Mujeres migrantes

Llegan a España huyendo de la pobreza, de las consecuencias devastadoras del cambio climático, de distintos tipos de agresiones y violencia y tratan de buscar una oportunidad para ellas y para sus familias.
Mujeres migrantes | William Hamon / CC BY-NC-SA 2.0 FR
William Hamon / CC BY-NC-SA 2.0 FR

Como en muchos momentos de la historia, piensan que el mundo es ancho; después comprenden que también es ajeno, pero hay que desenvolverse en él y abren sus manos y su corazón para desempeñar los trabajos que les ofrecen, para intentar comprender una cultura nueva, para sobrellevar las miradas de desconfianza e incluso de hostilidad de quienes se consideran superiores, porque no entienden que todos los seres humanos, vengan de donde vengan y estén donde estén, son sujetos de derechos y la multiculturalidad es una oportunidad y no un problema, aunque es bueno recordar que el problema no es el color de su piel ni los rasgos de su cara, ni su religión ni su lengua: el problema es que son pobres, que llegan a España huyendo de la pobreza, de las consecuencias devastadoras del cambio climático, de distintos tipos de agresiones y violencia y tratan de buscar una oportunidad para ellas y para sus familias.

Son mujeres migrantes con las que nos cruzamos cada día por la calle, africanas, latinas, de otros países de Europa; mujeres que un día se arriesgaron a subirse a una patera —algunas, con hijos, otras embarazadas y otras, en busca de sus maridos que habían abandonado antes el país—; que cruzaron el Atlántico con un título universitario y la esperanza de poder ejercer su profesión; que dejaron atrás su familia y necesitan un empleo, el que sea, para enviarles dinero. Todas empiezan a escribir una página en el libro de su vida con muchos interrogantes, unas en castellano y otras con el firme propósito de entender desde su lengua de origen lo que oyen, lo que les dicen cuando se acercan a una ONG o a una mesa de cualquier administración, y saben que no pueden rendirse, aunque les escatimen una ayuda, aunque les ofrezcan un trabajo sin estar dadas de alta, aunque sufran jornadas de trabajo duras y mal pagadas en las campañas agrícolas.

Las mujeres tenemos que enfrentarnos a la contradicción de clase y a la contradicción de género y las mujeres migrantes igualmente, pero con más obstáculos añadidos por ser de un país, una etnia y una cultura diferentes. La mayoría son jóvenes, y bastantes madres solteras, y están expuestas a situaciones de violencia en el entorno familiar y laboral; soportan los empleos más precarios, están discriminadas en el acceso a la vivienda y a otros servicios; les falta apoyo legal para resolver problemas cotidianos y formación laboral que reconozca sus habilidades y capacidades para una mayor integración en el mundo del trabajo y, en muchos casos, sufren exclusión social porque se sienten ajenas al lugar donde viven. Son miradas desde una actitud de superioridad o paternalismo clasista, pero esas “chicas” que cuidan a tantas personas mayores, que limpian oficinas y bloques de pisos y ponen las fresas del campo andaluz en el puesto de la frutería, son imprescindibles en España; su trabajo debe ser valorado y reconocido y la convivencia debe darse en igualdad, aprendiendo mutuamente y tejiendo lazos de solidaridad por encima de las diferencias. En España las mujeres son casi el cincuenta por ciento de la población migrante; es fácil hacer la cuenta de cuantas sobran, según la derecha neofascista. Pero no se van a ir, no solo porque no sobran sino porque son seres humanos que se merecen, en su lengua y en la nuestra, dos palabras: “Hola” y “Gracias”.

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