El Mono Azul fue una publicación que surgió al comenzar la guerra del 36, tras el golpe de Estado franquista contra la República. Hoja volandera/ folleto/ revista, con un total de 47 números, y respaldada por la Alianza de Intelectuales para la defensa de la cultura, es decir, un frente amplio que intentaba dinamizar (internacionalmente) la lucha ideológica antifascista.
Dicho frente se nucleaba, en el terreno de la cultura, en torno a diversos autores de la llamada Generación del 27 y, desde luego, tomando en muchas ocasiones como referente a don Antonio Machado. Precisamente el cuerpo dialéctico se podría resumir hablando de la intervención de Machado, en julio del 37, en el II Congreso de escritores antifascistas. Antonio Machado encabezaba la delegación española, junto a escritores y estudiosos como María Teresa León, Rafael Alberti, Tomás Navarro Tomás, José Bergamín o León Felipe. En la exposición de la ponencia cultural Machado resumió la posición con respecto al pueblo, distanciándola del concepto de “masas” orteguiano, y enfocó la trascendencia social del arte y la literatura en la construcción de una sociedad diferente, concepción que más tarde resumiría, en el ámbito político del pueblo en armas en defensa de la República, a través del soneto dedicado “A Líster, jefe en los ejércitos del Ebro”:
Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría.
Este soneto, junto a otros poemas, como el dedicado al asesinato de García Lorca o el que dedica “a los intelectuales de la Rusia soviética”, suelen incluirse, como en el caso de la mayor parte de la obra de Miguel Hernández, en una sección de poesías de la guerra. La norma sólo acepta la definición política e ideológica si se asienta en el sistema hegemónico; en el caso de que se escriba desde una alternativa de izquierdas, la norma tacha como ideologizante, es decir, literatura “manchada”, la obra de autores “excesivamente” comprometidos y que, por tanto, no hacen una literatura “pura”. Más abajo haremos una referencia al funcionamiento de la “norma”.
El Mono Azul no era otra cosa que la vestimenta de los milicianos en el frente, esa misma vestimenta que, teóricamente, pretendían usar los intelectuales comprometidos con la República y las libertades, con la lucha antifascista. Recuérdese la mofa de Juan Ramón con respecto a los intelectuales de la Alianza y concretamente a Alberti cuando dijo que paseaban por Madrid con monos azules recién planchados y pistolitas de madera.
Machado resumió la posición con respecto al pueblo, distanciándola del concepto de “masas” orteguiano, y enfocó la trascendencia social del arte y la literatura en la construcción de una sociedad diferente
De las secciones más leídas de El Mono Azul se puede entresacar el “Romancero de la Guerra Civil”, donde en esa respiración octosilábica natural del castellano, se expresaban detalles, etopeyas, dichos y hechos, proverbios y galerías de la Guerra, que después Alberti recogería en “Romancero general de la lengua española”, publicado en Buenos Aires, en 1944.
Se podría decir, utilizando expresiones y titulares de la época, que El Mono Azul era el órgano de lo que había significado el II Congreso de escritores antifascistas (el primero se desarrolló en París en 1935): el acto de propaganda intelectual más espectacular de los realizados a lo largo de la guerra. Titulares que, desde luego, no iban al fondo de la cuestión, o lo eludían conscientemente: el terreno propio de la lucha ideológica y la construcción de un frente amplio de lucha cultural antifascista, en el que participaban la inmensa mayoría de los escritores que, en muchos casos, la “norma” ha “explicado” tachando su componente ideológico real. O que ahora, en la posmodernidad (ideología dominante específica del capitalismo tardío), se explican y satanizan como algo antiguo y afortunadamente superado.
Y, sin embargo, aunque los “rojos” perdieran la guerra ganaron, quizás, como dijo Antonio Machado al final de 1938, la lucha moral y de ideas frente al fascio. Al mismo tiempo en todo el mundo, sobre todo en las llamadas democracias liberales, se empezó a organizar una ofensiva contra el nazifascismo, que debió abarcar a España, pero que no fue así, ya que estas democracias, empezando por Francia e Inglaterra, prefirieron mantener a Franco, consolidado tras las II Guerra Mundial, dados los peligros de que la fuerza reconstituyente republicana, con gran presencia comunista, ganara en España espacios que el capitalismo internacional no estaba dispuesto a ceder.
