Una sociedad enferma. Esa es, desgraciadamente, la parte más visible de la sociedad estadounidense. La otra, la normal, la próspera y singular, apenas se percibe en la distancia. Los presidentes Abraham Lincoln, James Garfield y William McKinley, en el siglo XIX, y en el XX los dos hermanos John y Robert Kennedy más Ronald Reagan, y ahora Donald Trump, han sido objeto de magnicidios o intentos de este tipo de crimen. La violencia asesina, con una frecuencia imparable, se ha cebado allí, además y sobre todo, con niños y adolescentes, en colegios e institutos donde individuos desalmados provistos de armas automáticas de libre acceso, han sembrado de muerte aulas y patios de recreo.
Nadie parece vincular toda esa violencia con lo que vemos cada día en las superproducciones de Hollywood, muchos de cuyos guiones rezuman venganzas a mano armada, por padres de familia que pierden un ser querido o policías sancionados que deciden tomarse la justicia por su mano y dar muerte a tres, cinco, diez, quince seres humanos para compensar la pérdida de un familiar. Casi puede afirmarse que cada filme que sale de esos estudios, exhibe un repertorio de nuevas armas, automáticas y de guerra, drones y helicópteros de combate incluidos, y la cadena de exhibiciones de armas sigue y sigue sin fin.
Cien cárteles de la droga operan en el interior de Estados Unidos con toda la atmósfera de violencia que rodea sus prácticas y, si bien todo el mundo sabe los nombres de los cárteles mexicanos o colombianos, nadie conoce cómo se llaman los que trasiegan la droga y sus tóxicos efectos psicosociales puertas adentro del gran país estadounidense, con cifras gigantes de traficantes, consumidores y reclusos por esta causa. Allí, los analistas más sensatos saben que la Mafia, convenientemente reconvertida y aterrizada en el mundo financiero tras dejar provisionalmente el bate de béisbol a un lado, se erige en un auténtico poder fáctico. En este ámbito, la organización mafiosa comparece de igual a igual junto con otros poderes de su rango como el que detenta el Complejo militar-industrial, principal productor y vendedor de armas a escala mundial, más Sillicon Valley, Wall Street, la CIA-FBI, y el conglomerado de magnates milmillonarios que dirigen en la sombra la vida financiera del país transatlántico. La Prensa, otrora emblema del control democrático norteamericano, hace tiempo que dejó de pertenecer al club de las instituciones más influyentes. Embarcado en cien guerras, inducidas mucha de ellas desde Washington para consolidar su poder hegemónico mundial a partir de la derrota española en 1898, Estados Unidos, envuelto en la bandera de una democracia hecha a su medida, ha flagelado al mundo reiteradamente y a cañonazo limpio: en Iberoamérica, con golpes de Estado, e innúmeras dictaduras militares impuestas; en Asia, guerras de Vietnam y Corea; y, directamente o por persona interpuesta, en los países árabes y el Medio Oriente, con su alfil Israel, hoy con las manos ensangrentadas por la guerra de exterminio que perpetra en Gaza. Además, en Europa, la desastrosa fragmentación impuesta por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en el corazón de Viejo Continente al finalizar la Primera Guerra Mundial con el descontrolado desmantelamiento de los imperios austro-húngaro y otomano, se añade a la nómina de arbitrariedades ejecutadas por la Casa Blanca en una ristra de intervenciones como la que hoy alecciona y despliega en Ucrania, via OTAN, comprometiendo a Europa en una guerra que, entre sus principales efectos geopolíticos, ha echado a los rusos en manos de China de forma duradera, y enemistándonos entre nosotros y nuestros vecinos euroasiáticos… Solo la excepción de la contribución estadounidense, real y emancipadora, a la derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, despejó las sombra de sus reiteradas injerencias en la geopolítica mundial, hoy signada por e propósito de Washington de llevarnos a todos a una guerra con China, como se desprende de la reciente cumbre de la OTAN en la capital federal estadounidense.
Qué duda cabe que este belicismo insaciable se proyecta sobre la atribulada sociedad estadounidense. Qué lejos quedan aquellos dibujos y viñetas del gran ilustrador Norman Rockwell, que difundió la imagen del país norteamericano en una acariciada posguerra con estampas de placidez, bonhomía y familiaridad, con una cordialidad y belleza incomparables. La sociedad estadounidense, asaeteada por frondas que algunos asocian a las que presiden las guerras civiles, merece y necesita un sosiego del que hoy carece. El Presidente de los Estados Unidos de América, como institución, dispone allí de un ascendiente no solo político y militar, sino señaladamente moral, que forma parte de una cultura propia y singular. Tirotear a colegiales indefensos, presidentes o candidatos presidenciales es una manera de tirotear un sistema de convivencia que engloba a 334 millones de estadounidenses que tienen derecho a que las armas, fuera y dentro del país, callen y den paso a una vida social sin sobresaltos como al que hemos asistido en Butler, Pensilvania, con los disparos de un veinteañero ya difunto, Thomas Crooke, contra Donald Trump. Permanezcamos atentos a la pantalla para descubrir la trama de este nuevo y tremendo episodio de violencia, que encrespa las ya rizadas olas de la situación política en Estados Unidos y proyecta sobre la escena mundial nuevas e inquietantes sombras.
Fuente: elobrero.es







