Carlos Giménez, uno de los nuestros

Recupera la memoria histórica como pocas veces se ha conseguido en nuestro país, y empieza a hacerlo cuando aquí no se sabía que era eso de la memoria histórica que tanta falta nos hacía
Dibujos del ilustrador Carlos Giménez

Llevo unas cuantas semanas dándole vueltas a cómo enfrentar este artículo. Cuando me dijeron que se iba a publicar en Mundo Obrero sobre Carlos Giménez, obviamente me tiré en plancha y me ofrecí a escribir; claro, el más largo, tengo tanto que contar de Carlos que seguro que se me quedaría corto.

Pero, obviamente, no fue así. Llevo tiempo intentando buscar el tono que debiera tener: admirativo, expositivo, político, técnico… Y ninguno me ha llegado a convencer. Porque Carlos Giménez es mucho más que todo eso. Así que he decidido escribir sobre mi relación con Carlos, ese viejo amigo que no he visto en mi vida.

Recuerdo cuando en mis primeros acercamientos al mundo del tebeo, en Comics Forum, aparecía ese famoso dibujo de OTAN NO, CACA, o ese otro de PAREN LA GUERRA. Ese yo pequeño, aun no politizado, pero ya político (como cualquiera), grabó a fuego en su cabeza el dibujo y el mensaje, y supongo que tuvo mucho que ver con ese yo adulto que ahora soy.

Ese primer contacto con Carlos Giménez, que aun no sabía que era Carlos Giménez, me empezó a abrir los ojos a un cuestionamiento del mundo y a una actitud crítica que, menos mal, todavía no me ha abandonado.

Cuando Gramsci hablaba del intelectual orgánico necesario para el movimiento comunista, podría asumirse que pensaba en alguien como Carlos. He leído a amigos suyos, reconocidos de derechas, definirlo como comunista sin carné, antimilitarista y algo comecuras. Y eso, que no dudo de que es absolutamente cierto, lo traslada en cada una de sus viñetas, y lo que es mejor, sus lectores lo absorbemos, lo hacemos parte de nosotros mismos y de nuestras creencias, y nos cambia, a mejor.

Ese viejo amigo que para mi es Carlos, es el tipo con el que me iría a tomar algún cubata en un antro de Barcelona otra vez, aunque no lo conozco y en mi vida he salido de antros por la ciudad condal. La confusión entre obra y artista es total después de que haya expuesto su alma en cada viñeta.

Yo he estado con Pablito (el trasunto de Carlos en Paracuellos) interno en los colegios de Auxilio Social, y he pasado con él hambre, sed, rabia, pero también he vivido la camaradería entre los niños y he querido ser, de mayor, dibujante de tebeos, como L punto Bermejo (que al final resultó que se llamaba Luis). He sentido la opresión de la dictadura siendo solo un crío y cómo la violencia estructural calaba hasta el tuétano; pero también la esperanza de que mañana sería mejor que hoy, porque, con un poco de suerte, mamá vendría a buscarme para dar una vuelta.

He corrido con los chavales del Madrid de posguerra por el Barrio, y he aprendido cómo era ser niño en esos años. El miedo de los vencidos, pero también de los que se estaban adaptando al franquismo y solo querían vivir su vida en paz; he construido una chabola en la periferia de Madrid, corriendo mucho, porque la puerta tenía que estar puesta antes de que llegase la Guardia Civil con las primeras luces del alba; he llorado de impotencia porque al padre de un amigo se lo han llevado para darle el paseíllo por rojo, y he visto dar palizas en comisarias por tener libros que, a juicio del funcionario, no deberían tenerse.

Y cuando me he ido haciendo mayor, después de haber estado trabajando de ayudante de dibujante en Madrid, me he ido a Barcelona a trabajar para Filstrup (el alter ego del famoso editor Josep Toutain) para ser uno de Los Profesionales, una panda de jovenzuelos que se comían el mundo a bocados. He pasado noches en vela porque teníamos que entregar las páginas y poder cobrar la decena, me he reído de las bromas que eran la moneda corriente esos días; he llorado la muerte de Marilyn; he escuchado interminables veces Mi Gran Noche del disco Ádamo canta en español en un viejo tocadiscos de uno de los dibujantes. Y he tomado conciencia política en aquellos maravillosos y terribles años 60. Y he aprendido poesía prohibida y a soñar con un mundo mejor.

Y después, paradojas de los tebeos y del autor, he vivido en Madrid 36-39, Malos Tiempos, y los horrores de la guerra, sabiendo muy bien quienes tienen que ser los que se apunten todos los muertos, y no son otros que aquellos que dieron el primer tiro: los fascistas que intentaron un golpe de Estado al gobierno legítimo de la República. De esta parte me cuesta escribir, porque hay algunas historias que me resultan tan duras que ni siquiera he podido releerlas. Pero, no obstante, recomiendo absolutamente su lectura, como la de cualquier obra de Giménez.

Estas cuatro obras (Paracuellos, Barrio, Los Profesionales y 36-39 Malos Tiempos) recuperan la memoria histórica de una manera que pocas veces se ha conseguido en nuestro país, y, además empieza a hacerlo cuando en este país no se sabía que era eso de la Memoria Histórica que tanta falta nos hacía. Estos álbumes son capaces de trasladar, no datos académicos, que para eso ya hay infinidad de enormes trabajos, sino el sentimiento que las clases populares vivieron a lo largo de cuatro décadas.

Nos cuenta sin artificios lo que pasa en la calle, y es capaz de hacernos ser el personaje, sentir como él, ver como él, ser él. Y eso pocos son capaces de conseguirlo

Ya solo por eso, Carlos se habría ganado un lugar privilegiado en el Parnaso, no como dibujante o guionista, antes bien como autor, capaz de competir con cualquiera que se le ponga por delante (y no puedo callarme que es injusto que aun no se le haya concedido el Premio Príncipe de Asturias, por muy republicano que sea). Pero es que su obra es aún más prolífica. Las adaptaciones de cuentos y novelas de Jack London, Stanislaw Lem y otros tienen páginas impresionantes; sus obras de ficción como Sexo y Chapuza o Los Cuentos del Tío Pablo tienen una narrativa visual que será difícil que se repita; y la espectacular España Una Grande y Libre, realizada en parte con guiones de Ivá, es la mejor lectura de la transición que yo he leído jamás. Y me dejo demasiadas cosas en el tintero: Dani Futuro, Gringo, La trilogía de la Crisálida (una plasmación de la crisis social y de valores que estamos viendo en los últimos años), Bandolero, Koolau el Leproso, Cuentos del 2000 y pico la lista es casi eterna. Y, paradójicamente, corta para todo lo que quisiéramos que hiciera.

Por encima de todo, Carlos es un contador de historias. Ahora que está tan de moda eso del StoryTelling (que en realidad es bastante más StorySelling), Giménez nos cuenta sin artificios lo que pasa en la calle, y es capaz de hacernos ser el personaje, sentir como él, ver como él, ser él. Y eso pocos son capaces de conseguirlo.

Y lo más importante, además es uno de los nuestros, aunque sea sin carné. ¿Qué cómo lo sé? Porque me lo ha dicho Zampabollos.

(*) Comité Provincial de Málaga del PCA

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.