Responsable de Estrategia y Formación de IU y autor de «El capitalismo no existe» (Trea, 2024)

Juan Ponte: «Las izquierdas no pueden seguir abusando de la categoría ‘neoliberalismo’ para agrupar todos los males»

El filósofo asturiano desmontó muchos de los mitos sobre lo que entendemos por capitalismo
Filósofo asturiano Juan Ponte

Entrevista a Juan Ponte, responsable de Estrategia y Formación de IU y autor de «El capitalismo no existe» (Trea, 2024). El filósofo asturiano desmontó muchos de los mitos sobre lo que entendemos por capitalismo.

Quienes luchan por derribar el capitalismo y construir un sistema alternativo dedican poco tiempo a leer a los autores que legitiman al propio sistema capitalista. Este es el ejercicio que ha realizado con gran profundidad analítica Juan Ponte (Mieres, 1983), filósofo de profesión, militante del PCE, actualmente volcado en una intensa actividad política en Izquierda Unida (donde es el responsable federal de Estrategia, Batalla Cultural y Formación) y en la Dirección General de Agenda 2030 en el Gobierno de Asturias.

Conocido también por su exitosa gestión municipalista cuando fue concejal de cultura en el Ayuntamiento de Mieres, junto al alcalde Aníbal Vázquez, Ponte se ha arremangado para desmontar la cultura del capitalismo desde sus fundamentos.

VÍCTOR RELOBA: Buenos días, Juan. Quería empezar preguntándote por el propio título del libro, que puede sorprender a la militancia del PCE. ¿Por qué afirmas que el capitalismo, lo que entendemos habitualmente por capitalismo, no existe?

JUAN PONTE: El capitalismo no existe si por tal nos referimos a la existencia de mercados como instituciones flotantes e independientes de los Estados. Esto es imposible: los Estados son el útero del que se alimentan los mercados, su fuente nutricia. La reproducción del capital no es posible al margen de los marcos estatales, de los mecanismos de distribución de recursos del sistema-mundo. Hablar de “libre mercado” es como presuponer la existencia de un motor que, una vez puesto en marcha, pudiera subsistir sin fuentes de energía externa. Pero esto no es factible, porque el perpetuum mobile contradice las leyes de la termodinámica. Es como freír nieve.

V.R.: Desde el punto de vista lógico, sería imposible ese “mercado libre” respecto al Estado. Pero también defiendes esta evidencia desde el punto de vista histórico.

J.P.: La noción de libre mercado resulta eufónica, agradable, suena bien, pero lo cierto es que nace —por decirlo parafraseando a Marx—, “chorreando sangre y lodo”. Concretamente, nace como una justificación del tráfico atlántico de esclavos. En el libro explico cómo la apelación capitalista al “libre comercio” no surgirá históricamente frente a los Estados, sino contra las compañías estatutarias por acciones que, durante los siglos XVII y XVIII, hegemonizaban dicho tráfico. Lo que se buscaba era que las nuevas empresas privadas se hicieran con su control, aliándose a su vez con vastos complejos estatales.

Además, la existencia de mercados supone la polarización entre quienes deben vender su fuerza de trabajo para sobrevivir y quienes ya son propietarios de dinero y medios de producción. Es la dominación de clase, y no la libertad, la que permite asegurar la aparición de los trabajadores en el mercado como vendedores de fuerza de trabajo. Más claro si cabe: el mercado capitalista es una forma de dominación que subyuga y disciplina a la clase trabajadora. Entonces, como diría Karl Polanyi, lo que un capitalista entiende por libertad es “hacer sudar a los semejantes para obtener ganancias extraordinarias sin un servicio proporcional a la comunidad”. De hecho, Percy Barnevik, ex-CEO del grupo industrial ABB, define sin tapujos la libertad de empresa como “la libertad de invertir cuando y donde las empresas quieran, producir lo que quieran y comprar y vender sin restricciones laborales”. Por si no quedaba suficientemente claro.

Y, muy importante, en lo que también hay que reparar es en el hecho de que las empresas privadas, en tanto que actores esenciales en el mercado de bienes y servicios, tampoco son en su “interior” espacios libres de acuerdo entre iguales, sino redes de autoridad y mando. En corto: las empresas son espacios de antimercado, cuya función es evitar costes de negociación.

