Ética civil

Desde la óptica de una izquierda transformadora, la estructura profunda del capitalismo no es otra que la corrupción. Por eso se dice que la ética es un patrimonio estructural específico de la izquierda
Foto: José Camó

Al panorama deleznable y aterrador, y muy duradero, de la corrupción en España hubiera correspondido, desde los parámetros de una democracia plena (poder del pueblo) una catarsis social y la activación convergente de todos los terminales ciudadanos. Realmente no ha sido así. El bipartidismo ha logrado anestesiar el núcleo duro de la democracia y lo más que se discute es la posibilidad táctica de que uno de los grandes partidos sustituya al otro, o no, con independencia de que en este bipartidismo que fundamenta el régimen del 78 está la raíz del problema. No obstante, la necesidad de una alternativa basada en la ética civil se impone hoy con más fuerza que nunca.

Y el término “civil” no supone una simple cláusula de estilo. Hablamos de algo más amplio incluso que la imprescindible ética política. Hablamos, pues, de una ética laica, republicana, socialmente asumida y ejercida, que, sin duda, va a exigir un auténtico coraje ciudadano, encabezado en su caso por la representatividad política, si queremos conseguir ese momento constituyente del renacer de una sociedad civil que, en caso contrario, se convertiría en el lodazal que supondría la condición de existencia de un capitalismo de excepción no basado en la participación democrática sino en el consenso pasivo de una dictadura, dando así “patria” al neofascismo que no para de crecer. Y aquí no valen ya discursos pequeños de dirigentes políticos más o menos alquiladizos.

Ética que, en cuanto civil, no ejerce su función a partir de la matriz moral de buenos/malos, sino a partir de la identificación de las palabras con los hechos (ay, esa enorme crisis del periodismo) y el objetivo permanente de que, sobre las palabras y la política de imagen, ese archipiélago de hiperliderazgos, lo que prime sea la coherencia de estado, ese hilo conductor que en lo político debe expresarse fundamentalmente en dos vertientes: el ejercicio del poder, entendido siempre como un depósito provisional que la soberanía popular deposita en los cargos políticos, y la utilización del dinero público, como exponente cuantificable de ese poder. Aquí hay que recordar cómo resumió una exministra el caldo de cultivo de la corrupción generalizada: “El dinero público no es de nadie”.

Yendo más al fondo, desde la óptica de una izquierda transformadora (que, por tanto, no incluye al PSOE): La estructura profunda del capitalismo no es otra que la corrupción. Por eso se ha podido decir, con plena razón, que la ética es un patrimonio específico de la izquierda. Patrimonio estructural. Nadie habla de que unos seamos más buenos que otros. La línea divisoria la marcan la explotación o, en su más moderna expresión, el desarrollismo a ultranza, sea o no necesaria (que parece que sí) una lógica de guerra. Y ese desarrollismo económico tiene dos límites no franqueables, no negociables: la ética civil y el equilibrio ecológico. Aunque son dos límites puestos hoy en duda desde el punto de vista de la “sindicalización” de la política, ese fenómeno que, en pocas palabras, llega a creer que todo se soluciona si consigues meter trescientos euros en el bolsillo de la gente. Y que conste que no estamos criticando para nada la existencia, imprescindible, de los sindicatos.

La solución, en todo caso, está en esa lucha ideológica que sacaría a la gente de su prosternación actual. Pero esa lucha ideológica y la necesidad de organizarla aparece sepultada por un discurso, urgente, de rabiosa actualidad. Como diría Quevedo: no nos concede tregua ni reposo esta guerra civil de los vencidos. Y sin duda la izquierda ha entrado en esa guerra civil, quizás intentando salvar los muebles, sin elegir adecuadamente el campo de batalla y olvidándose de no desestimar nunca el patrimonio moral que significa la lucha invencida contra la explotación y el dominio. Precisamente por ahí, por ese “hueco”, es por donde puede entrar el neofascismo. Y a la pregunta tramposa, exponente de la rabiosa actualidad, de qué harías tú en estos momentos, habrá que responder que existir, seguir existiendo como izquierda transformadora que se organiza en torno a una programa de cambio estructural y a la necesidad constituyente de la ética civil.

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