Andrés, me dijiste que no ibas a llegar a la Fiesta, y lo has cumplido. Me lo dijiste la última vez que me llamaste, mostrando esa ilusión desbordante —tan tuya— con el especial de El Mono Azul que tanto te merecías y al que Angélica, cómplice en esta ocasión, tanto cariño y trabajo le dedicó. Queríamos que fuera una sorpresa. Por fin lo tenías en las manos y me llamaste para pedirme unos ejemplares para tus hijos. Me dijiste, entregado, como si fuera una declaración de amor —que sí lo era, a Mundo Obrero— que ahí estabas para lo que te pidiéramos. “Andrés, pues para empezar, que me des un abrazo en la Fiesta”, te pedí. Y fue ahí cuando me dijiste que no llegabas. Y, como si nada, seguimos hablando.
Mi relación contigo arrancó al final de otra Fiesta. Un domingo por la tarde. Angélica desmontaba y embalaba cada cuadro de tu exposición mientras nosotros iniciábamos una entrevista, que no sería la única. La conversación y la risas se prolongaron casi dos horas hasta que ya, sin luz, Angélica acabó de cargar la furgoneta que al día siguiente os devolvería a vuestro querido Monachil. A ese pueblo de Granada fui a saludarte el verano pasado, como te prometí; no habías ido a la Fiesta y, con la excusa de darte un abrazo, fui a disfrutar un rato de ti. Bebiendo la limonada de Angélica hablamos de todo un poco, de la vida y de la difícil coyuntura que se planteaba en la unidad de la izquierda, de cómo seguíais los debates parlamentarios desde casa, de los trabajos en los que andabais liados, las exposiciones agendadas, los proyectos en curso. Al volver del baño me dijiste, ¿te has fijado en el cuadro, no? Enfrente del water tenías colgado el cuadro de la corrida de toros con Franco. Eres genial, Andrés.
En realidad, la relación empezó antes, en otra Fiesta, la de 1917 cuando Ángel Cruz, que tanto y tan bien me habló de ti, puso en mis manos el libro “1917-2017 Desde que Noviembre se llama Octubre.” Ahí estáis Felipe Alcaraz y tú con las etopeyas, que Felipe en aquella ocasión, explicaba que no eran simples caricaturas, porque con esa “mirada de halcón” tuya eras capaz de “retener el ser gestual de un individuo que realmente no aparece nunca individualizado en sus rasgos, sino individualizado en una coyuntura; individualizado desde una posición ética con respecto al momento histórico, de ahí lo de “etopeya”. Felipe escribía las etopeyas, tú las pintabas.

Desde entonces he tenido ese libro en el estante más cercano al escritorio y acudía a él cada vez que en El Mono Azul escribíamos sobre alguno de los elegidos en esas 60 etopeyas, ya fuera Saramago, Neruda, José Antonio Bardem… Y así te teníamos asiduamente en Mundo Obrero. Te pedía permiso y Angélica me enviaba la obra a alta resolución. Aunque ya estaba acostumbrada a tus cuadros, Andrés. Te veía cada vez que llegaba a la sede del Partido y nos saludaba tu Dolores, en la entrada. Ahora, por fin, tenemos tus obras en el Museo de tu pueblo en San Roque. Vale, que te gustaría que estuvieran contextualizadas. Ya daremos la batalla, danos tiempo. Pero ahí las tenemos, de nuevo gracias, entre otras a Angélica.
Andrés, sé que tu relación con Mundo Obrero viene de muy lejos. Yo me limito a hablar de lo que este periódico me ha permitido compartir contigo en los últimos años.
Hoy me falta el libro de las etopeyas. Está de mudanza, como tú. Pronto volverá a un nuevo estante, cuando lo monte, y tus etopeyas continuarán en Mundo Obrero.
Buscaré en la Fiesta el lugar idóneo desde el que darte ese abrazo pendiente y lo haré recordando esa sonrisa sabia, subversiva, pícara, cariñosa que nos has dejado.