V.R.: También explicas que, desde su génesis, esa idea de libre mercado es contraria al ecologismo.

J.P.: Así es. Para el surgimiento y consolidación de los mercados capitalistas fue y es necesaria la expropiación colonial de tierras, trabajos y otros recursos de manera absolutamente violenta y coactiva, muy lejos del establecimiento de un contrato social basado en voluntades libres e individuales. Es muy importante tener en cuenta que, desde una lectura correcta de Marx, la “acumulación originaria” no es una fase primitiva ya superada, sino que es una forma de acumulación siempre activa, como aprecia David Harvey. El capitalismo exige la privatización de tierras, el cercamiento de comunes y la expulsión de poblaciones. No hay trabajo asalariado sin trabajo forzado. Así como el modelo productivo capitalista es inseparable de la depredación ecológica de nuestro planeta, desde luego. La destrucción del medio ambiente está integrada en su núcleo. La dinámica de acumulación de capital es autoexpansiva, lo que supone la depredación de los recursos naturales a un ritmo variable pero ilimitado. Y se da la circunstancia de que la expansión económica indefinida es imposible dentro de una biosfera finita. Saquen conclusiones…

En este sentido, el llamado “crecimiento económico” va ligado a la acumulación y concentración de capital en muy pocas manos. De acuerdo con Peter Gowan, los capitalistas privados no quieren el crecimiento como tal, sino el crecimiento del capital y de su seguridad, el control sobre la producción existente en cada sector correspondiente. Por eso, en un mundo capitalista, el crecimiento es todo lo contrario a la prosperidad o la abundancia.

V.R.: Volviendo a la idea imposible de “mercado libre”, explicas en el libro que el mercado siempre necesita del Estado y está configurado por él.

J.P.: Absolutamente. El capitalismo necesita infraestructuras (líneas ferroviarias, autopistas, aeropuertos, etcétera) que construyen los Estados, sin perjuicio de que posteriormente se pretendan privatizar (por ejemplo, Larry Fink, jefe de BlackRock, apuesta por la construcción de puentes, carreteras o redes de seguridad de Internet a través de propietarios privados, buscando rentabilidad en el establecimiento de peajes, cobro por servicios prestados, etcétera). En cualquier caso, no es cierto que las empresas capitalistas quieran privatizarlo todo. Más bien, necesitan ahorrar gastos y transferir costes al Estado para aumentar beneficios, no quedar atrás y ser aún más competitivas respecto a terceras empresas.

Por otro lado, sólo el monopolio estatal de la violencia puede garantizar el régimen de propiedad privada, siguiendo la definición canónica del sociólogo Max Weber. Así, el capitalismo no es la consecuencia del crecimiento pacífico y armónico de los mercados sino, más bien al contrario, del enfrentamiento existente entre ellos, por mediación de los Estados. En este sentido, las guerras cumplen una función central para la obtención de materias primas necesarias en los procesos de producción de las que no se dispone en los mercados internos: cobre, bauxita, coltán, petróleo, etcétera. Sin esta perspectiva no se pueden entender las sanciones e intentos de golpe de Estado en Venezuela por parte de EE.UU., el genocidio perpetrado en Gaza llevado a cabo por el Estado de Israel, etcétera. Las guerras las hacen los Estados, a los que les conviene servir a los capitales más importantes ya que cuanto mejor estén situados estos capitales en el mercado internacional, más fuerza tendrán tales Estados (téngase en cuenta que la mayor parte de las decisiones que toman las grandes empresas lo hacen en sus respectivas matrices, esto es, en el país de origen de las mismas).

Asimismo, los Estados protegen a sus empresas frente al capital extranjero mediante aranceles y otras diversas coacciones comerciales. Es sabido que Peter Thiel recomendó a Trump prohibir en Estados Unidos al gigante tecnológico chino Huawei; el magnate Elon Musk ha demandado enérgicamente el establecimiento de barreras comerciales para que la automovilística china no domine el mercado estadounidense, etcétera.

