunciaba este “infierno francés”, “las condiciones infames” en las que vivían los presos, así como “la intensificación del terror” llevada a cabo por el régimen galo.

Los primeros pobladores de Gurs fueron refugiados vascos, unos 6.000, que llegaron en abril de 1939. A ellos les siguieron otros muchos que el Gobierno francés dividió en tres grupos: Brigadistas Internacionales, Aviadores (personal de la aviación republicana) y el de los Españoles. Éste último grupo, el más numeroso, suponía una carga para Francia, por lo que la gran mayoría de ellos fueron entregados al Ejército franquista para su ‘depuración’.
Los motivos más comunes para salir de Gurs eran: ser reclamados para trabajar en empresas de la zona; ser repatriados (con su consentimiento o de manera forzada); ingresar en la Legión Extranjera francesa y, en el caso de los brigadistas, ser acogidos por la URSS o por países americanos.
Los archivos cuentan que cuando se inició la Segunda Guerra Mundial, únicamente quedaban en el campo brigadistas internacionales. Fue entonces cuando llegaron los calificados como ‘indeseables’: desde pacifistas o comunistas (franceses o españoles residentes en Francia) hasta ciudadanos alemanes, simpatizantes nazis o simples presos comunes.
Y es que, como recuerdan historiadores como Jesús Chueca en su libro dedicado a Gurs, muchos de los militantes solidarios con la población refugiada española que habían denunciado su internamiento en el campo, era ahora apresados en él.
De la acogida al exterminio. A ellos se les unieron, tras el armisticio franco-alemán de junio de 1940 y el gobierno de Vichy, miles de personas deportadas de las regiones alemanas (Baden Renania y el Palatinado). Gurs pasó, entonces, a ser un eslabón más del régimen nazi. Es esta época la más terrible: los judíos eran trasladados hasta este campo de los Pirineos para perecer allí (más de un millar murió por las malas condiciones de vida) o ser enviados posteriormente a los campos de exterminio de Polonia (se calcula que 5.500 prisioneros de Gurs fueron deportados sistemáticamente a Auschwitz y exterminados a partir de 1942).

Pero ni siquiera la Liberación francesa o el final de la Segunda Guerra Mundial puso freno a la vergüenza de Gurs, ya que en esta etapa final fueron detenidos colaboradores nazis y posteriormente casi 1.500 españoles, comunistas la gran mayoría, que habían tomado parte en la operación guerrillera del Val d’Aran de octubre de 1944.
De esa sinrazón y del sentimiento de quienes venían de fracasar en su intento de liberar España y eran apresados por el Ejército galo hablaba Juan Ventura a Jean Ortiz para su libro ‘Rojos: la gesta de los guerrilleros españoles en Francia’: “Muchos guerrilleros lloraban de rabia frente a tanta humillación. Nos llevaron al campo de concentración de Gurs, donde entonces estaban presos los militares alemanes a los que nosotros mismos habíamos capturado cuando se liberaron los valles de Aspe y Ossau”.
Derribo y olvido. En diciembre de 1945, el Gobierno francés decidió cerrar y desmantelar Gurs. Cambiado árboles por las alambradas y los barracones, trató de levantar un bosque que ocultara este negro episodio de su historia. Y casi lo consiguió, por no fue hasta varias décadas después, cuando voluntarios, vecinos, antiguos detenidos y organizaciones judías empezaron a sacar del olvido el campo, en el que apenas quedaban restos de las tumbas de los de fallecidos en Gurs, en su mayoría deportados judíos pero también republicanos españoles.
En la actualidad, 85 años después de su inauguración, la realidad de Gurs sigue siendo contradictoria. Por una parte, gracias a la labor de asociaciones de voluntarios (en su mayoría familiares de republicanos que pasaron por el campo, como L’Amicale de Gurs o la Association Terres de Memoire(s) et des Luttes), de asociaciones judías, Gobiernos como el vasco o navarro, se mantiene en pie el Memorial de Gurs, se realizan visitas explicativas y homenajes anules para honrar la memoria de aquellos hombres y mujeres que allí fueron detenidos. Pero por otra, el Gobierno francés sigue mirando hacia otro lado, sin dar el eco y el reconocimiento necesario al lugar. Y más en unos tiempos en los que la derecha y la ultraderecha se ha marcado como objetivo reescribir la historia, cambiar el relato y enterrar la Memoria Democrática.

