Premio del relato ganador del III Concurso de poesía y relato de la Fiesta del PCA 2024

Chico de las estrellas

Ilustración: Chico de las estrellas / Autor: Garrido Barroso
Ilustración: Garrido Barroso

La gotera de la cocina no era ni por mucho lo más desconcertante. Se oían ladridos por todas partes, cuántos malditos perros vivían en el bloque y las paredes quizás fueran de papel, no paraba de preguntarse.

No había manera de concentrarse. Al acachar la cabeza de nuevo sobre el papel, otro ataque. Ahora eran los gritos del vecino de abajo. Era difícil concentrarse en aquel paupérrimo ambiente. Pero Jonathan apretaba los dientes y seguía estudiando, quizás era eso a lo que el abuelo se refería cuando le hablaba de la lucha de clases, no estaba muy seguro. Él solo sabía dónde quería llegar y que para nada iba a ser fácil.

La madre entró por la puerta, pegando un portazo, ¿es que no podía haber paz en aquel lugar? Al asomarse a la pequeña habitación plagada toda ella de fotografías de estrellas, recortes de revistas donde se veían planetarios recién inaugurados en ciudades a las que ellos jamás habían viajado, observó al niño, sentado en la pequeña mesa de estudio.

—Hijo, sal un rato a la calle, ¿todavía estás ahí desde que acabó el colegio? —preguntó.

—Sí, necesito estudiar, la próxima semana hay dos exámenes.

—Sal y despéjate un poco, no es bueno estar todo el día entre libros. Además, dentro de un par de horas estará aquí tu padre y necesitará que le acompañes a sacar las herramientas de la furgoneta, desde que se las robaron ya sabes que no quiere dejar nada ahí toda la noche.

—Lo esperaré aquí, tengo que hacer un trabajo.

—Qué trabajo ni trabajo, ¡para lo que te va a servir! Ya sabes que el año próximo cumples los catorce y te vas a tener que ir con tu padre a la obra, déjate de tonterías, salte un rato a la calle con los chicos del barrio, que estaban ahí en el parque cuando yo he pasado.

Agachó la cabeza derrotado, cerró el cuaderno y luego el libro y, cuando estaba a punto de obedecer, todo aquello de lo que su abuelo le había hablado vino una vez más a su cabeza.

Cogió un folio y un lápiz y retomó otra vez el trabajo. Ahora era la televisión de la vecina de al lado lo que se escuchaba como si estuviera allí dentro.

Cuando su padre llegó, él seguía allí, liado con sus quehaceres.

—¡Jonathan, ayúdame a ir a por las cosas de la furgoneta!

De camino al descampado que servía de aparcamiento, el padre le recordó al hijo que no hiciera planes para el sábado, porque irían los dos al huerto y los olivos este año venían cargados.

—Mira, hijo, en ese banco están tus amigos, ¿por qué no te quedas un rato con ellos cuando acabemos?

—No, tengo que estudiar, el final del trimestre está cerca y…

—Hijo, ya sabes que no te va servir de mucho, el año que viene ya lo tengo apalabrado con el encargado, al principio entrarás sin contrato, pero le he dicho que eres muy inteligente y aprendes rápido, entonces ellos, la empresa, sabes, se darán cuenta y te arreglarán papeles para no dejarte escapar, ellos tampoco son tontos.

El chico miró hacia arriba resignado, la noche estaba clara, el cielo muy iluminado, recordó las charlas con su abuelo cuando se tumbaban a mirar el espacio y su inmensidad, el anciano le hablaba de la lucha, de que, aunque él no había ido a la escuela, tenía un sentido para calar a las personas con algo especial, como él, le decía que tenía algo, lo llamaba chico de las estrellas, por su interés desmesurado sobre el espacio y todo lo que lo rodeaba.

Pasaron unos años, bastantes.

La madre cerró la puerta del despacho de un portazo, se acercó a la mesa donde su hijo hojeaba un pequeño cuaderno, miró el entorno y vio los títulos colgados, por encima de todos destacaba el de Doctor en Astrofísica, por su marco dorado. La madre le comentó que ese debía de ser su mayor logro y él le contestó que no, le señaló otro marco donde aparecía el logo de su ONG, la que él fundó para ayudar a niños en peligro de exclusión y cuyo logotipo era una foto en memoria de su abuelo.

Señalando ese marco, dijo: «Con esto he conseguido tocar el cielo».