Además, para que haya circulación de capital tiene que haber oferta monetaria. Y las monedas las acuñan los Estados, sin perjuicio de que se transnacionalicen (como es el caso del euro). Las relaciones financieras y monetarias siempre son políticas, muy a pesar de autores como Hayek. Como botón de muestra: el “señoreaje” del dólar implica grandes ventajas para el sistema financiero estadounidense: EE.UU. no necesita adquirir fondos de dinero para pagar bienes y servicios procedentes del exterior: sencillamente imprime los dólares en casa. Y, sin duda, la moneda es un símbolo de soberanía nacional.

Igualmente, conviene destacar que detrás de la mayoría de las innovaciones sociales y tecnológicas, sobremanera las más arriesgadas y “disruptivas”, siempre está el Estado. Internet, las pantallas táctiles o Siri sólo pudieron desarrollarse a través de programas de financiación gubernamentales. Los inventos históricos más cruciales se originan en laboratorios estatales o están subvencionados con dinero público; no nacen en el garaje de un emprendedor heroico.

Por último, digamos que la propiedad privada sólo es factible en virtud de la existencia de sistemas jurídicos de rango estatal (y postestatal) que definan las obligaciones y derechos contractuales. Como apunta por ejemplo con Nancy Fraser, el capitalismo es inconcebible sin un marco jurídico que dé soporte a la empresa privada y al intercambio de mercado. Y es que, en rigor, todo Estado es Estado de Derecho. El Estado posee la condición constituyente de toda norma; secrega legitimidad, regula aquello que es considerado como lo “normal”.

V.R.: Es uno de los mitos que desmontas en el libro: el capitalismo no defiende la propiedad privada.

J.P.: Al contrario. Como decía Lenin de manera muy elocuente, el capitalismo es enemigo de la propiedad privada porque priva de propiedad a la mayoría. Adam Smith sostenía que mientras no haya propiedad privada no puede haber gobierno, al ser su verdadero fin asegurar la riqueza. En el libro le doy la vuelta a esto: mientras no haya gobierno —y por tanto, Estado—, no puede haber propiedad reconocida como tal, fundada de iure, que haga valer el derecho a la misma. Por consiguiente, la propiedad privada no es un derecho natural. Concretamente, defender que la propiedad privada es un derecho natural es la manera ideológica que tienen las clases privilegiadas de justificar sus propiedades como tales propiedades suyas, haciendo abstracción de que la riqueza es generada por las clases trabajadoras, mediante la explotación de su fuerza de trabajo. Lo que viene a expresar Marx es que, en el capitalismo, el derecho de propiedad que según Hegel define a cada persona (la posibilidad de disfrutar de bienes, de la riqueza social —dicho brevemente—) está vedado para la mayor parte de la población (exactamente para quienes producen tales bienes y servicios en forma de mercancías). Que es tanto como decir que, en el capitalismo, ¡la mayor parte de las personas no se pueden realizar “plenamente” como personas! Obviamente, no es lo mismo poseer determinados bienes para satisfacer necesidades que poseer propiedades para obtener mano de obra, rentas y más y más dinero. Por eso, la crítica marxista no ataca tanto la propiedad privada, en abstracto, cuanto la propiedad “privativa y exclusiva”.

V.R.: Otro mito que discutes es ese de que el capitalismo se basa en la “competencia”.

J.P.: En realidad lo que ocurre es que la competitividad empresarial refuerza el apuntalamiento de monopolios, oligopolios y holdings. Por ejemplo, Blackrock, la mayor gestora de activos del planeta, es la máxima accionista de BBVA, Banco Sabadell, Banco Santander, una de las principales en Repsol, Iberdrola, etcétera. ¿Quién está percibiendo el grueso de los fondos Next Generation? ¿Dónde carajo está el “libre mercado”, la “libre competencia”? Brillan por su ausencia.

Pero es que además los ideólogos capitalistas no se cortan. En el libro ofrezco varios ejemplos de ello. Peter Thiel, CEO de Silicon Valley y fundador de PayPal, afirma literalmente que “libre mercado” y democracia son incompatibles y que “la competencia es para perdedores”. Scott Galloway, profesor de negocios en la Universidad de Nueva York, dice abiertamente: “Nosotros hemos decidido que el capitalismo significa ser amoroso y empático con las corporaciones, y darwinista y duro con las personas”. Anuja Sonalker, CEO de Steer Tech, sentencia: “Necesitamos ver dolor en la economía. Necesitamos recordar a la gente que trabaja para el empleador”.

