Estimo a quien de un revés
Echa por tierra a un tirano:
Lo estimo, si es un cubano;
Lo estimo, si aragonés.
José Martí
Corría el 21 de octubre de 1869 cuando José Martí, de tan solo dieciséis años, fue recluido en la Cárcel Nacional de La Habana como autor de una carta en la que recriminaba a un condiscípulo haber ingresado en el Cuerpo de Voluntarios de la Isla de Cuba, una fuerza auxiliar del ejército español. Condenado a seis años de prisión, Martí padeció trabajos forzados en la cantera de San Lázaro que provocaron quebrantos permanentes en su salud.
Gracias a las gestiones de sus padres, Martí logró ser deportado a la España peninsular, adonde llegó el 1 de febrero de 1871. Su primer destino fue la capital de España, en cuya Universidad Central se matriculó. Martí frecuentó los círculos independentistas cubanos y pudo disfrutar de la excitante vida cultural madrileña, lo que, sin lugar a dudas, ralentizó sus avances académicos.
España vivía entonces algunos de los momentos más convulsos de su historia contemporánea. El 2 de enero de 1871 había dado comienzo el efímero reinado de Amadeo I de Saboya, primer monarca electo por unas Cortes españolas. Asediado por múltiples conflictos y poderosos enemigos, el rey renunció al trono y, seguidamente, el 11 de febrero de 1873, fue proclamada la primera República española.
Durante sus poco más de dos años de residencia en Madrid, Martí consiguió publicar algunos textos que reflejaban precozmente sus principales inquietudes. En primer lugar, El presidio político en Cuba, una denuncia de los horrores que la metrópoli española cometía en las prisiones de la isla, publicado el 12 de abril de 1871. Más tarde vendría La República española ante la Revolución cubana, de 15 de febrero de 1873, donde saludaba «a la República que triunfa, la saludo hoy como la maldeciré mañana cuando una República ahogue a otra República, cuando un pueblo libre al fin comprima las libertades de otro».
Las excesivas distracciones de la vida madrileña aconsejaron a Martí emprender rumbo hacia Zaragoza, con la idea de culminar allí sus estudios. En la capital aragonesa logrará obtener los títulos de bachiller y de licenciado en Filosofía y Letras y Derecho, en una estancia que se prolongó poco más de año y medio. Fue un corto espacio de tiempo, pero dejó una huella imborrable en su personalidad. Martí presenció en Zaragoza la caída de la República, pese a la enconada resistencia popular del 4 de enero de 1874, pudo disfrutar de la amistad de su querido Fermín Valdés y gozó de las mieles de un primer amor, encarnado en la persona de Blanca Montalvo («Que allí tuve un buen amigo, / Que allí quise a una mujer»). También en Zaragoza concluyó el drama pasional en prosa Adúltera, que había comenzado a escribir en Madrid.
Con todo este material, el guionista Juan Pérez, Juanarete (Zaragoza, 1967), y la dibujante María Felices (Zaragoza, 1976) han creado el cómic El joven Martí. Son de Cuba en España. Juanarete utiliza como narrador a un personaje histórico como fue el negro Simón, de quien Martí había dejado escrito que «en Zaragoza, cuando Pavía holló el Congreso de Madrid y el aragonés se levantó contra él, no hubo trabuco más valiente en la plaza del Mercado, en la plaza donde cayeron las cabezas de Lanuza y Padilla, que el del negro cubano Simón». Merced a este recurso la trama discurre con fluidez y es posible dosificar la información que se proporciona al lector.
Juanarete introduce elementos de realismo mágico desde el comienzo del libro. Así, el espíritu de María Pilar, hermana fallecida de Martí, intercede ante la deidad yoruba Elegguá, para que proteja y guíe el destino de quien está llamado a ser el apóstol de la libertad de Cuba. Especula el guionista acerca de la posible relación de Martí con los círculos zaragozanos de la Sociedad Progreso Espiritista, de la que formaban parte amigos del escritor cubano como el pintor Pablo Gonzalvo. Advierten los autores en las notas finales que el encuentro que muestra la obra entre José Martí y Santiago Ramón y Cajal no está documentado, aunque ambos personajes bien pudieron cruzarse por las calles de Zaragoza, antes de que el futuro Premio Nobel fuese destinado como médico militar a Cuba.
De la parte gráfica se ocupa María Felices, quien ha desarrollado una amplia carrera como ilustradora, con títulos como El hada de las estrellas, El secreto de Dragus o Silván y los árboles parlantes. Felices asegura que su principal reto ha sido encontrar un lenguaje visual propio, para lo que el color ha jugado un papel fundamental, diferenciando dos universos: el Caribe y la península ibérica. En palabras de la autora, «Cuba se representa con una paleta vibrante y llena de energía, mientras que España aparece envuelta en colores más sobrios y terrosos». El libro concluye con una viñeta a página completa en la que Felices sabe plasmar con gran emotividad el trágico momento en que Martí sucumbe bajo los tiros de las tropas coloniales.







