—¡Abuela! ¿Te acuerdas cuando mozuela? —le decía mientras la abrazaba y besaba fuerte en la mejilla.
—Sí que me acuerdo, Zahira —contestaba con añoranza.
—Bueno, abuela, ¿y hoy qué día es?, ¿ya se te ha olvidado?
—Hoy es 19 de diciembre, tu cumpleaños.
Le conté que por la mañana, mientras trabajaba en el instituto, me había llamado Eva de una conocida editorial, en la que venía participando con varios microrrelatos. La emoción me hizo contárselo tan rápido que apenas me dio tiempo a comenzar cuando me interrumpió, sugiriendo con voz dulce y amable:
—Habla más lento, que no me entero bien. Que tengo ya 89 años. Ven, siéntate aquí, a mi lado, y cuéntame despacio.
—Abuela, me han llamado para escribir una antología de hadas.
—Tú siempre has sido un poco brujilla —y soltó una tremenda y escandalosa carcajada— como mis hermanas. Continuó riendo. Y ¿cuánto cuesta eso Zahira?
—¡Nada! Me han llamado ellos, porque les ha gustado mi forma de escribir. Es un proyecto de crowdfunding.
—¿Cro…? Qué?
—Sí. Participo junto a siete personas más. Hay que comprarlo antes de que se publique y tenemos unos objetivos. La escritora que más venda le editan un segundo libro. Yo tengo un cuento que escribí hace cuatro años para una amiga cuya niña tenía pesadillas. Me encantaría ganar.
¿Recuerdas? Te lo leí hace muy poco.
—¡Oy Zahira por favor! —dijo ilusionada, con un profundo brillo en los ojos —¡Es verdad!
¿Y cuántooo….?
Dobló el codo, subió la mano derecha a la altura de la cara, con mirada pícara, comenzó a rozar su dedo índice y pulgar muy rápido, preguntaba de nuevo por el precio. Bajó la mano y terminó la última “o”, duró por lo menos diez segundos pronunciando la vocal.
—Abuela, aún no sé, me acaban de llamar, pero te iré contando —dije un poco seria.
—Zahira, yo los quiero todos.
Y reímos fuerte las dos volviéndonos a abrazar.
De repente su mirada se detuvo hacia el frente. Dos lágrimas cayeron sobre sus mejillas y fueron prueba de que me había entendido. Mi boca se cerró, respetando el recuerdo que visitaba su memoria. Me agarró la mano. Y volviendo atrás en el tiempo, tras unos segundos de reflexión dijo: cuando yo era pequeña me encantaba leer, y aprendí las cuatro reglas, ¿sabes?: sumar, restar, multiplicar y dividir. Yo era muy inteligente y quería mucho a mi maestra, Doña Matilde. Y ella a mí. ¿Sabes cómo me decía? Macetita de claveles.
—¿ Y qué pasó? —contesté.
—Pues lo que sucedía en aquella época: que no podíamos estudiar.
—¿Por qué?
—Porque había que trabajar para comer y servir a los señoritos. Cuando acabó la guerra, no teníamos nada que llevarnos a la boca y nos dedicábamos a coser, a planchar… Éramos once hermanos y solo podían estudiar los hombres. Doña Matilde habló con mi madre y me dejó ir a las Adoratrices, aunque mi maestra no era monja, eh!, ¡mucho cuidado! Y solo había niñas, no como ahora.
Me soltó la mano, cogió su vaso, bebió agua, me miró y continuó diciendo:
—Pero claro, yo no tenía el manual para estudiar, entonces vendía la comida que me tocaba en mi cartilla de racionamiento y me lo compré. Y eso mi maestra lo sabía y lo valoraba mucho. Una mañana fría de invierno, mi madre, que en paz descanse, planchando un jersey azul que tenía mi hermano Anselmo, el mayor, tuvo un descuido y le dejó la marca en la espalda. Antes, no eran como las de ahora, tenías que llenarlas de carbón, que lo traía mi padre, que era piconero. Me obligó a ponérmelo para ir al colegio, pasé muchísima vergüenza, y le dije a mi maestra que no quería volver más. Dejé de estudiar, pero yo ya sabia leer, escribir y las cuatro reglas.
Pasó el tiempo, los meses y mientras la antología y mi relato iban tomando forma, el espacio en su hogar se volvía más silencioso, más vacío. Mi abuela enfermó y el espacio que solía ocupar con su vitalidad se redujo a la cama. El año siguiente, el 23 de marzo a las 10 de la mañana, recibí la llamada de mi hermana pequeña, diciéndome:
—Tata, vente a casa de la abuela, que está muy mal.
Me faltó tiempo para coger lo esencial y correr. Con lágrimas en los ojos y un único pensamiento, poder despedirme de ella. Cuando salí del portal, escuché que me llamaban, era el cartero con un paquete lleno de libros. Lo cargué en el maletero. Busqué el cúter que siempre llevo en el coche y lo abrí. Sesenta, era mi antología. Me fui a su casa, aparqué. Entré en la habitación y en voz alta y sonriendo le dije:
—Abuela, ¿te acuerdas cuando mozuela?
Ella sonrió, me acerqué y le puse mi antología en sus manos. Le dije al oído:
—Abuela, este es el libro, he ganado el concurso.
Continuó su sonrisa, agarró fuerte el libro y con los ojos ya cerrados, entre dientes dijo:
—¿Este es el mío? Léeme la dedicatoria, Zahira.
—Para mi abuela Carmela, mi maestra, que me enseñó que hasta en tiempos de carencia hay que priorizar la cultura a las necesidades básicas. Macetita de claveles.
—Macetita de claveles —repitió. Y expiró.
La besé…, mis lágrimas humedecieron sus mejillas…, aún parecía mirarme, le leí el relato. Ya en el tanatorio, sin que nadie me viera, se lo metí en el féretro.







