Es frecuente recordar dónde estaba cada cual el 20 de noviembre de 1975. Es como un ejercicio entretenido de un recuerdo de juventud. Para los que no lo vivieron es como endulzar la historia. Sus retoños de VOX ese día pasearán sus momias.
Ese “Franco ha muerto”, pronunciado por un lacrimoso y decrépito Arias Navarro, suscitó la alegría en España frente a una dictadura que se desmoronaba. Pero el franquismo estaba vivo y no hacía aún dos meses que había dictado sus cinco últimos fusilamientos: En Hoyo de Manzanares, José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, en Barcelona, Juan Paredes Manot (Txiki) y en Burgos, Ángel Otaegui. En Carabanchel muchos presos políticos, entre ellos Marcelino Camacho, hicieron de nuevo una huelga de hambre, por acabar con la pena de muerte.
Pero ese día en que a Franco le desconectaron y murió en la cama, en las cárceles se mezclaban los sentimientos de alegría con los temores a la reacción fascista. Hoy se recuerda más esa alegría pero es hora también de recordar la incertidumbre en los presos y sus familias que eran la diana de falangistas y grupos parapoliciales. En las cárceles, los presos eran conscientes de que en aquella situación corrían enormes riesgos.
En Carabanchel hicieron una carta a la dirección de la cárcel por la incertidumbre que habían creado algunos funcionarios de corte fascista desde que Franco fuera condenado por una enfermedad irreversible. Es saludable leerla.
En aquellos días Josefina Samper se encontraba de nuevo, con el marido preso y el hijo en los calabozos del cuartel del Regimiento Acorazado “Pavia 4”, en Aranjuez.
Ese fue mi caso. Aquella noche el capitán Grijalba, mi capitán, al mando del cuartel por guardia de día, visitó a los soldados con antecedentes policiales por sus acciones políticas, a los que desde hacía unos días nos tenía encerrados en los calabozos. El motivo real no era otro que el temor a una reacción social. La tropa permanecía acuartelada desde hacia varios meses y había mucho nerviosismo entre los mandos.
En un estado de embriaguez, aquel capitán y mal soldado, amenazó de muerte a sus presos y les exigió se aprendieran de memoria el testamento de Franco. Nos dio un texto y hablando entre nosotros decidimos aprenderlo porque aquellas amenazas podían acabar mal.
Sobre las tres de la madrugada volvió y nos sacó a paso ligero por el patio para que no nos durmiéramos. Obligó a dos soldados del cuerpo de guardia a vigilarnos con su CETME cargado. Bajo las acacias, dando vueltas, Grijalba disparó con su pistola que llevaba en la mano gritando “cazo pajaritos”, estuvimos como 15 minutos, después llegó un alférez y nos llevó de nuevo al calabozo. El ruido del disparo no se parece al de las películas, en aquel patio sonaba seco, compacto, sin graves ni agudos.
El país se debatió entre la represión y una tolerancia aparente. El miedo no permitió muchas reacciones inmediatas. Fue poco a poco. Tras pasar los primeros peligros, las calles se fueron ocupando. El indulto del Rey a los presos políticos nos hizo sentirnos más seguros. En mi caso mi padre tras salir de la cárcel, el 1 de diciembre, fue a visitarme al cuartel al día siguiente, yo aún en el calabozo. Fue el primer abrazo tras la detención de los del 1001 en junio de 1972.
Circunstancias similares sucedieron con otros muchos presos y familiares. Franco murió pero nos dejó el miedo que durante tantos años había sembrado en este país y que aún hoy se percibe en muchas instituciones en las que han sobrevivido los franquistas o sus herederos.
Quede aquí este testimonio para que cuando en los próximos días se hable de la muerte del dictador, se piense también en cómo lo vivieron los presos y sus familias. Si difundimos, los jóvenes de hoy sabrán que Franco fue un dictador asesino.
Los presos despedían así su carta: ¡Franco ha muerto. Viva la Democracia y la Libertad!


Por la Amnistía y la Libertad de los presos políticos
En el momento de conocer la noticia del fallecimiento del Jefe del Estado, los presos políticos de Carabanchel abajo firmantes queremos hacer llegar nuestra voz a la opinión pública nacional e internacional.
