Morata y Mbappé

La derechona siempre tuvo en la antipolítica un arma para embelesar a las gentes de orden y a los incautos. La antipolítica, más peligrosa que el fentalino, es tendencia…
Morata entona el “Gribaltar español” durante la celebración del triunfo de la Eurocopa 2024
Morata entona el “Gribaltar español” durante la celebración del triunfo de la Eurocopa 2024

«No es historia con mayúsculas lo de esta columna, pero sí es la realidad de nuestro tiempo», así arranca Mariano Ajenjo su columna en Mundo Obrero para hablar de un fenómeno enormemente extendido entre la clase trabajadora y la sociedad en general: la antipolítica.

“Este país va como va por culpa de ‘Paquito el chocolatero’“
(Rafa, un amigo)

No es historia con mayúsculas lo de esta columna, pero sí es la realidad de nuestro tiempo y a la velocidad en que se suceden las cosas, lo que vemos es que ya nada se nos aparece más antiguo que aquello con lo que abría el periódico de ayer. Cierto que hay monotemas con los que se alimenta nuestra cotidianidad, pero generalmente se nos ofrecen en pequeñas dosis de letra pequeña, hasta que de pronto se nos cae una venda y es entonces cuando podemos ver lo que hay. Un ejemplo es eso que podemos denominar como la antipolítica, una cosita en principio muy tonta, muy simple, pero ¡ojo con las simplezas de nuestro tiempo!, algunas son más peligrosas que el fentanilo o la quinoa. La antipolítica es tendencia…

La derechona siempre tuvo en la antipolítica un arma para embelesar a las gentes de orden y a los incautos, así Franco (¡ojo ahí!) cuando en un Consejo de Ministros se peleaban los del OPUS con los falangistas, es un ejemplo, ponía orden con aquel alegato entre cínico y chiripitiflautico: “señores, por favor, hagan lo que yo y no se metan en política”. Andando el tiempo, con la Transición en el espejo retrovisor, llegaron surfeando sobre la antipolítica los de UPiD y, rebautizada la pandilla a fuer de mucho bótox, los de Ciudadanos. La paradoja es que en ambos casos, estos adalides fueron borrados del mapa por la política, como en el chiste del borracho que huye por el campo de los dos toros bravos que él veía, hasta que entendiéndose salvado por la cercanía de un árbol que igualmente percibía doble, ¡mala suerte!, al final quiso subir al árbol que no era, pero le cogió el morlaco que sí era…

Recientemente hemos tenido sonados ejemplos de este asunto. En el contexto de las pasadas elecciones legislativas francesas, el futbolista  Kylian Mbappé hizo un llamamiento ante la situación de amenaza que supone tener a la ultraderechista Agrupación Nacional “en la puerta del poder”, por lo que la mediática figura entendía que los comicios se presentaban como una “oportunidad de dar forma al futuro de nuestro país”. No se dejó nada en el tintero, no le pillaron los periodistas deportivos (¡telita con el sector!) en una “rajada”bobalicona, nada de eso, Mbappé fue de frente y dijo exactamente lo que quería decir: “Somos una generación que puede marcar la diferencia, tenemos la oportunidad de dar forma al futuro de nuestro país”. Es más, el futbolista en una nueva comparecencia insistió: “No podemos dejar el país en manos de esa gente, esperemos que se vote al lado bueno”.

¡Y se armó, claro! El portero español Unai Simón requerido en rueda de prensa ante ese tema, respondió aculándose donde le habían dicho que corría menos el aire: “Soy futbolista y los temas políticos hay que dejárselos a otros. Tenemos tendencia a opinar demasiado sobre ciertos temas cuando no sé si deberíamos”. Al final es un tema político”, echó balones fuera el guardameta. ¡Con un par, ciudadano Unai Simón, con un par! Pero la cuestión fundamental es, ¿tienes algo qué decir que no sea pedir la hora?, y después, el hecho de que tú no quieras decir nada al respecto no te autoriza a dudar siquiera del derecho de aquellos que sí tienen cosas que decir y que sí tienen el valor de decirlo.

Al final, tras el éxito de la Eurocopa y el subidón de la “chavalada”, se les calentó la boca a algunos quizá estimulados por el vapor de unas copitas de cava (pensemos que no fuera catalán) y se arrancaron con lo del “¡Gibraltar español!”, no como alegato político (¡en absoluto!) sino como forma de animar al respetable. Y sí, ya sabemos que en esos momentos de celebración y éxtasis el capitán Morata (un consumado geoestratega) podría haber entonado el Asturias patria querida o La Farola del Mar, pero no, estando en Madrid y considerando que jugaba en casa prefirió, armando coro con algún otro, echarse al monte y emular la hazaña de Ortega Smith, quien se llevó una piedra del peñón como forma de salvaguardar las esencias patrias y denunciar la invasión de la colonia británica del territorio español.

A los postres llegaría el gesto esquinero de Carvajal al presidente Sánchez, es posible que el jugador llegase a pensar que hacerle un feo a “Peggo Xanxe” era la forma más adecuada para que nadie confundiese la buena educación con la política, ¡a saber qué nos quiso decir!