Las pequeñas cosas

La fábrica de cemento ABC de Arrona empleó a presos republicanos de la cárcel de Ondarreta. Al enterarse que la fábrica colaboraba con Hitler, los presos comunistas sabotearon la producción.

Hubo un tiempo en el que, ante las dudas acerca de lo grande, sobre la correcta realización del ideal supremo, muy erosionado por las derrotas infringidas por el enemigo, pero también por los errores, desvíos, injusticias propias, e incluso aberraciones, se recurría al reducto de las pequeñas cosas, a la necesidad de, a pesar de todo, hacer bien lo propio, ser bueno cada uno en lo suyo. E incluso eso se quedó, digamos que en la esfera ideológica, como una característica nuestra, mediterránea. Eso valía para cada escena de la actividad donde uno actuara, para el arte, la escritura, la música, la fábrica, los estudios, era otra forma de compromiso. En esa ola podríamos incluir, hablando de cantautores donde quizá es más verificable lo que digo, a Serrat, a Sabina, a Krahe, al Luis Pastor de la segunda etapa, a Imanol, entre muchos otros. Si temblaba la certeza de la meta, quedaban los valores de la lucha, lo que nos enriquecía, lo que era concreto y que, en nuestra escala, nos hacía leales a la causa, a pasar que otros la corrompieran. Tal y como dijo Cernuda, en su hermoso poema “1936”:

Por eso hoy la causa me aparece

como en aquellos días:

Noble y tan digna de luchar por ella.

Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido.

A través de los años, la derrota,

cuando todo parece traicionarla.

Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.

Gracias, compañero, gracias,

por el ejemplo. Gracias porque me dices:

Que el hombre es noble. Uno, uno tan sólo basta,

como testigo irrefutable

de toda la nobleza humana.

No se puede decir mejor. Encerrando un balance histórico, y la importancia ética de las acciones personales. Y ese tiempo donde el refugio en el valor de las cosas pequeñas, donde las acciones son individuales pero siguen mirando hacia los valores colectivos, también parece haberse disipado. Quizá es la velocidad de las pantallas, la alienación extrema que vivimos, es decir la externalización de los deseos gobernados por otros, por el sistema, que lo ha sepultado. Y yo, que estaba terminando una novela sobre unos acontecimientos reales, sucedidos en un destacamento penal de presos republicanos, me encontré de bruces con un ejemplo mayúsculo de esa actitud que describía Cernuda, y que quiero compartir.

Durante los años 1943 y 1944, la fábrica de cemento ABC de Arrona, una aldea guipuzcoana situada a una treintena de kilómetros de San Sebastián, empleó a presos republicanos de la cárcel de Ondarreta. En complicidad con las autoridades franquistas, como sucedía en tantos lugares de España, las cárceles cedían sus presos a las empresas, para que los utilizaran como mano de obra, como esclavos. En este caso, los presos, unos ciento cincuenta hombres, eran empleados para la construcción de un tendido aéreo con vagonetas, con el que la empresa quería enlazar la fábrica con las canteras de Itziar, de donde extraía la piedra, situadas en un monte a 8 kilómetros; para así abaratar el coste del continuo traslado del material en camiones. En eso se empleaban disciplinadamente los presos, hasta que se enteraron de que la empresa colaboraba, de acuerdo con las autoridades franquistas, con el régimen hitleriano alemán, y vendía parte de su producción de cemento a los nazis, para la construcción del Muro del Atlántico, con el que querían defenderse del ataque Aliado.

Esa media docena de comunistas presos en una remota aldea, sin contacto con el exterior, se sentían valiosos, importantes, una célula más en la lucha antifascista mundial

Al conocer esta noticia, gracias a que uno de los presos se había granjeado la confianza de la oficina de la fábrica, la media docena de presos comunistas del destacamento, decidió sabotear la producción. Como eran los encargados de preparar el hormigón para los cimientos de las torres del tendido aéreo, cuando la vigilancia de los guardias lo permitía, empobrecían el hormigón y no le ponían armado. Y cuando las torres se instalaron y entraron en carga, varias se derrumbaron. Consiguieron averiar el molino de piedra de la fábrica, y pararon la producción varios días. Cuando iban a ser cazados, consiguieron huir a Francia. Sobre estos hechos reales, yo he escrito una novela, que, sin alejarme de la verdad, permita conocer mejor cómo era la vida de aquellos presos valientes en la bucólica aldea. El edificio donde se encerraba a los presos fue llamado, durante décadas, por los vecinos, “la casa de los solteros”. No puedo imaginarme un eufemismo mayor, y eso también nos dice la importancia de los trabajos de memoria para restaurar la verdad y quitar los disfraces a las cosas.

Lo fascinante de esa historia es cómo, esa media docena de comunistas presos en una remota aldea, sin contacto con el exterior, se sentían valiosos, importantes, una célula más en la lucha antifascista mundial. Y tuvieron el coraje de jugarse la vida para servir a la causa. Su conciencia les dictó lo que tenían que hacer, el bien. Y sus acciones, pequeñas aparentemente, se hacen gigantes en el ejemplo, y así contribuyen a rehabilitar el ideal. Ellos son los que inmortalizó Cernuda en su poema, son de carne y hueso, concretos, reales, ellos son los testigos irrefutables de toda la nobleza humana.

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