Corrupción (y sigue)

Siempre habrá quien nos halague, invite o agasaje con el único propósito de pretender comprarnos. Y si estamos en venta, aunque sea mínimamente, lo estaremos para siempre

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Corrupción
Fuente: Kiwiev / Wikimedia commons / CC0 1.0

Recuerdo que hace años tuve que asistir a una comida con un productor de cine y un alto ejecutivo de una cadena de televisión —los nombres no vienen al caso— con la que teníamos el proyecto de hacer una serie. El contrato hacía tiempo que tenía que haberse firmado. Todo estaba en regla y acordado, pero no acababa de resolverse y la comida en cuestión tenía el objetivo de agilizar los trámites finales. Los tres nos conocíamos desde hacía años y, entre plato y plato, se desgranaban recuerdos, anécdotas y cotilleos sobre compañeros de profesión. Pero del tema a tratar, nada, lo cual, en parte, me parecía lógico. Siempre he sido partidario de que esas cosas se diriman en los despachos y no al calor de una buena comida y menos aún, de unas copas. Al poco la conversación derivó hacia temas familiares. El ejecutivo, tras su último divorcio, acababa de fundar una nueva familia y estaba acondicionando su recién estrenado hogar. La casa, situada en un barrio residencial, tenía un jardín de esos llenos de césped y piscina de eterno azul caribe, pero le faltaba un espacio para hacer barbacoa, a la que el individuo en cuestión era aficionado. No quería una parrilla cualquiera, nos comentó, sino una casi profesional con pérgola de obra, horno, barra de bar, neveras y varios niveles de asado. En fin, un pequeño y coqueto restaurante con el que agasajar a sus amistades. “Yo te lo hago”, le interrumpió el productor con toda naturalidad. Yo esperaba — ¡bendita inocencia!— que el ejecutivo rehusara con una sonrisa de gratitud. Al fin y al cabo, no estaba en mala posición económica. Más bien al contrario. Pero no. Con la misma naturalidad con la que el productor había insinuado satisfacer su capricho, el ejecutivo aceptó la oferta. A la semana siguiente, se firmó el contrato.

Otro día iba yo caminando por el centro de una ciudad española con un amigo a quien conocía de los tiempos de la clandestinidad y que ahora ostentaba el cargo de primer teniente de alcalde. Hacía tiempo que no nos veíamos y parecía que nos faltaran palabras para informarnos de todo lo sucedido en nuestras vidas, cuando llegamos al cruce de una gran avenida. Me detuve para esperar que el semáforo se pusiera en verde, pero mi amigo siguió andando. Entonces me percaté que un guardia urbano, al verle, había detenido el tráfico dejándonos el paso franco. No me sorprendió la actitud del policía, era un fiel creyente de la autoridad, sino la de mi amigo. Cruzó la avenida como si el cargo que ostentaba le concediera algún derecho sobre el resto de los mortales, en vez de recriminar la actitud del subordinado.

Otro amigo, dirigente de un organismo dependiente de un admirable país, luchador internacionalista con una trayectoria irreprochable, se justificaba ante mí arguyendo que cuando visitaba un país reservaba habitación en hoteles de lujo porque era bueno para los negocios que hacía por mandato de su patria y en beneficio del pueblo. Tenía su lógica. Había que aparentar. Nadie cierra tratos de cientos de miles de dólares con un pobretón.  El problema es que se acostumbró al lujo y para él acabó siendo tan imprescindible como la llave inglesa para un mecánico.

Son pequeñas historias. Podría contar más dentro de lo estrictamente cotidiano. Billetes de tren o avión, aunque éstos se hayan agotado; mesa en un restaurante abarrotado; entradas para un concierto imposibles de conseguir. Todas entran dentro de la imperfecta condición humana. Pero todas chocan, en mayor o menor medida, con la dignidad. Y, no nos engañemos, ese es el único bien que realmente poseemos.

Conviene no olvidarlo. Siempre habrá quien nos halague, invite o agasaje con el único propósito de pretender comprarnos. Y si estamos en venta, aunque sea mínimamente, lo estaremos para siempre.

(El 99,99 % de este artículo está calcado de otro mío fechado en marzo de 2016. Sigue)

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