Para muchísima gente la escritura es una actividad que ocupa su tiempo. Unos escriben cuentos o novelas; otros poemas, ensayos u obras de teatro. Escriben por gusto, la mayoría no son profesionales y escriben sin que nadie les haya pedido que escriban. Aunque no en su totalidad muchas y muchos de ellos quieren ser escritores, ver su nombre en la portada de los libros y dedican tiempo y energías a esa labor. La imagen del escritor transporta mucho prestigio cultural y social. En general se piensa que a través de la escritura la humanidad ha venido expresando los más altos y estimados valores de la condición humana y quienes escriben quieren, desean y sueñan con llegar a formar parte de esa constelación de autores a los que se les concede un estatuto cercano a lo divino. Como ya hicimos ver en artículos anteriores, el paso de la condición de escritor a la de autor no es una cuestión de mera voluntad personal. Se requiere un reconocimiento público, que legitime y homologue sus escritos como dignos de merecer la cualidad que lo literario presupone. Una capacidad de legitimación que tradicionalmente ha venido desempeñando el mundo editorial al decidir qué textos se publicarán y a que textos se les negará su posibilidad de llegar al público.
En cualquier caso todos ellos, lo que alcanzarán la condición de autores y los que permanecerán en la mera condición de aficionados son gentes que, como hemos dicho, gastan tiempo y energías en su actividad. ¿Quiere esto decir que son trabajadores?
Por trabajador, de manera un tanto general y abstracta se entiende a la persona que realiza, con esfuerzo, una acción física o intelectual continuada. Descendiendo más a lo concreto, trabajador sería la persona física que presta a otra un trabajo personal subordinado, entendiéndose aquí por trabajo toda actividad humana, intelectual o material. Si a las dos de las características que en esas definiciones sobresalen: esfuerzo y subordinado, sumamos la condición de “Persona que tiene un trabajo retribuido“, que el diccionario de la RAE propone, estaríamos más cerca de la interpretación que el marxismo lleva a cabo cuando aborda la cuestión del trabajo y del trabajador como medios de producción del capitalismo. Para Marx es necesario distinguir entre dos conceptos «fuerza de trabajo» y «trabajo», entendiendo por el primero “el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole” y, por el segundo, el resultado de emplear la fuerza de trabajo, distinguiendo también el marxismo entre el valor de uso y el valor de cambio de las mercancías que la fuerza de trabajo produce: la utilidad de una cosa la convierte en valor de uso mientras que el valor de cambio determinaría la proporción en la cual se cambian los valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase, relación que cambia constantemente con el tiempo y el lugar.
A partir de todo esto, responder a la pregunta formulada sobre la condición laboral de los escritores, si por un lado se aclara, por otro se complica pues si los escritores y escritoras lo que realmente producen son textos la cuestión subsiguiente es si esos textos son útiles, es decir, si contienen un valor de uso con capacidad a su vez de convertirse en valor de cambio. Aquí de nuevo el marxismo tendría algo que decir al hacer la distinción entre el trabajo productivo y el improductivo. Para los escritores sin duda sus textos conllevan un valor de uso de carácter personal y subjetivo pues la escritura satisface necesidades intangibles como la autoestima o cualquier otro deseo intelectual. Y sin duda ese era el retorno principal que los escritores recibían antes del capitalismo. Retorno en clave de prestigio, autoridad y renombre que le venían concedido por sus iguales en un mundo donde las élites conformaban el único espacio posible para la elaboración y recepción de los textos. Con la llegada de la imprenta y el capitalismo la cosa cambia. Ahora el texto literario se convierte en materia prima de la nueva mercancía, el libro, por la que van a viajar las palabras, los versos y las historias. El libro como valor de uso: la lectura, y como valor de cambio: la compra venta mercantil. El libro como mercancía y con su consecuencia humana: el escritor como trabajador productivo no en cuanto produce textos, sino en cuanto enriquece al editor que publica sus obras, o en cuanto es trabajador asalariado de un capitalista. Dicho de otra forma: es el editor que le compra sus originales lo que lo convierte en trabajador productivo. Consecuencia: todos aquellos escritores que no consiguen vender sus originales a un editor son trabajadores improductivos, o lo que es lo mismo: sus textos no producen plusvalías lo que no significa que tomado el término de trabajador en su sentido más general y humanista no merezcan esa denominación.
El primer acto formal de intercambio entre capital y trabajo es sólo potencialmente la apropiación del trabajo vivo de otra persona por parte del trabajo objetivado. El proceso real de apropiación se lleva a cabo sólo en el proceso de producción real, detrás de la cual se encuentra como una etapa pasada la transacción formal primera.








