Hace ya años que se ha popularizado el termino ser woke; sobre todo empezó a sonar fuertemente a partir de 2023, acuñado junto con el movimiento Black Lives Matter (que surgió a su vez como protesta ante la muerte de Trayvon Martin en Florida en un abuso policial claramente racista). Pero qué quiere decir y sobre todo… ¿por qué tiene a toda la derecha echando espuma por la boca? Veamos… la definición de woke según el Diccionario de Oxford (que introdujo el término en 2017) dice así: “Alerta ante la injusticia en la sociedad, especialmente el racismo”. En los últimos tiempos se ha popularizado para describir un abanico más amplio de ideas, que abarcan cualquier injusticia social, como el feminismo, la lucha por los derechos LGTBI+, etc. Se cree que el primero en usar el termino fue el músico afroamericano de Blues Lead Belly con su canción Scottsboro Boys de 1938. En ella narraba la historia de nueve adolescentes negros que fueron acusados injustamente de violación en 1931 y en ella decía textualmente: “So I advice, stay woke” en una proclama para estar atentos contra el racismo.
¿PERO SI ESTO PARECE ALGO BUENO Y ADEMÁS ES MÁS VIEJO QUE EL HILO NEGRO ¿NO?
Pues sí, efectivamente y menos mal que así ha sido porque si no, ni yo habría escrito este artículo ni tú lo estarías leyendo. Es decir, lo woke ha existido siempre que una persona haya tenido conciencia social. Pero no contábamos con la astuta estulticia de la derecha más rancia, que ha acuñado este término a todas horas para usarlo peyorativamente y ridiculizarlo. También hay que decir que en ocasiones el movimiento puede adolecer de cierta organización y de conciencia de clase, con la ingenuidad y poca efectividad material que esto conlleva, pero mejor un movimiento que luche por la inclusión que nada, máxime con los tiempos de reacción que estamos viviendo.
Llevado al cine más concretamente, el movimiento woke se relaciona con incluir en las películas personajes que representen a todas las razas, así como a las diversas identidades y orientaciones sexuales. Entre las acciones más polémicas del woke está reescribir personajes históricos racializándolos… algo que parece no tener mucho sentido incluso para muchas personas de izquierdas. También con tratar temas como la discriminación de género, la justicia económica o el cambio climático. Sí, ya sabemos que esto lo hace Ken Loach ya hace muchos años entre otros directores que se han dedicado a hacer cine social, pero es que ahora todo es woke, por obra y gracia de la derecha más retorcida.
Elon Musk, sin ir más lejos, ha declarado que a su hijo lo ha “matado” el virus woke, para justificar haberle dado la espalda a su propia estirpe por el mero hecho de ser transexual y haber iniciado su transición de género. Parece que Musk tiene preocupaciones más acuciantes que su propio hijo, por ejemplo, acusar a Disney de tener una “Gestapo” corporativa que impone reglas woke sobre la diversidad, igualdad e inclusión.
Y aquí llegamos a la simple pero seguramente acertada conclusión de que, si molesta tanto a personajes como Musk, seguro que de algún modo contribuye a mejorar el mundo y el cine.
¿Y QUÉ ES LA CULTURA DE LA CANCELACIÓN? ¿ESTO SÍ QUE ES NUEVO?
Pues esto es tan viejo como lo woke; es viejísimo… pero antes no tenía nombre. Al menos no uno que se usara como un arma arrojadiza contra la izquierda.
Analicemos su definición: “La cultura de la cancelación es un neologismo que designa a un cierto fenómeno extendido de retirar el apoyo, ya sea moral, financiero, digital e incluso social, a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles, ello como consecuencia de determinados comentarios o acciones”.
Vaya… ¿pero esto es lo que ocurrió con la caza de brujas del Macartismo en los 50? …Pues sí, muchos profesionales de Hollywood fueron colocados en listas negras. Escritores, directores, actores fueron silenciados y sus películas suprimidas por sus ideas progresistas de justicia social. No sólo eso; los que se declararon comunistas fueron directamente encarcelados. Pero es que eso no debía ser cultura de cancelación, eso para la derecha debía ser proteger al pueblo y la libertad debía ser lo que a ellos les daba la gana (más o menos como ahora).
Volviendo a la época actual, estos pasados meses se ha hablado mucho del caso de Karla Sofia Gascón como ejemplo de actriz “cancelada”. Karla, protagonista de la multipremiada película Emilia Pérez ha sido sacada varias semanas de la promoción de su película por unos tuits que publicó en redes hace un tiempo. Karla fue criticada por escribir que el islam era un foco de infección para el mundo o describir los premios Oscar de 2021 con las siguientes palabras: «No sabía si estaba viendo un festival afrocoreano, una manifestación de Black Lives Matter o el 8M». Sin entrar al debate de si es justo o no esperar un pensamiento ejemplar de una actriz, más allá de que sea buena en su trabajo, lo cierto es que siendo mujer y transexual ha chocado que ataque públicamente a las minorías discriminadas. Lo que sí ha quedado claro es que la derecha ha salido en bloque a defenderla tras su “cancelación”. Nos queda claro, por tanto, que la derecha ha superado su transfobia. Sólo hacía falta que identificaran a la izquierda como enemiga de la actriz para que inmediatamente le defendieran.
Por cierto, que Karla Sofia Gascón ha vuelto a aparecer en los premios y a recibirlos y promocionar la película con su equipo. Fin de la cancelación. Ahora la derecha ya podrá volver a su transfobia habitual.
EL USO DE LA IA EN EL CINE
Esto sí es nuevo. La polémica ha llegado porque al parecer y según declaraciones de una propia persona del equipo (su editor David Jancsó), la película The Brutalist ha sido hecha en parte con inteligencia artificial.
En concreto, se hizo un edificio en las últimas escenas y se usó para corregir el acento húngaro con el que debía hablar su protagonista Adrian Brody. Esto ha generado un debate enorme, ya que ¿no debería considerarse la voz del protagonista y su forma de hablar como parte intrínseca de la actuación?
La integración de la IA en el cine plantea desafíos éticos y económicos. Es evidente que servirá para abaratar costes, pero ¿hasta qué punto va a una deshumanizar una industria que no es otra cosa que arte?
Finalmente, la polémica quedó en eso y Adrian Brody se alzó con el Oscar a mejor actor principal.








