Comunicación estratégica

La comunicación sirve para defendernos de ella misma cuando está al servicio del adversario que pretende ganarnos la batalla de las ideas
Sala de conferencias. Comunicación
Foto: fycma.com

Justo cuando el presidente se tomó cinco días no lectivos para pensarse si continuaba o no ejerciendo sus funciones (bien o mal, que no quedaba claro del todo pese a invocar puntos y apartes), buscaba yo en internet información sobre comunicación estratégica. Mis camaradas del núcleo habían llegado a la conclusión de que teníamos que estudiar a fondo lo de la comunicación para poder digerir el atracón de noticias que recibimos diariamente y para contribuir a que se difundan, se entiendan y se acepten las que corresponden a nuestros afanes e intereses, que no parece sino que los únicos eventos noticiables son los que protagonizan o inventan nuestros enemigos y que todavía no hemos aprendido a responder adecuadamente a la presión mediática de la derecha.

El internet está saturado de explicaciones y de ofertas para quienes aspiren a comprender y utilizar estos procesos que planifican, desarrollan y controlan los mensajes y la información que los emisores inyectan en el público receptor, en busca del mayor beneficio.

Para sacar provecho de lo que nos dicen los especialistas en la materia hay que manejar o, por lo menos, no atascarse en el vocabulario técnico (con frecuencia anglosajón) que suelen utilizar: Ahí es nada cuando te dicen que hay que asegurar una visión estratégica, la gestión integral de procesos data driven de las organizaciones y la revisión completa de las disciplinas de marketing digital organizadas a lo largo de un funnel de ventas, asegurando la visión customer centric. ¿Queda claro?

Somos conscientes del volumen de información que bulle en nuestro entorno y del papel que juegan los comunicadores, creando impactos sociales que irán relacionados con los nuevos hábitos de las audiencias, en esta era de la infoxicación (léase a Margot Rot) en la que los afectos y la memoria están siendo definidos e implantados por la tecnología. Y ello al servicio de una estrategia política que busca el control y sometimiento territorial, económico y cultural de un país, región o grupo humano, ejerciendo su dominación por la fuerza, el abuso o la influencia. Eso se llama imperialismo y la comunicación es, a la vez, una de sus armas y campo de batalla entre los más y mejor utilizados.

La comunicación sirve para defendernos de ella misma cuando está al servicio del adversario que pretende ganarnos la batalla de las ideas. Tiene como meta que tu público objetivo no sólo oiga tu mensaje sino que entienda sus significados, capte lo que políticamente quiere representar y asuma la mejor percepción sobre quienes lo difunden. Por eso la estrategia de comunicación tiene que basarse en lo que eres y en lo que quieres mostrar. Habrá que valorar si lo que hemos vivido y comunicado en estos cinco días de presidente dubitativo representa la mejor imagen que nos corresponde o es un mal resultado de una estrategia con fallos notables.

Contemplando la batalla política y mediática, hay que reconocer que defenderse es más complicado que lo de victimizarse.

Ya sabemos que la derecha en España no se duele en prendas y sigue la moda que marca el imperialismo con estilo “facha”, entre nazi y mussoliniano, y referencias esperpénticas a Trump o Milei. A lo peor estamos siendo tratados con técnicas de gamificación. Lo que no debemos olvidar es que la comunicación no verbal se impone a la verbal y que los hechos pueden con las palabras. No se puede comunicar si no se es y no quedas bien si tus promesas no te las trabajas. Punto y aparte.

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