El caso es que España, tras la inmodélica Transición, se incorporó a la modernidad de las democracias occidentales, pero las fuerzas de izquierda empezaron a perder una batalla ideológica en la que, al final, el capitalismo tardío (posneoliberal) empieza a arrasar utilizando de nuevo la categoría de “libertad”, esta vez con el objeto, desde dentro del sistema, y utilizando el malestar general producido por él mismo, de conseguir un capitalismo de excepción que en definitiva, y no sin tapujos terminológicos, empieza a denominarse como “neofascismo”.
La posmodernidad, en suma, como ideología específica (Jameson) de esta nueva fase del neoliberalismo, denominada a veces capitalismo tardío, donde el mercado y sus lógicas han ocupado el espacio central del escenario político y, sobre todo social, han logrado una extensión e intensidad inusitadas, haciendo que la gente “nazca” en él, viva “naturalmente” y desde el principio en el capitalismo, el cual ha conseguido imponerse en plenitud: no solo compra las horas de trabajo (un tercio de la vida) y la fuerza de trabajo, sino que en realidad compra toda la vida y la “naturaliza” de una especial manera en una nueva realidad donde la competitividad se ha adueñado de todo, y todo ya es mercado: espacio, tiempo, vida y obra.
El sistema no solo prepara a los lectores, convirtiéndolos en consumidores, sino que, en el mismo camino, adapta a los autores y consigue un mercado eficiente de los productos adecuados
Precisamente este es el espacio concreto donde hay que situar la lucha ideológica, si queremos ir al fondo. La posmodernidad ha logrado situarnos en una especie de “rabioso” presente, donde nada cuenta excepto esa lucha diaria de la competitividad, esa guerra civil de los nacidos (por utilizar a Quevedo), ya que los ciudadanos-clientes se ven impelidos a intentar superar el pánico a través de ese impulso tan extendido de “sálvese quien pueda”, porque las estructuras no les permiten ningún tipo de seguridad ni refugio salvo el de producir ganancias en las condiciones más extremas a veces (el caso de la hostelería y el “turismo”, tan importantes en el sistema actual, son un ejemplo impagable de este “infierno”).
La norma ideológica y cultural, a través de los aparatos ideológicos de Estado clásicos, y del moderno funcionamiento de la estructura digital y de las televisiones, ha abolida a la vez el pasado histórico (incluso las luchas más relevantes) y la posibilidad de un futuro alternativo. Por ejemplo, en literatura y arte, que es el terreno donde se desarrolló El Mono Azul, su actuación, que a decir verdad, tiene los efectos de una censura, presenta un funcionamiento integral. El sistema, a través de las editoriales y estructuras similares en otros campos, no solo prepara a los lectores, convirtiéndolos en consumidores, sino que, en el mismo camino, adapta a los autores y consigue un mercado eficiente de los productos adecuados. Actualmente, por ejemplo, se habla no tanto de un buen libro sino de la cuantía de sus ventas, Y así todo.
La necesidad de ponerse el mono azul cuanto antes es radical, y nos llama a voces, desde Collioure y desde el Barranco de Víznar: es preciso construir un inconsciente alternativo
Y la posmodernidad, a la vez, ha conseguido algo inherente a todas las ideologías, pero que se ha perfeccionado en su “naturalización”. En general las ideologías no se ven sino en sus efectos. La ideología no es una bandera, sino un “inconsciente”. Ese inconsciente general (Freud), o político (Jameson) o ideológico (Juan Carlos Rodríguez), que funciona como una segunda piel, como un sentido común que crees poseer pero que te posee. Inherente a todas las ideologías dominantes, queremos decir (Marx y Engels en la “Ideología alemana”: la ideología dominante es siempre la ideología de la clase dominante).
Ahí, pues, está el terreno de la batalla necesaria. Watterloo, supongo (podría decir Virginia Woolf). Y la necesidad de ponerse el mono azul cuanto antes es radical, y nos llama a voces, desde Collioure y desde el Barranco de Víznar: es preciso construir un inconsciente alternativo.