En definitiva, los capitalistas están a favor de la libre concurrencia, siempre y cuando no sea ni libre, ni concurrente, ni competitiva. Para los nuevos teóricos del capitalismo ya no es que la democracia sea contraproducente cuando regula las grandes propiedades privadas, como opinaban von Mises o Hayek, sino que directamente sobra. No es que la competencia no sea todo lo perfecta que sería deseable, según un Milton Friedman, sino que es un cuento para pardillos, y el supuesto orden espontáneo del mercado exige ejercitar la crueldad más impúdica. El neoliberalismo ha dejado paso a la necroteología del mercado, según argumento en el libro.

Uno de los méritos de tu libro es que acudes a la fuente primaria de los pensadores liberales y neoliberales para desvelar su pensamiento, mostrando que los propios neoliberales quieren usar el Estado.

La crisis del Estado de Bienestar en la década de los 80 y las políticas de Thatcher y Reagan no condujeron al adelgazamiento del Estado sino a un Estado fuerte interventor: fuerte con los débiles (mediante el pillaje de la reserva mundial de recursos energéticos, explotando fuerza de trabajo, oprimiendo minorías, etcétera) y débil con los fuertes (privilegios fiscales, privatización de servicios, etcétera). Los neoliberales defienden el Estado si no pone trabas a la privatización de dinero, tierra y trabajo y distribuye hacia arriba rentas y riqueza; cuando se convierte en un coto cerrado para la defensa de los intereses de las grandes corporaciones. En cambio, cuando desde el Estado se persigue distribuir equitativamente la riqueza y se pretende avanzar en derechos sociales, laborales y civiles, el Estado estorba, perturba el “orden espontáneo” del mercado.

Así, por poner un sólo ejemplo, la Asociación Nacional de Fabricantes (NAM) se opuso en las décadas de los 20 y 30 a la eliminación del trabajo infantil en los Estados Unidos aduciendo que era un intento del gobierno federal para controlar el trabajo y la educación de los menores de dieciocho años. En general, todo lo que suponga un avance democrático (entendida la democracia como igual libertad y poder popular) es mistificado por neoliberales, ordoliberales y paleolibertarios como un abuso de poder (lo que Hayek llamaría “democracia ilimitada”).

Es cierto que los paleolibertarios, en su particular delirio, quieren regresar a un modelo de ciudades-estado propio de la Edad Media. De cualquier modo, en lo que todos estos autores están de acuerdo es en su rechazo de la democracia. En este punto son coherentes: si, como creen, la sociedad se autorregula a través del orden espontáneo que genera el mercado, entonces la democracia es algo superfluo, innecesario. Lo que ocurre es que cada vez son más explícitos en ese rechazo.

V.R.: ¿Y qué predomina ahora?

J.P.: Tengo la sensación, y así lo intento razonar en el libro, de que hoy un sentimiento de demolición recorre como un calambre hasta el último de los rincones del planeta. En el neoliberalismo la influencia de Spencer, del mal llamado “darwinismo social”, ya era muy evidente: la idea de que “sólo sobreviven los más aptos”, de que “los desgraciados deben experimentar las consecuencias de sus propias culpas”, de que a los que les va mal en la vida es porque se lo merecen, porque son inferiores. Lo que conlleva, por tanto, la erradicación de toda política pública de derechos sociales, laborales, de igualdad, etcétera, y confiar fundamentalmente en el mercado. Un mercado que ya no es entendido como un espacio idílico —como pudiera serlo para los liberales clásicos— sino un lugar para el combate más despiadado, en el que si quieres promocionar has de ser cruel. Más allá del Estado, la única manera de triunfar en la sociedad pasa entonces por la competencia individual en la lucha por la vida; gracias, eso sí, a la ayuda de influencers y fitness coaches, como Amadeo Llados.

Si nos tomamos la molestia de leer el ultraconservador Proyecto 2025, que J.D. Vance elogia y Donald Trump suscribe, o las últimas publicaciones de Peter Thiel, observaremos cómo se parte de la premisa de que “las masas” son inferiores y de que hay que restablecer “la jerarquía natural”. Así, literalmente. Están en contra de la democracia, de las políticas sociales, del sufragio universal, del aborto, de las críticas al racismo en los centros educativos, de la protección climática… y están a favor de los recortes fiscales para las grandes rentas, de mayores impuestos a los inmigrantes y de levantar nuevas barreras con México.

