Unidad

Unidad, sí, pero por qué, para qué, cómo. Unidad, desde el programa-programa-programa, y desde la organización-organización-organización. Ni dioses, reyes, ni tribunos. Carretera y manta
Pleno inaugural Congreso 1989 | Foto: J. de Miguel / Mundo Obrero
Pleno inaugural Congreso 1989 | Foto: J. de Miguel / Mundo Obrero

Los términos “unidad” y “diálogo” son quizás los más utilizados, y hasta manoseados, por un cierto buenismo político y electoral que tiene mucho de metafísica y fetichismo. Y digo esto en el sentido de que si no hay concreción, no hay verdad. Unidad, sí, pero por qué, para qué, cómo.

Hay personas, incluidos ciertos dirigentes progresistas, que se niegan a hablar de neofascismo, de crecimiento de la hegemonía fascista, aunque la realidad los desmienta a diario, no solo a nivel electoral sino también en la escala de las costumbres y la vida diaria de la gente. Adaptan en suma un postureo buenista que puede incluso considerar cobardes o trasnochados a aquellos que vemos el peligro real, como lo vieron Pepe Díaz y Pasionaria, a quienes se les tildó de pusilánimes y hasta de asustarse ante el rumor de lo que no eran sino ratones políticos sin peligro real. Pues bien, esta es la primera causa a la hora de reconocer la necesidad de un proceso de unidad, el más amplio posible, de los demócratas (en sentido fuerte).

El fascismo es un capitalismo de excepción, donde cada vez tiene más importancia el “lumpen burguesía” del malestar de las capas medias junto a la indiferencia y desactivación de los “pobres”

Quizás la unidad es la forma clave para combatir el fascismo moderno, que utiliza el malestar de la gente para una supuesta lucha contra el sistema que no solo pretende consolidar el sistema, sino convertirlo en una forma de excepción, que no otra cosa es el fascismo: un capitalismo de excepción, donde cada vez tiene más importancia, como levadura y acción práctica, “natural”, esa especie de “lumpen burguesía” que se ampara en el malestar de las capas medias y, a la vez, en la indiferencia, el desencanto y la desactivación de los “pobres”.

Me estoy refiriendo a que la unidad no es algo que se da por supuesto, que cae del cielo, que llueve, sino algo a construir políticamente desde la necesidad de la elaboración de una ideología alternativa, contrahegemónica, que requiere su discurso, su presencia en la calle y la producción determinada, concreta, de un imaginario distinto que, por serlo, no se basa en una esperanza ciega, metafísica, sino en la impaciencia de que, frente al dogmatismo de la resignación, es necesario y posible construir la imagen necesaria de otra cosa, esta vez más justa y compartida.

Más, en concreto, y yendo al fondo: no hay unidad sin programa participativo y sin la edificación de la organización correspondiente. Los programas, las ideas, no viven, no pueden vivir sin organización. La Política en sentido fuerte, con mayúscula, necesita un largo periodo, interminable podríamos decir, de “carretera y manta”; y manta, sí, incluso en verano, porque para las expectativas del cambio real hace mucho frío, un frío insoportable, fuera de los soportales de la organización y la movilización; es decir; no se trata ya de representar a la gente, una vez se piensa en serio en el criterio de organización, sino de representarla bien, desde una ética incorruptible, y, sobre todo, por encima de todo, se trata de SER GENTE.

Y ahora, en esta época, es preciso responder desde los porcentajes mínimos de representación y organización en los que estamos sumidos. Responder desde la “otredad”, claro. No se trata de experimentar ese proceso de modernización que, para los llamados renovadores, siempre consiste en convertirse en los otros, en los vencedores, en esa socialdemocracia (o social-liberalismo, mejor dicho) que ha sabido adaptarse al capitalismo y utilizarlo como una especie de segunda piel de leopardo amaestrado. No necesitamos convertirnos en tigres amaestrados dentro del jardín capitalista. Esa no es la solución. La solución es una respuesta “otra”. La solución no es ese capitalismo expansivo, de buen corazón, del que se nos ha empezado a hablar. ¿Qué pasa, que para algunos ha llegado el momento de modernizar el referente, y que ya no sea Julio Anguita, por ejemplo?

En 1984 la disyuntiva era la misma: responder o disolverse (modernizándose). Nuestro grupo parlamentario cabía en un seiscientos y los referentes internacionales se había amonedado bajo el rótulo de una modernidad que parecía insorteable. Pues bien, optamos por responder, y surgió la idea de Convocatoria por Andalucía y su prolongación general, bajo el nombre de Izquierda Unida. Claro, el sistema respondió como una piara de jabalíes heridos, como lo hizo cuando la alianza con Podemos consiguió un grupo con setenta diputados. Pero era la única fórmula real, honesta, revolucionaria. La única respuesta “otra”.

Ahora, de nuevo, desde el contagio de fetichismo que sufrimos, hay que responder otra vez. Y hay que responder, una vez más, desde el verbo atrevido y bien temperado (el poder amable de la razón), desde la unidad, desde el programa-programa-programa, y desde (algo que siempre se olvida) la organización-organización.organización. Ni dioses, reyes, ni tribunos. Carretera y manta. En el metro nos vemos.

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