Propietarismo e igualdad
La teoría de la propiedad de Locke fue concebida como una justificación de la apropiación capitalista ilimitada o, de modo semejante, como una justificación de derechos de propiedad irrestricta (sin límites) incompatibles con cualquier forma pautada de redistribución.
Max Weber aportó la comprensión del mundo occidental moderno, explica el surgimiento de un nuevo estilo de vida metódico y por ende, de un nuevo orden económico, la idiosincrasia del capitalismo moderno, el nexo decisivo entre la Reforma protestante y el desarrollo del “espíritu capitalista”, una mentalidad que aspiraba a obtener un lucro relacionando que las personas podrían sentirse seguras de ser receptoras de la gracia divina. Mientras que en Alemania, Lutero impulsaba cultivar el sentimiento místico, en Ginebra Jean Calvin promovía el ascetismo y la laboriosidad al mismo tiempo que mandaba a la hoguera a Miguel Servet.
Sobre la propiedad privada, Marx en una reseña sobre Bruno Bauer titulada “Sobre la cuestión judía” (1844) define: “El derecho de la propiedad privada es, entonces, el derecho del hombre a disfrutar y disponer de su patrimonio arbitrariamente (a su voluntad, à son gré), sin atender a los demás hombres, independientemente de la sociedad; es el derecho del egoísmo. (…) Ninguno de los llamados derechos del hombre, por tanto, va más allá del hombre egoísta, del hombre tal como es, miembro de la sociedad civil, es decir, del individuo replegado en sí mismo, en su interés privado y en su arbitrariedad privada, y disociado de la comunidad”.
Locke es el teórico de la apropiación ilimitada, Marx en 1861 había caracterizado la teoría de Locke como “la clásica expresión del concepto burgués del derecho”, señalando que “mayormente su filosofía sirvió como base para todas las ideas subsiguientes de la economía política inglesa”. En la relación de Locke con el capitalismo, se destaca su individualismo en su teoría del gobierno limitado, era, en lo esencial, la defensa de un derecho de propiedad “irrestricto”, la interpretación de Locke le coloca como piedra angular de una tradición no igualitarista.
Como señala Juliana Udi, el “propietarismo«, coloca a los derechos de propiedad como piedra de toque y arquetipo de todos los otros derechos, la propiedad no está al servicio de la preservación de la vida. Muy por el contrario, incluso la vida se subordina a la propiedad. De hecho, la vida misma es concebida muchas veces bajo el paradigma de la propiedad: se la entiende como algo que un individuo «posee», que le puede ser «arrebatado» y que merece «protección».
El capitalismo moderno se identifica con el deseo de ganancia, pero con “un deseo de ganancia continua y racional, ganancia siempre renovada”, y no controlada por otros factores externos, sino por su propia lógica de ganancia renovada. Según Weber[1], el capitalismo es una estilo de vida y un sistema de economía política, en cuanto tal incluye la organización social, los Estados y las leyes: la «orientación por las probabilidades de rentabilidad ofrecidas por las explotaciones que de un modo continuo y con cálculo de capital se dedican a la producción de bienes».
Puritanos y empresarios
La teología puritana toma de Calvino los principios base de su doctrina, a saber: de un lado, la consideración de la biblia como fuente originaria de derecho que regula tanto lo religioso como lo social y que, además, debe ser aplicada en su totalidad por el poder civil, y de otro lado, la teoría de la predestinación, sustentada en la naturaleza pecaminosa del hombre y la inutilidad de sus buenas obras para ser salvado, en tanto que sólo los «elegidos» por Dios lo serán, una clara relación con el Destino manifiesto, doctrina sobre la cual Estados Unidos cimentó su política expansionista por Norteamérica durante el siglo XIX.
Los puritanos ingleses no conformistas (cuáqueros, bautistas, congregacionalistas, presbiterianos) se exiliaron y llevaron su fe a Nueva Inglaterra, colonia de la costa atlántica de lo que luego serían los Estados Unidos.
En el primer texto independentista norteamericano, la Declaración de Mecklenburg, texto redactado por escoceses e irlandeses presbiterianos, luego tendría conceptos paralelos con la visión de Thomas Jefferson como la soberanía nacional, la elección del poder político y la división de poderes. Estados Unidos en su constitución contiene una clara influencia puritana, sentando las bases de la nación sobre ideales de la reforma de exiliados europeos que huían de la persecución católica buscando fundar una “nueva sociedad sobre nuevas bases renovadas”.
La valoración ética del trabajo incesante, continuado y sistemático en la profesión, como medio ascético superior y como comprobación absolutamente segura y visible de regeneración y de autenticidad de la fe, tenía que constituir la más poderosa palanca de expansión de la concepción de la vida que Weber denomina “espíritu del capitalismo” [2].
En Norteamérica, hasta poco antes de la Guerra de Independencia, para tener plenitud de derechos políticos, era necesario que un hombre no solo fuese eficiente en los negocios, sino que, además, perteneciese a una sociedad religiosa, lo que indicaba que practicaba “una ética profesional ascética que fue característica de las primeras etapas del capitalismo moderno”.
