Alegato por la modernización de la economía cubana (2)

El hándicap de los cubanos en el extranjero para invertir en Cuba no está ya en la isla, está en el Gobierno de Donald Trump.
Comercio Cuba | Fuente: Tribuna de La Habana
Fuente: Tribuna de La Habana

Hablábamos en el artículo anterior que la estrategia cubana implica una posición racional que permite fraccionar los grandes volúmenes de capital inversionista en un amplio espectro para aumentar el umbral y las posibilidades de inversión.

Al parecer, se tomará muy en cuenta la inversión extranjera directa, con la perspectiva de que el terreno para la colocación de capitales abarque prácticamente toda la estructura productiva y de servicios del país, la ciencia y la biotecnología.

En correspondencia con esa amplitud de posibilidades y de ofertas, el proyecto plantea los ajustes de leyes comerciales y corporativas modernas que echen abajo las barreras que puedan obstaculizar su concreción y avance.

Sin lugar a dudas, el anuncio formulado por el presidente Migual Díaz-Canel Bermúdez el viernes 12 de junio de 2026 es una gran noticia para todos los cubanos en general, incluidos los residentes en el exterior, y en especial los de EE.UU. donde radica la mayor proporción y entre quienes se observa mayor interés de participar en la economía de su país de origen.

Aunque parezca increíble, los cubanos asentados fuera de la isla expresaron su deseo de invertir en Cuba casi al mismo tiempo que los chinos de ultramar y ochos antes que los vietnamitas radicados en Estados Unidos. No obstante, advierto, ello entraña un gran reto.

Fueron esos migrantes los principales inversionistas en el inicio de los respectivos cambios económicos en ambos países asiáticos, es decir, el pequeño motor que ayudó a la arrancada de los mayores, y los resultados no hay ni siquiera que citarlos pues todo el mundo los conoce.

Que Cuba estimule a su diáspora a invertir, por tanto, no es algo novedoso que solo suceda en naciones de base socialista como China y Vietnam, pues algo semejante sucede en México con sus más de 40 millones de connacionales radicados en Estados Unidos, y de Uruguay que tiene la mitad de su población en el exterior, principalmente en Europa, y dentro de esta en Viena, Austria.

El hándicap de los cubanos en el extranjero para concretar esos propósitos no está ya en la isla ni en sus trabas burocráticas que perjudicaron —y no es un secreto— un avance fluido de la inversión extranjera en general. La primera condición para ellos es respetar lo normado, y para el gobierno hacerlas respetar y dejar claro que no hay cambio de rumbo ideológico.

Está en el gobierno de Donald Trump si sobrepone su terquedad e irracionalidad al sentido común, porque una apertura de la naturaleza como la planteada, puede abrir nuevos e importantes cauces a una relación comercial bilateral de nuevo tipo beneficiosa para ambas partes.

Desde 1995 cuando se aprobó la Ley de Inversión Extranjera, a pesar de sus limitaciones y exagerada burocracia gestionaria, legal y jurídicamente la isla está preparada para recibir a los inversionistas estadounidenses y estos, a su vez, son muy favorables a ello y batallan desde hace años dentro de su país para lograrlo.

Como recordara el diplomático cubano José Ramón Cabañas, de larga experiencia en cuanto a las relaciones con EE.UU., las conferencias Nación y Emigración «constituyeron un mensaje trascendente en el que la dirección del país consideró a la mayoría de su emigración como un componente importante de los pasos que estaban por darse, para enfrentar un bloqueo estadounidense ya reforzado con la llamada ley Torricelli (1992) y que después lo fuera aún más por la ley Helms-Burton (1996)».

Tanta importancia concedió Fidel al asunto de captar a los emigrantes que planteó no regularizar esos encuentros. Él dijo, según cita Cabañas: «Habremos cumplido nuestro propósito cuando exista un intercambio permanente entre el país y los emigrados, de manera que no sean necesarios estos encuentros con una agenda determinada.»

Ese momento ha llegado, en particular cuando el propio Trump y su secretario de Estado Marco Rubio, saben perfectamente que se trata de una migración diferente a la original, no ideológica ni política, a pesar de que hayan votado por el trumpismo.

El interés de una buena parte del empresariado estadounidense, que ahora guarda silencio por temor a las sanciones de Trump y las represalias de Rubio, es evidentemente una recuperación económica de Cuba y una relación comercial fluida que les va a dar muchos dividendos por el simple expediente de que el bloqueo ha destrozado a tal punto la estructura de la economía cubana que hay que reconstruirla totalmente.

Cuba no va a interponer trabas, sino simplemente colocar bajo control estricto el proyecto mediante regulaciones naturales como se hace en todas partes del mundo, pero en este caso con el rigor que implica una reconstrucción total que afecta de forma casi absoluta a su estructura. Aclaramos que no así a la superestructura, la cual mantendrá los pilares de su modelo económico socialista, pero ajustados a la nueva realidad.

Esa prerrogativa no puede ser evaluada de negativa, como están tratando de hacer creer algunos ideólogos del trumpismo, ni ser tergiversadas sus intenciones con la afirmación de que la transformación la complejiza por el hecho de que Cuba aún se considera una economía socialista planificada.

Añaden, para confundir, que el Estado será el propietario, por lo cual realizará transacciones con otras economías socialistas de estructura similar, y ello contradice la propuesta global porque las inversiones de capital no provendrán de otros Estados, sino de individuos y empresas de economías capitalistas.

Ese razonamiento tergiversa la intención y la dinámica de la propuesta cubana, la cual es muchísimo más abarcadora de lo que expresan esos expertos, pues la oferta no discrimina, aunque sí es cierto que las inversiones deberán transitar por los carriles que tienda el gobierno, justo como hacen EE.UU. y todos los países del mundo.

Que Cuba plantee que mantiene su modelo socialista, ahora ajustado a la nueva realidad internacional, sin perder la perspectiva de que proyecta el cambio a la luz del economicidio trumpiano, no significa que ello mediatice o condicione el cambio planteado en las 176 propuestas del programa de transformación presentado por el presidente Díaz-Canel.

Tampoco es totalmente cierto que «la Ley de Inversiones Extranjeras parece contemplar que las únicas inversiones que se pueden realizar son aquellas con un capital sustancial en proyectos importantes en sectores determinados por la política gubernamental».

Ya lo hemos explicado más arriba. Esa afirmación la desmiente el gran abanico de propuestas que genera el proyecto, su flexibilidad en los volúmenes de inversión y su mixtura pragmática.

Que el gobierno va a tener sus prioridades para la inversión, pues claro que sí y, además, es muy lógico, pero no altera para nada el plan a largo plazo, sino que, por el contrario, debe ser apreciado positivamente por los inversionistas pues tendrán una mayor garantía para sus inversiones, y canales oficiales seguros para su repatriación de capitales.

Esas prioridades se darán en el terreno del cambio de matriz energética, el transporte colectivo, los laboratorios médico-farmacéuticos, la reindustrialización, la seguridad alimentaria y los servicios, incluidas las comunicaciones, por citar solo unos ejemplos (Continuará).

Ver sinopsis de mis libros, entre ellos Cuba. Contractura y bloqueo.

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