Mi hipótesis es que el statu quo y las derechas ya son perfectamente conscientes de las graves consecuencias de la crisis energética, climática y alimentaria del presente. Por eso lo que buscan, sin poner en ningún caso en tela de juicio las políticas neoliberales de desregulación financiera y liberal de las últimas cuatro décadas, es ofrecer una “ventaja competitiva” a los nativos, a los blancos, frente a las “razas inferiores”. Dicho de una manera más impactante: la segregación “racial” es el “decrecentismo” de los ricos.

V.R.: ¿Podemos hablar entonces de fascismo, de postfascismo, de posmofascismo?

J.P.: Estas nuevas derechas populistas comparten con el fascismo clásico el anhelo de regresar a una comunidad étnica perdida, el nativismo y su creencia en el hiperliderazgo, pero a diferencia del movimiento fascista de entreguerras —como ha estudiado Enzo Traverso—, el renacimiento nacional no se concibe como una suspensión del sistema parlamentario. Con Mikkel Bolt se puede hablar también, hasta cierto punto, de fascismo preventivo, en el sentido de que trata de proteger los intereses de los nativos blancos frente a los “musulmanes terroristas”, las “feministas histéricas”, las “personas trans enfermas”, etcétera. Un fascismo, por lo demás, más pop que clásico: Trump no es caracterizado como un Dios que desciende del cielo, a la manera en que Leni Riefenstahl representaba a Hitler, sino como un tipo que lleva una gorra de béisbol y luce una corbata digna de un Luis Aguilé bailando “La Chatunga”. En cualquier caso, las izquierdas no pueden seguir abusando de la categoría “neoliberalismo” para agrupar todos los males. Estamos ya en otra fase, se entere o no la izquierda.

V.R.: El libro lo subtitulas “Necroteología del mercado”… ¿en qué situación estamos ahora?

J.P.: Una en la que buena parte de la población ya ni siquiera es relegada a formar parte lo que Marx llamaba “ejército industrial de reserva”, un conjunto de desempleados permanente, sino que es tratada como una colección de desechos, de residuos, de detritus. Vidas que carecen de todo valor y que por tanto pueden ser en todo momento eliminadas. Ningún ser humano, a excepción de un puñado de ricos, es inmune a la desechabilidad. Nos enfrentamos a la creación de mundos de la muerte, al sometimiento de poblaciones enteras a la condición de muertos- vivientes. El filósofo camerunés Mbembe lo denominó “necropolítica” y yo lo categorizo como “necroteología del mercado” para subrayar su conexión con el mito del “libre mercado”, porque si no es imposible entender el fenómeno, a mi juicio.

V.R.: ¿Qué hacer?

J.P.: Nos enfrentamos a una neorreación o “ilustración oscura” que alimenta bulos sobre chemtrails, geoingeniería del mal y destrucción de presas. Lo estamos viendo con el trágico paso de la DANA por la Comunidad Valenciana y otras partes de España. Ante esto, no basta con “hacer pedagogía”. Hay que ofrecer toda una alternativa política y de forma de vida que sea planificada, compartida, razonada y deseable por y para las clases populares, como diría Yayo Herrero. Fortalecer los servicios públicos y la organización colectiva, defender los derechos laborales y civiles, enfrentar la crisis climática, combatir la mercantilización de la vida. Lo que no se puede hacer, por supuesto, es no comparecer, no dar la “batalla cultural”, porque lo pagaremos muy caro.

Frente a la frustración generalizada, la rabia, el miedo y el resentimiento, a la percepción de que uno sobra, la “izquierda” tiene que demostrar que la vida (tu vida, nuestra vida) vale, que merece la pena, que cuenta, que puede ser llorable, que puede ser alegre y combativa. Lo que necesitamos —y hago mías las palabras de Fredric Jameson— es “un gran proyecto colectivo en el cual participe una mayoría activa de la población, como algo que le pertenece y que se construye por sus propias energías”.

V.R.: Gracias Juan. Una sola agenda, un único proyecto, muchos frentes interconectados. También otra forma de vida.

J.P.: Eso es lo que debemos impulsar. Gracias por la entrevista, Víctor. Y gracias a Mundo Obrero por el interés por el libro.

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