Por Gurs pasaron miles de comunistas, la mayoría españoles, pero también muchos franceses (unos 1.500) y otros cuantos pertenecientes a las Brigadas Internacionales. Éstos, en número de 6.000, fueron, si cabe, el colectivo más desfavorecido, ya que tras combatir altruistamente en la guerra civil, se vieron imposibilitados para regresar a sus países de origen por permanecer estos bajo regímenes fascistas. La mayoría eran polacos, italianos, alemanes, checoslovacos, austriacos, portugueses y de otros países del este de Europa.
Cuna de comunistas. Este campo de concentración fue un punto de encuentro, debate, aprendizaje y propagación del comunismo. Allí se afiliaron al PCE muchos españoles que escapaban del franquismo y que continuaron posteriormente su lucha allí donde el destino les llevó: el maquis, la lucha en el ‘interior’, la guerra contra los nazis, la clandestinidad en América…
Los comunistas tejieron una red de enlaces y comunicaciones entre distintos lugares de Francia con presencia de camaradas y simpatizantes para desarrollar el control político y favorecer las bases de la organización del partido. Concretamente, en el campo de Gurs hubo un núcleo directivo formado por Francisco Javier Alberdi García, Ángel Larrauri de Pablo y Marquina, estando al frente de la JSU Julián Ramírez.

En medio de tantas calamidades los comunistas se organizaron económica, social, sanitaria, cultural y políticamente dentro del campo, manteniendo contacto permanente con el exterior mediante camaradas que actuaban de enlaces. Luis Pérez de Berasaluce, en su libro ‘Cuando los maquis’, saca del olvido a muchos de ellos. Por ejemplo, al navarro Vicente Abadía, comunista que sería clave en el futuro Equipo de Pasos de la zona y a quien una hermana había sacado de otro campo de concentración cercano, el campo de Argelès, reclamándole a su domicilio de Mauléon. Desde allí, dos veces por semana ejercía de enlace con Gurs, llevando además tabaco, libros y otros productos, y buscando madrinas para los confinados. Por esta causa fue detenido en septiembre de 1939 por los gendarmes quienes, tras darle una paliza y llamarle “¡perro comunista!”, lo condujeron al campo de Le Barcarès y, nuevamente, a Argelès. Por cierto, Abadía, que desde Normandia hasta Pirineos cruzó toda Francia luchando contra los nazis, moriría ahogado en 1948 en el fronterizo río Aragón mientras realizaba una misión de apoyo a la guerrilla.
También aprovecharon los internos y su red de apoyo el hecho de que Gurs no contaba con las medidas de seguridad de otros campos de exterminio nazis, por lo que se dieron bastantes casos de huida (más de 700 contabilizados) e incluso de ataques organizados y robos del armamento y dinero del que disponía el servicio de seguridad.
Dar números del total de militantes del PCE que estuvieron en Gurs es complicado. Porque muchos de los que aparecen llevaban doble o triple militancia (PCE, JSU, UGT…), o porque se acababan de afiliar en los primeros meses de la guerra y aparecían aún en listados de Izquierda Republicana o el PSOE, o simplemente sin filiación política.
Sí que es conocido que, entre el primer grupo de 6.000 vascos, eran los comunistas el grupo más numeroso, con 365 personas en el partido y 264 en las Juventudes Socialistas Unificadas. De hecho, dos de los líderes de ‘bloque vasco’ del campo fueron los comunistas Celestino Uriarte y Cecilio Arregui.
Como es lógico, tampoco faltaron comunistas aragoneses y navarros en este campo. Su vía de escape natural les llevaba irremediablemente a alguno de los campos de concentración levantados en los Pirineos. En este sentido, no es descabellado asegurar que del medio millar de navarros internados en Gurs, cerca de un centenar llego a militar en el PCE. Muchos de ellos dejaron escritos sus testimonios, sus vivencias y las penurias que vivieron antes, durante y después de ser recluidos en el campo de concentración. Testimonios pero también fotografías, dibujos, pequeñas publicaciones, esculturas o tableros y piezas de ajedrez. Relatos y objetos que, por fortuna, han sobrevivido al paso de los años y han sacado a la luz ese Gurs que quisieron enterrar entre el barro y los arbustos del Pirineo Atlántico.







