Hace unos días, encontré un texto que escribí hace años sobre el Mayo del 68 francés y recordaba que, en mayo de 1968 yo era una adolescente que estudiaba bachiller en un colegio de monjas e ignoraba que, mientras preparábamos los exámenes finales y la fiesta de fin de curso, las jóvenes francesas levantaban barricadas en París en una protesta estudiantil que paralizó Francia, congregó en una huelga general a diez millones de trabajadores, puso en jaque al Gobierno e hizo al presidente De Gaulle disolver la Asamblea Francesa y adelantar la convocatoria de elecciones. Naturalmente, todo eso lo supe después, cuando el Mayo del 68 se había incorporado a las referencias ideológicas de mi generación y hablábamos de aquel movimiento que había empezado como una protesta en la Universidad, que se había extendido a una parte importante de la izquierda política y sindical y que, en las asambleas y comités que se celebraban, las reivindicaciones eran simultáneas y sintetizables: la mejora de los salarios, la democracia participativa, la libertad sexual, el cuestionamiento de las jerarquías… Han pasado muchos años desde entonces y el Mayo del 68 francés está en el imaginario colectivo con distintos significados: el poder preferiría que nunca hubiera ocurrido; quienes renunciaron a los valores que defendían y abrazaron los del sistema, lo considerarán algo trasnochado y propio de la juventud y quienes seguimos persiguiendo la utopía, sabemos que aquellas páginas de esperanza escritas en la historia, no cambiaron el mundo como se pretendía, pero tiene razón Annie Ernaud cuando dice que el mundo está cambiando siempre y seguirá cambiando; que siempre va a ser una lucha y que nunca podremos encontrar ese mundo ideal y utópico con el que soñábamos; en definitiva, y como dice un gran amigo, vencer es seguir luchando…
Así lo hicieron los estudiantes franceses que lucharon en aquel momento, cuando iniciaron una sentada en la Universidad de Nanterre para protestar por las normas restrictivas que impedían, entre otras cosas, que las chicas y los chicos recibieran visitas en sus habitaciones de jóvenes del otro sexo. Según distintas interpretaciones que se han hecho del Mayo del 68, la conciencia feminista no estuvo presente en aquellas luchas de una forma constitutiva y determinante: es verdad que las estudiantes participaron activamente en todas las movilizaciones y que las obreras lucharon decididamente por la equiparación de salarios y las mejores condiciones de trabajo, pero también entonces el feminismo siguió siendo la revolución pendiente, supeditada a conseguir otros objetivos políticos, si bien las jóvenes que gritaban en la calle las consignas revolucionarias, pensaban que esa lucha incluía la lucha por la igualdad. La consigna “Queremos todo” era la expresión de la síntesis de las reivindicaciones, hacer una revolución contra el sistema y una revolución personal contra el aburrimiento y la desidia, porque ellas y ellos creían en la imaginación y buscaban la playa debajo de los adoquines. El Movimiento Feminista ha avanzado mucho desde entonces con nuevas propuestas y nuevas conquistas y somos conscientes, cada vez más, de que la contradicción de género tiene que estar presente en la estrategia política tanto en el resultado como en el proceso: nunca más podremos dejarla como revolución pendiente y, de ningún modo, dejaremos que se confunda la igualdad con la ilusión de la igualdad. Es el feminismo, amigas.








