Dolores Ibárruri perteneció a la primera generación de militantes comunistas, aquella que, deslumbrada por el resplandor de Octubre, rompió con una socialdemocracia hundida por la inmolación de la clase obrera en las trincheras de la Gran Guerra para volcarse en la construcción de un partido revolucionario que fuera capaz de replicar la Revolución bolchevique. De la mano del minero Julián Ruiz, con quien se casó con 20 años en la parroquia de su Gallarta natal el 19 de febrero de 1916, la hija de Antonio y de Juliana, aquella joven que vio frustrada su vocación de formarse como maestra, cambió los rituales católicos en el Apostolado de la Oración por la militancia en el PSOE, en el que ingresó en diciembre de 1917. Desde 1919, la Agrupación Socialista de Somorrostro, a la que pertenecían, defendió la incorporación a la Internacional Comunista y en 1920, tras la escisión desencadenada por la dirección de las Juventudes Socialistas, se unieron al Partido Comunista Español, que el 14 de noviembre de 1921 se fusionó con el Partido Comunista Obrero Español (fruto de otra división en el PSOE) para alumbrar el Partido Comunista de España.
Como explicó en 1976 en Roma al periodista Miguel Bilbatúa, de Cuadernos para el Diálogo y años después director de Mundo Obrero: “Había sido católica, pero cuando tengo que enfrentarme con la vida y busco dónde está la causa de nuestra miseria, entonces digo: hay que luchar contra una sociedad en la que, por un lado, existe una minoría que se aprovecha del trabajo de los demás y, mientras tanto, los demás tenemos que vivir en la miseria. Aquí está el origen de mi rebeldía, la comprensión de la explotación de que éramos objeto, el desprecio hacia esa gente que nos explotaba y el sentimiento de que era necesario cambiar esa sociedad para hacer una más humana…”
Hasta su elección como miembro del Comité Central del PCE en marzo de 1930, Pasionaria (el seudónimo que desde 1918 hasta 1939 emplearía para firmar la mayoría de sus artículos periodísticos, desde los tiempos de El Minero Vizcaíno y La Antorcha hasta Mundo Obrero y Frente Rojo) fue una militante más en la cuenca minera vizcaína, en una década marcada por la muerte de sus hijas Esther, Azucena, Amagoya y Eva, víctimas de la miseria que azotaba a aquel hogar maltratado por la represión que Julián Ruiz sufría por su participación en los conflictos obreros.
Fueron unos años críticos también para un Partido Comunista golpeado por la persecución de la dictadura de Primo de Rivera y debilitado por su sectarismo, hasta el punto de que fue incapaz de comprender la trascendencia de la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931, día en el que, sin embargo, Dolores Ibárruri llevó a sus hijos, Rubén y Amaya, a la plaza de Muskiz para compartir la alegría popular.
El 30 de septiembre de aquel año, dejó atrás su vida de ama de casa, puso fin a su matrimonio y llegó a Madrid para trabajar en la redacción de Mundo Obrero. Fue elegida miembro del Buró Político y encargada de la Secretaría Femenina en el IV Congreso, celebrado en Sevilla en marzo de 1932, y, tras dos periodos en prisión, empezó a brillar en las filas de un partido que poco a poco fue ampliando su influencia en la clase obrera. En el verano de 1934, presidió la fundación del Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, embrión de la Agrupación de Mujeres Antifascistas, que nacería en la primavera de 1936.
Elegida diputada por Asturias en la candidatura del Frente Popular el 16 de febrero de 1936, fue en las primeras semanas de la guerra civil cuando empezó a forjarse, en medio de la epopeya del primer pueblo que levantó las armas para detener el avance del fascismo, el mito de Pasionaria. Y con el impulso del potente aparato de propaganda de la Internacional Comunista su figura se convirtió en el icono universal de la resistencia republicana, acompañada siempre de aquella consigna que sobresalía en el llamamiento del PCE que ella leyó, de pie, ante los micrófonos de Unión Radio Madrid en los primeros minutos del 19 de julio de 1936: ¡No pasarán!
El Partido Comunista se transformó en una organización de masas y por su disciplina y sus posiciones políticas y militares se erigió en el eje de la defensa de la República democrática, no sin tensiones con la ortodoxia ideológica que lo identificaba. Su papel, con el 5º Regimiento de Milicias Populares como estandarte, fue crucial —junto con la llegada de la ayuda soviética— durante la dramática defensa de Madrid en el otoño de 1936, cuando Dolores Ibárruri protagonizó mítines épicos en una ciudad bombardeada sin piedad por la aviación franquista.
