Arquitecto, autor de cómics

Javier de Isusi: «El exilio es una herida demasiado cercana como para pretender que no existió»

Javier de Isusi | © Elvira Megías
Javier de Isusi | © Elvira Megías

Javier de Isusi (Bilbao, 1972) es arquitecto de formación, pero autor de cómics de vocación y profesión. Tras volver de un largo viaje por Latinoamérica, publica la tetralogía Los viajes de Juan Sin Tierra, compuesta por los volúmenes La pipa de Marcos (Astiberri, 2004), La isla de Nunca Jamás (Astiberri, 2006), Río Loco (Astiberri, 2009) y En la tierra de los Sin Tierra (Astiberri, 2010). Cierra esta etapa el libro de cuentos Ometepe (Astiberri, 2012), en esta ocasión con guion de Luciano Saracino. El profesor Claudio Maringelli ha escrito un ensayo sobre este conjunto de obras titulado Descolonizar la aventura (Astiberri, 2021).

De Isusi ilustró una de las obras más emblemáticas de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray (Astiberri, 2012). Pocos años más tarde, revisitará el universo del escritor irlandés con el extenso libro de historietas La divina comedia de Oscar Wilde (Astiberri, 2019), por el que obtendrá el Premio Nacional del Cómic de 2020.

Las consecuencias del conflicto vasco aparecen reflejadas en He visto ballenas (Astiberri, 2014). Numerosas han sido las colaboraciones del autor con distintas organizaciones sociales: Asӯlum(Astiberri, 2015), de la mano de CEAR; Transparentes. Historias del exilio colombiano (Astiberri, 2020), junto a la Comisión de la Verdad de Colombia y Hegoa; o El mar recordará nuestros nombres (Planeta Cómic, 2021), por encargo del CSIC. Su última obra es Todas las mañanas (Astiberri, 2024), en compañía de Redes AFE-FICE Spain.

JESÚS LACASA: El protagonista de Los viajes de Juan Sin Tierra se llama Vasco, en probable referencia a tus propios orígenes. Claudio Maringelli opina que Vasco es una figura que se va alejando de la tipología del héroe de aventuras, a medida que se encuentra con la otredad. ¿Fue esa también la experiencia de tu itinerario latinoamericano? ¿Experimentaste la necesidad de «descolonizar» tu propia mirada?

JAVIER DE ISUSI: En ese momento yo no tenía esa palabra incorporada a mi vocabulario, pero sí, esa fue una de las experiencias fundamentales que tuve a lo largo del viaje, la de descolonizarme por dentro. Claudio lo expresó muy bien en su ensayo, le puso palabras teóricas a lo que yo había hecho de una manera más bien intuitiva al trasladar de manera ficcionada lo que había experimentado en mi viaje. Claudio acierta de pleno cuando dice que Los viajes de Juan Sin Tierra trata de la descolonización del héroe, de la propia aventura en sí y de la mirada sobre América Latina. Eso, que está presente en toda la obra, viene marcada por dos primeros tomos (y casi todo el tercero) en los que jugaba con los tópicos de las obras clásicas de aventuras (muy colonialistas) para dinamitarlos en el cuarto.

J.L.: Concluido el periplo americano, en 2014 dirigiste tu mirada hacia las consecuencias del conflicto vasco en He visto ballenas. ETA había anunciado el cese definitivo de su actividad armada en 2011, tan solo tres años antes. ¿Qué te impulsó a abordar este tema? ¿Tuviste miedo entonces de que tu obra fuese juzgada con acritud e incomprendida por unos y por otros?

J.I.: Escuché la historia real del encuentro de persona a persona -y no como enemigos a muerte- entre un exmilitante de ETA y un exmercenario del GAL. La historia me puso los pelos de punta por su humanidad y pensé que alguien tendría que contarla, creo que es el tipo de historias de las que andamos muy necesitados. Te confieso que no era lo que más me apetecía en ese momento, cuando haces un cómic te metes en esa historia primero con el texto y luego con el dibujo… La historia sucedió en una cárcel y no me apetecía «meterme en la cárcel» durante un año, que fue más o menos el tiempo que me llevó hacer el libro. Y, además, sí, tenía mucha prevención con cómo sería acogida la obra, es una historia de matices, de grises y en un conflicto siempre se pintan las cosas en blanco y negro. Me daba miedo que no se llegara a entender bien lo que quería contar, tenía muy presente lo que le pasó a Julio Medem con La pelota vasca. Pero yo, como narrador, me pongo al servicio de la historia que toca en cada momento y, en ese momento, tuve muy claro que era la historia que tocaba hacer.

