Con “Gi”, la última novela del portugués Alfonso Reis Cabral, me ocurrió algo que pocas y extraordinarias veces suceden. El relato es tan impactante que tenía que dejarlo reposar en la mesita hasta la tarde siguiente, cuando volvía a él, aterrada, triste y conmovida.
Gisberta Salce Júnior murió en febrero de 2006 en un edificio abandonado de Oporto. Trece menores la torturaron durante varios días y la arrojaron, aún viva, a un pozo. Los agresores, de entre 12 y 16 años, procedían de entornos desestructurados y estaban acogidos en un centro de protección. Su víctima era una mujer transexual de 46 años, prostituta, toxicómana y enferma de sida.
Lo primero que ha de destacarse es que el centro de protección fue clausurado a raíz del crimen, puesto que por fin se llevó a cabo una investigación (a todas luces estrepitosamente tardía) que sacó a la luz que los menores no estaban alimentados y que sufrían malos tratos físicos y sexuales. El abandono era tan clamoroso que los niños vagaban por las zonas más descuidadas de la ciudad, acudiendo al colegio solo en contadas ocasiones, y teniendo como única compañía la una de los otros, donde también se daban relaciones de sumisión al considerado más fuerte.

Gi
Alfonso Reis Cabral
Acantilado, 2024
Por otro lado, el asesinato puso de relieve la crudísima situación de las personas como Gi, una mujer hermosa, sensible y tremendamente cariñosa, cuyas condiciones de marginación y exclusión la llevaron a la prostitución y a la heroína, siendo finalmente contagiada de VIH y muy enferma de sida en el momento de los hechos.
La envidia suscitada entre sus compañeras de trabajo por su enorme clientela y la ignorancia respecto a su enfermedad llegaron al punto de expulsarla de su habitación, pese a que era la cuidadora favorita de los hijos de todas ellas.
Gi vivía (¿se puede llamar vivir a este infierno?) en una barraquita miserable en un edificio abandonado, donde la encontrará el protagonista, un niño de solo 12 años que procedía de una familia absolutamente desestructurada, cuyo padre había casi matado a golpes a su madre. En principio, el niño la rechaza por miedo, pero al poco tiempo comienza a ayudarla, a llevarle arroz o cigarrillos, y a escuchar su historia de vida.
Si algo recorre las páginas del relato es la enorme vulnerabilidad de todos sus protagonistas. Pero si en el caso de los torturadores se traduce en el ejercicio de la violencia hacia lo que consideran inferiores, en el caso de Gi se demuestra a través de enormes expresiones de cariño y de ternura. Hasta el último momento.
La gran reflexión viene dada, como siempre, por el hecho de que sociedades enfermas, con enormes niveles de pobreza y de ausencia de comunidad, solo pueden dar a luz a individuos enfermos.
Y que la solución no puede sino pasar por una contundente inversión en nuestros servicios públicos y en el fomento de valores como el respeto a la dignidad de cualquier ser humano. Este es el acuciante desafío por el que debemos seguir batallando, siempre. La alternativa es la barbarie.