La guerra terminó de la peor manera posible para la República, tras el golpe del 5 de marzo de 1939 encabezado por el coronel Segismundo Casado, Julián Besteiro y Cipriano Mera contra el Gobierno de Juan Negrín y su aliado más leal, el PCE. Al día siguiente, la dirigente comunista llegó en avioneta a Orán desde Monóvar (Alicante) y un mes y medio después a Moscú, donde junto con sus camaradas se sumergió en un debate autocrítico acerca de las causas de la derrota ordenado por Stalin, que Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez iluminaron en El desplome de la República.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial comprometió al PCE con los intereses del Kremlin. Tras la invasión de la URSS por la Alemania nazi el 22 de junio de 1941, a través de los micrófonos de Radio España Independiente (La Pirenaica) y de las emisoras soviéticas casi a diario Dolores Ibárruri leyó comentarios que llamaban a la unidad contra el fascismo en una guerra que el 3 de septiembre de 1942 le golpeó en lo más íntimo, con la muerte de su hijo Rubén, reconocido posteriormente como Héroe de la Unión Soviética, en los primeros combates de la batalla de Stalingrado. En aquellos años 40, cuando los sucesivos intentos por reconstruir el Partido en el interior de España y forjar una resistencia a la dictadura, también desde el maquis, naufragaron ante una represión implacable, muchos comunistas se situaron dignamente ante los pelotones de fusilamiento invocando a Pasionaria.
La Guerra Fría originó la proscripción del PCE en Francia en septiembre de 1950 y los últimos procesos del estalinismo en Europa oriental afectaron incluso, de manera indirecta, a Irene Falcón, una de las personas más próximas a Dolores Ibárruri. En 1956, tres años después de la muerte de Stalin, el “informe secreto” de Nikita Jrushchov en el XX Congreso del PCUS conmocionó al movimiento comunista internacional. Pasionaria fue la primera dirigente del PCE que lo leyó y fue en septiembre de 1968, en la reunión del Comité Central que valoró la posición de condena adoptada ante la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, cuando expresó sus sentimientos con mayor crudeza.
En junio de 1956, el PCE lanzó la Política de Reconciliación Nacional, que a partir de los años 60 le permitió convertirse en el “partido del antifranquismo”. Con Santiago Carrillo como secretario general desde diciembre de 1959 y Dolores Ibárruri como presidenta, los comunistas tuvieron un papel decisivo en la creación y estructuración de las Comisiones Obreras, en las luchas estudiantiles, en las reivindicaciones del movimiento vecinal y del feminista, en la alianza con los sectores católicos que se desgajaban de la base social de la dictadura y en la incorporación de profesionales, sectores de las clases medias e intelectuales al largo combate por la libertad. “No habrá fuerza humana que pueda impedir el restablecimiento de la democracia en nuestra España”, proclamó Pasionaria el 14 de diciembre de 1975 ante Enrico Berlinguer, secretario general del PCI, y las veinte mil personas que llenaban el palacio de los deportes de Roma con motivo de su 80º cumpleaños.
Muerto Franco, aún debió permanecer un año y medio más en Moscú, con la angustia de morir en el destierro, como les sucedió a tantos camaradas. Pudo regresar a Madrid el 13 de mayo de 1977, cinco semanas después de la legalización del PCE aquel “Sábado Santo Rojo”, y, de nuevo diputada por Asturias, su figura quedó estampada en algunas de las imágenes icónicas de las Cortes que aprobaron la Constitución de 1978. Más de doscientas mil personas asistieron a su funeral el 16 de noviembre de 1989.
Dolores Ibárruri fue la mujer que en el siglo XX encarnó el ideal y la causa del comunismo en el mundo. Hoy, junto con su figura inolvidable, la consigna que grabó su nombre en la historia regresa como una necesidad inaplazable, como un llamamiento, de nuevo, a la unidad popular frente a la barbarie.

Pase especial del documental de Amparo Climent, «Dolores Ibárruri. La Pasionaria»
Sábado 27 septiembre – 18h – Espacio Josefina Samper (Fiesta PCE 2025)







