La materia de los sueños es el cuarto poemario que escribe Ana Moreno Soriano, en el que la autora subraya el poder de la palabra, con la que se construye un libro, un libro que es “un paisaje, un viaje, una noticia… La casa donde habita la materia de un sueño”. Ana Moreno deposita en la palabra la esperanza para transformar la realidad, porque las palabras “Penetran el misterio, / iluminan lo oscuro” y porque “Tomando la palabra se puede construir el mundo”.
El tiempo, que moldea, deteriorándolo, nuestro físico, pero que no consigue quebrar nuestra esencia: “soy la niña asombrada, la joven soñadora / en la mujer que mira más allá del espejo”; el tiempo es la nave desde la que Ana Moreno nos invita a un viaje tan retrospectivo como hacedor de nuestra esencia y, más allá, la proyección del futuro, en la que el tiempo no cesará en su tarea de abordaje para golpear lo físico, pero ni aun así podrá acabar con el adeene existencial: “Pensaré que el amor visibiliza todo, / que el dolor no le asusta, que reina en la belleza, / que es bálsamo del alma y caricia del cuerpo, / que es el fin y el principio: Ama y haz lo que quieras”. Y de nuevo el tiempo, que es ese pájaro de juventud que dibuja con su vuelo los caminos y pone alas a los sueños cuando el corazón ya está cansado. El tiempo no como inexorable enemigo, sino como bálsamo emocional que cura el deterioro de la materia que no son sueños. El universo que describe Ana Moreno en su poemario es el de los sentidos en su acepción profunda, porque es: “Imposible poner diques al llanto / ni sitio a la memoria, / ni número a los besos, / ni tiempo a la palabra”; es un territorio que el tiempo blinda de ternura, la fortaleza de “un beso, un abrazo, una mirada…”/, como contrapunto a un presente cada vez más despojado de humanidad, como en ‘Palestina’, donde “ponemos nombre y rostro a los culpables, / para exigir justicia y paz humanas”.
En La materia de los sueños son, sobre todo, las mujeres las que hablan, desde la abuela, que suspira “¡Quién supiera escribir!”, como en un reproche a un tiempo en el que el acceso a la cultura era un lujo solo disponible para una élite tocada por la gracia de Dios y del poder político, hasta las mujeres en pie de lucha, que vienen “de muy lejos, / del dolor y del llanto, / del fuego y de la tierra, / del miedo y la esperanza / para cambiar la historia / porque también es nuestra…” / y que “¡Si sembramos violetas / cosecharemos alas”. Mujeres que con el dedal y la aguja en sus manos convertían los hilos y las telas en prendas delicadas pero que, además, suturaban los desgarros en el alma, porque los suyos son “oficios de corazón”.
El tiempo va y viene en estos poemas como esa embarcación que nos traslada mientras nos mece, porque “Necesitamos tiempo / para vivir los días lentamente,” y porque “de espera y de esperanza estamos hechos” /. El tiempo que también puede ser un reproche hacia esas vidas que son “muertes en vida, muertes sin retorno, / muertes sin esperanza / las muertes condenadas al olvido. El tiempo “es una suma de miradas” en la que van apareciendo los seres queridos de la autora a través de esos recuerdos que no dejan de ser esa estela, siempre blanca, siempre brillante que deja la popa de la embarcación que nos traslada y nos mece a lo largo de todo el poemario.
En un mundo y en un tiempo lamentablemente cada vez más sombrío, más absurdo y tenebroso, Ana Moreno es capaz de construir un puente sobre el que podemos pisar con firmeza y seguridad para avanzar, para mirar hacia adelante y para luchar o, mejor para continuar luchando por un futuro distinto, radicalmente distinto a esa oscuridad sobre la que se eleva el puente y a la que no podemos ni debemos mirar.