J.L.: Oscar Wilde es apasionante en su doble condición de autor y personaje. Primero ilustraste El retrato de Dorian Gray y, años después, publicaste La divina comedia de Oscar Wilde, sobre los años crepusculares de su exilio parisino. ¿Dónde se sitúa el origen de tu interés por la figura del escritor irlandés?

J.I.: En mi infancia, por un libro de cuentos suyos que me regalaron mientras pasaba las paperas, con 6 años. El primer libro que hice, que fue por aquella época, se llamaba El ogro y el ratón y leyéndolo ahora sorprende porque tiene una impronta wildeana muy fuerte, incluso de cosas que yo no podía ni imaginar sobre Wilde en aquel entonces; la relación entre el ogro y el ratón del título del cuento tiene mucho que ver con la de Oscar Wilde y Alfred Douglas. Después vino, con once años, la fascinación por la película de El retrato de Dorian Gray, pero aún más me fascinó la novela cuando la leí con 16 o 17 años. De todos modos, lo que más me intrigaba era intentar cuadrar en la misma persona al autor de esa novela turbia y al autor de aquellos luminosos (aunque tristes) cuentos infantiles. De alguna manera es ahí donde radica el origen de La divina comedia de Oscar Wilde, en el intento de entrar en el alma de una persona que fue capaz hacer obras tan dispares como aquellas y también en el tratar de entender cómo vivió sus últimos y penosos años.

J.L.: Cuando en 2020 el Ministro de Cultura te anunció la concesión del Premio Nacional del Cómic por La divina comedia de Oscar Wilde, dijiste que tu primera reacción fue romper a llorar, porque era un reconocimiento que llevabas esperando durante toda tu vida. Años después, ¿cómo valoras ese premio y cuánto ha influido en tu carrera posterior?

J.I.: Bueno, ja ja, primero permíteme contextualizar porque no fue exactamente así. Mi primera reacción fue la de la sorpresa y poco después rompí a llorar, sí, pero no porque llevara esperando ese premio toda mi vida. Había sido un año durísimo a nivel familiar, fue el año de la pandemia, pero por encima de eso en la familia tuvimos un problema enorme que nos mantuvo en tensión durante meses, tensión acentuada por el estricto plazo de entrega de mi siguiente cómic (Transparentes). Cuando todo eso empezaba a calmarse me llegó la noticia del Premio Nacional y fue como si hubiera llegado a algún sitio… Un poco como si estuvieras a la deriva en el mar durante meses y de repente llegaras a tierra firme. Y entonces rompes a llorar. Qué duda cabe que es el premio de cómic más importante de nuestro país, pero uno no puede estar esperando recibirlo, los premios dependen de una multitud de factores que no tienen nada que ver contigo. A posteriori sí puedo decir que marcó un antes y un después a nivel de reconocimiento público, especialmente las instituciones son sensibles a ese tipo de galardones; y a nivel de ventas también se ha notado. Donde no ha afectado nada es en mi manera de crear, sigo haciendo las historias que creo que tengo que contar como siento que tengo que hacerlas.

J.L.: «Todos somos hijos del exilio» es una frase tuya extraída de un texto publicado en Nuestra Bandera y que viene a colación de tu libro Asӯlum. Aquí mezclas la voz del viejo exilio republicano con las experiencias de los refugiados de nuestros días. ¿Es un intento de hacer llegar este mensaje a las generaciones jóvenes asediadas por el discurso xenófobo de la extrema derecha?

J.I.: Fíjate que cuando hice ese libro (2015) la extrema derecha no tenía la fuerza de ahora, pero el discurso xenófobo, lamentablemente, es tan viejo como la humanidad. El libro trata de promover la empatía con el otro a través del paralelismo entre exilios. Como decía Ursula K. Leguin en Los desposeídos, «es nuestro sufrimiento el que nos une, no el amor»; sería iluso pretender amar a una persona que no conoces, que viene de otro país, con otras costumbres, otra lengua… Sin embargo, es muy fácil conectar con ella a través de los sufrimientos compartidos. Y el exilio es una herida que en nuestro país está demasiado cerca como para pretender que no existió. Asӯlum hace un trabajo doble de memoria histórica y de acercamiento a la realidad del migrante, es un ejercicio de reconocerse en el otro, algo así como reconocer que «tú eres yo».

J.L.: En Transparentes abordas las distintas facetas de los exilios colombianos, con una perspectiva nada maniquea. En Colombia ha funcionado una Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. ¿Cómo juzgas su trayectoria? En todo el mundo han existido más de cincuenta comisiones de la verdad, ¿tal vez su ausencia es la principal falla de nuestra transición a la democracia?