“Esta gran presión de un pueblo moviéndose siempre a nuevas fronteras, en busca de nuevas tierras, de nuevo poder, a la plena libertad de un mundo virgen, ha determinado nuestro curso y formado nuestras políticas como un Destino.” Woodrow Wilson. 1902
John Jay, uno de los autores de la Constitución, había expuesto claramente, ya en 1777 —apenas un año después de la Independencia—, la idea de la política como misión religiosa. Argumentaba que los norteamericanos habían sido el primer pueblo elegido por la providencia que tuvo “la oportunidad de escoger racionalmente su forma de gobierno”. Alexis de Tocquevile, agudo observador del capitalismo norteamericano, anotaba, hacia 1831, el enorme potencial de este pueblo al conquistar un continente vacío, proceso culturalmente inspirado en la idea del logro material como forma de realizar un destino. Desde la óptica protestante, la conquista del Oeste era vista como una aventura empresarial, donde los inmigrantes y aventureros forjaban una nación inspirados por un espíritu de logro. Weinberg[3] afirma que la incorporación de tierras fue vista por los Estados Unidos a través de un lente religioso-nacional como la inevitable consumación de una misión moral delegada a una nación por la Providencia. De ese modo, el protestantismo norteamericano y la manera como se incorporó al imaginario colectivo, al punto de contribuir decididamente a conformar una ideología de Estado-nación, dio un giro propio que solo se explica por sus excepcionales condiciones históricas y territoriales.
A partir de dicho supuesto, los Estados Unidos anexan los territorios de Texas (1845), California (1848) e invaden México (1846), en lo que sería la guerra México-Estados Unidos. Como consecuencia, los Estados Unidos se apropian de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma, en total 2 millones 100 mil kilómetros cuadrados —el 55 % del territorio mexicano de entonces—, lo que se dio en llamar «la cesión mexicana».
Giro en la expansión capitalista
La noción de frontera y la ideología del destino manifiesto llegan a su fin hacia 1900, cuando los Estados Unidos terminaron de poblar la costa del Pacifico y controlaron la parte del Caribe que les interesaba.
EE.UU. se había convertido en un país industrializado y predominantemente urbano, urgido de materias primas y mercados. Lo que siguió, en un contexto de revolución industrial, no fue la conquista de tierras sino de mercados, la expansión en la forma de comercio predominó sobre el poblamiento de territorios.
Este cambio de prioridades dio lugar a giros ideológicos donde el puritanismo en sus diferentes sectas asumió otras formas en una nueva etapa de industrialización acelerada, el espectacular éxito norteamericano tuvo el factor protestante en el centro de sus argumentos. Se encauzó una cultura religiosa que genera y populariza el optimismo y el emprendimiento, valores que impulsan los negocios que permiten hacer dinero y un enriquecimiento audaz y continuo.
Una corriente que comienza con el puritanismo secularizado de origen calvinista de Benjamin Franklin que intenta extender a través de sus escritos una forma de vida basada en un peculiar concepto de virtud y en la búsqueda de la libertad y la prosperidad económica. Sus escritos se llegarán a convertir en modelo del “American way of life”.
The Big stick
La revolución industrial impulsaba a los Estados Unidos de Norteamérica a proyectarse al mundo; en ese contexto, surgió la idea del “nuevo Imperio” para asegurar los mercados y las rutas comerciales, inspiradas en Theodore Rooselvelt y su política de “hablar suave y usar el gran garrote”.
La ética puritana seguirá corriendo por las venas de EE.UU., la idea de la libertad económico-política como base de la prosperidad material se incorporó en la doctrina del “destino manifiesto”. Andrew Camegie, el magnate del acero, autor del “Gospel of Wealth” (El evangelio de la riqueza), libro que abre una etapa donde se establece más claramente la conexión entre protestantismo y burguesía. Surge entonces, el culto al “self-made man” (el hombre hecho a sí mismo) de los capitostes de la banca y los grandes empresarios industriales. Con Nixon y Reagan culminará el predominio de los WASP (White, AngloSaxon, Protestant) que tanto caracterizó la cultura y la influencia de EE.UU.
En el campo de neoliberalismo, el diplomático norteamericano Lawrence E. Harrison, autor de «The Pan-American Dream” [4] retoma el tema de cultura, capitalismo y religión, y persistió tercamente en la búsqueda del empresario puritano o del entorno que ayudaba a generarlo y reforzarlo. El último cuarto del siglo XX redefinió los términos de la acumulación capitalista y la integración social, en un contexto de profundización de las desigualdades sistémicas del capitalismo, con tasas de concentración, patrimonialización y renta que alcanzarán máximos históricos globales y regionales.
Notas:
[1] Weber, Max (1977) Economía y Sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. México, FCE
[2] Weber, Max (1920) La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Ed. Península Barcelona 1970
[3] Weinberg, Albert K. (1963) Manifest Destiny: A Study of Nationalist Expansionism in American History. Chicago: Quadrangle Books.
[4] Harrison, Lawrence (1999) The Pan-American dream. Ed. Ariel. Buenos Aires