Para todos está claro cuál era la personalidad política del desaparecido; es la de aquel que ha presidido 40 años de dictadura fascista, durante los cuales han estado secuestrados y conculcadas todas las libertades y derechos fundamentales de la persona en los pueblos del Estado español. Hasta el momento de su muerte se ha seguido fusilando en los campos de tiro y torturando en las comisarías; las cárceles están llenas de presos políticos, los procesados se cuentan por millares, los despedidos y represaliados en todas las esferas sociales, por decenas de miles. Obreros y estudiantes, campesinos e intelectuales, sacerdotes y militares, mujeres y hombres de nuestro pueblo siguen padeciendo las consecuencias de la represión como secuela de una guerra civil que es historia pero que no se ha querido zanjar y como pago de su lucha constante por la libertad. El país, por el contrario, exige de forma clamorosa, como sustento de su propia supervivencia, la reconciliación y el restablecimiento inmediato y pleno de la democracia. Este nuevo régimen de convivencia únicamente se implantará por el esfuerzo mancomunado y unitario de todas las fuerzas políticas partidarias de esa democracia y de aquellas libertades a lo largo y a lo ancho de la geografía de los pueblos del Estado.
Para dentro de unos días se anuncia la instauración de la monarquía enla persona de Juan Carlos. Los trabajadores, el pueblo, por triste experiencia ya saben lo que pueden esperar de una monarquía borbónica del “18 de julio”: el continuismo franquista. El breve periodo de interinidad en la jefatura del Estado ha sido elocuente: una represión acentuada y ni un solo movimiento inmediato.
No obstante, se cree en algunos sectores sociales cierta expectativa, el franquismo ha sido tan negro, que cualquier cosa que venga puede parecer mejor. A ellos queremos decirles que las intenciones reales del nuevo Jefe del Estado se pondrán de manifiesto si se promulga inmediatamente o se elude una Amnistía General sin exclusiones de ningún tipo.
Como presos políticos, convencidos de antemano de que el juancarlismo no resolverá ninguno de los problemas graves del país, creemos que las decisiones que puedan sumarse en un próximo futuro sobre nuestra suerte van a depender de la inmediata y poderosa lucha de nuestros pueblos por abrir de una vez las puertas de las cárceles y conseguir la vuelta de los exiliados.
En estos momentos, el problema de nuestra seguridad es perentorio. No podemos descartar cualquier tipo de provocación ultra para asaltar las cárceles. Las recientes experiencias de agresión en la calle e intentos en la cárcel avalan nuestra preocupación.
Hoy, a Juan Carlos no se le puede dar ni la más mínima tregua; la Amnistía y la seguridad de los presos, en tanto no se consiga aquella, ha de ser una exigencia general. Por ello, los presos políticos nos dirigimos en estas horas decisivas a la clase obrera, a los pueblos del Estado español, a todos los demócratas de dentro y fuera de nuestras fronteras, a exigir la inmediata libertad de los presos políticos sin exclusión de ningún tipo y el retorno de los exiliados.
Franco ha muerto. ¡VIVA LA DEMOCRACIA Y LA LIBERTAD!
Carabanchel, 20 de noviembre de 1975
Firman: Miguel A. Aquadez Marco
Koldo Balaazategti Bernas
Marcelino Camacho Abad
Rafael Cascante Fernández
Víctor Casquet Martínez
Josu Cepeda Olalla
Arturo García de la Vieja
Guillermo García Lacunza.
Paulino de la Mota Becerra
Antonio Melendro Jurado
Juan A. Mendieta González
León Mora Valle
Juan M. Muñiz Zapico
Manuel Otaño Martínez
Antonio Pajares López
Rafael Pillado Lista
Francisco Romero Marín
Alberto J. Romera Rubio
Nicolás Sartorius Álvarez
Gotzou Zorrilla Carreaga
NOTA: En opinión de Marcel Camacho, la caligrafía del documento corresponde a Paulino de la Mota, quien compartía celda con Marcelino.







