Tras el triunfo del golpe de Estado del asesino Franco, por cierto, y para que no caiga en el olvido, gracias al apoyo de Hitler, Mussolini, las tropas mercenarias coloniales y el silencio de las democracias occidentales, en España se creó el “Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo”. Su cometido era dar una apariencia de legalidad a los miles de crímenes cometidos por la dictadura, repartida a partes iguales con los tribunales donde se impartía la justicia militar, nombre contradictorio donde los haya, porque la justicia y los pistoleros, siempre se han tomado el café de espaldas.
No soy historiador, ni un experto en el tema, pero el sentido común me dicta que muchos de los jueces que se sumaron a esa fantochada, ya lo eran antes, quiero decir que ya ejercían esa profesión, por llamarla de alguna manera, en la monarquía de Alfonso XIII y durante la II República. Por supuesto que los habría de nuevo cuño, incluso más de uno sin el más mínimo conocimiento de las normas del derecho más allá de una desmedida sed de sangre y apetito de riqueza.
Años más tarde, con el intento de lavar la cara del Régimen, no por parte de quienes ejercían el poder de fronteras para adentro, sino de quienes necesitaban justificar el apoyo injustificable a la única dictadura fascista, junto a la de Portugal, que había sobrevivido tras la II Guerra Mundial, se hizo necesario cambiar el nombre de algunas instituciones. Seguirían teniendo las mismas facultades, pero con otros títulos menos malsonantes. Y así, el “Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo”, pasó a llamarse “Tribunal de Orden Público”, TOP, para los “asiduos”. Los militares se quedaron con la facultad de encarcelar y condenar a muerte de un plumazo y el TOP, con las mismas facultades, pero de plumazo y medio. Evidentemente, los jueces, eran los mismos de antes y, si acaso, se incorporaron los hijos de los que, por edad, habían alcanzado el retiro o los de las nuevas influyentes familias surgidas al calor del robo y el saqueo.
Y en esas llegamos a la muerte del Sapo Iscariote, al acceso al trono del chorizo Borbón de turno y, de nuevo, las democracias occidentales, antes que el populacho se desmandara, decidieron apoyar una tibia democracia llamada Transición, la cual, ni fue tan tibia, ni tan modélica como se quiere hacer creer.
La Brigada Política Social, nuestra particular Gestapo, se convirtió en Brigada de Información con los mismos torturadores al mando. La policía pasó de llamarse Armada, a Nacional
A partir de ese momento, empezó un colosal trabajo de desmemoria a base del arte del camuflaje. La Brigada Política Social, nuestra particular Gestapo, se convirtió en Brigada de Información con los mismos torturadores al mando. La policía pasó de llamarse Armada, a Nacional y el color de sus uniformes cambió hasta tres veces. Aunque, lo mejor de todo, fue lo de los órganos judiciales. El TOP se disolvió, se constituyó la Audiencia Nacional y, ¡oh, sorpresa!, el 62,5 % de los jueces que antes condenaban de acuerdo a las leyes del fascismo, pasaron a formar parte de la Audiencia o, peor aún, del Tribunal Supremo, eso sí, de repente, a partir de ese momento, su labor consiste en cuidar las normas de la democracia. ¡Ole con ole y olá!
Tiempo ha pasado desde entonces, pero los apellidos se siguen repitiendo de manera abrumadora entre quienes tienen el poder sancionador, porque, si hay una cosa cierta, es que el mayor ejemplo de endogamia, se encuentra en la Judicatura.
Así que tal vez sería más justo que sus integrantes no fueran elegidos por el Consejo del Poder Judicial, sino por sufragio universal. Podríamos preguntarles qué han hecho a lo largo de su carrera y ellos podrían contestar, pues he archivado la causa contra tal o cual corrupto, he firmado tantos desahucios, he influido en decisiones políticas, he cuestionado y minimizado el sufrimiento de una violación o he condenado a penas mayores que las impuestas por asesinato a unos por hacer un referéndum… ¡Ah! Y también lo he hecho sin pruebas a quien no me gusta y le he metido cientos de años a unos chavales por una pelea en un bar, aunque eso sí, eran vascos.
Y, con las mismas, poder decirles con nuestro voto, ¡pues usted a la puta calle! Eso sí, con todo respeto.