J.I.: Las comisiones de la verdad aportan una base objetiva de datos, de hechos, a partir de los cuales se puede construir un relato consensuado de lo que le ha ocurrido a un determinado pueblo o país. La de Colombia es, a nivel mundial, la primera que incluye la experiencia del exilio y mi labor con el cómic era precisamente contar esa parte, la del exilio, hacerla legible para un público que no va a leerse nunca el informe final. Eso también es bastante inédito en una Comisión de la Verdad, que utilice el medio del cómic como medio auxiliar para narrarse. En España desde luego que nos ha faltado algo así. Todo va a ser en función de lo que nos contemos que somos y el hecho de que se hiciera la transición sin consensuar un relato de mínimos de lo que supuso el golpe de estado de Franco, sus tres años de guerra y cuarenta de dictadura tiene consecuencias muy concretas no solo en lo que escuchamos hoy día a algunos políticos, comentaristas o vecinos; hay realidades muy dolorosas que son derivadas directas de ello como la vergonzosa cantidad de muertos que aún hoy permanecen desaparecidos. Y es que hay una parte importante de la población que sigue contándose que «para algo ganamos una guerra»; esa frase la he escuchado yo.

J.L.: Los viajes son una constante en casi todas tus obras. Sin embargo, en la última, Todas las mañanas, que se ocupa del fenómeno del acogimiento familiar especializado, podemos hablar en todo caso de un viaje interior. ¿Cuáles han sido las particularidades de este proyecto?

J.I.: Es que si no hay viaje es difícil que haya historia… Por supuesto hablo del viaje transformador, que no forzosamente implica desplazamiento físico. Es el caso de Todas las mañanas, la realidad de estas familias que acogen a menores con graves problemas de conducta no admite muchos viajes físicos, pero supone un cambio tan enorme en sus vidas que el viaje como transformación es inevitable. Si no explicitara de algún modo ese viaje interno el libro se quedaría irremediablemente cojo.

J.L.: Algunas de tus obras surgen como encargos de distintas organizaciones sociales, pero en todas ellas es identificable tu autoría. ¿Cómo resuelves este aparente conflicto entre la fidelidad a lo solicitado y tu sello personal?

J.I.: Volcándome yo mismo ahí. Intentando no impostar, no narrar desde fuera sino volviéndome yo el protagonista. Siempre he necesitado contar historias, jugar a vivir cosas distintas de las que me suceden, pero siendo yo. ¿Qué sentiría yo si estuviese en esa situación? ¿Y si respondiera de esta manera? ¿Y de esta otra? Muchas veces para ayudarme en ese juego meto a gente muy cercana a «actuar» como personajes; en Transparentes utilicé un par de tías mías, en Todas las mañanas meto a mis propias hijas… Pero básicamente, y como decía Hergé, todos los personajes soy yo.

J.L.: En tus libros destacan poderosamente la expresividad de los rostros y la atención cuidadosa de los decorados, pero podemos señalar que el color es otro de sus protagonistas. ¿Cómo definirías el equilibrio entre línea y color a lo largo de tu obra?

J.I.: Eficacia narrativa. Esa sería mi búsqueda, ir al grano y tratar de transmitir al lector lo que quiero transmitirle con el mínimo de recursos. Tampoco es una búsqueda del minimalismo, es simplemente que los elementos que uso y que aparecen tengan una lógica narrativa y me permitan avanzar con velocidad, que es muy necesaria para conseguir dar salida a todas las historias que querría contar. Dentro de esa lógica es donde se inscribe el lápiz y la acuarela que utilizo, no me interesa hacer dibujos bellos sino narrar bien una historia y el color tiene en mis libros siempre una función narrativa, no es decorativo.

J.L.: Por último, muchos de los historietistas españoles actuales se ven obligados a trabajar directamente para mercados extranjeros, como Estados Unidos, Francia o, incluso, Japón. En tu caso, llevas más de 20 años publicando en una misma editorial, Astiberri. ¿Eso te ha permitido mantener una estabilidad en tu línea de trabajo?

J.I.: No lo había pensado, pero probablemente sí. Especialmente porque lo que publico son siempre obras mías. No voy a decir que hago lo que me da la gana, porque evidentemente no es así, sobre todo cuando se trata de encargos, pero sí que hago lo que quiero hacer. Y me considero muy afortunado por ello.

(*) Autor de «Víctor Mora. Con acento francés» (ACyT Ediciones, 2023); ex coordinador general de Izquierda Unida de Aragón

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