Cuba, una fruta verde que no caerá

Trump es el primer presidente en confesar que el bloqueo existe, que es brutal y altamente criminal e inhumano.

El presidente Donald Trump está creído que la fruta ya está madura en el caso de Cuba y basta con estirar la mano para que Estados Unidos tome su control de forma “amistosa», sin desbaratarla, como había amenazado dos meses antes cuando en una evaluación de la resistencia del pueblo, admitió que había hecho de todo, pero sin resultado alguno.

Tiene un mérito: es el primer presidente en confesar que el bloqueo existe, que es brutal y altamente criminal e inhumano. Cuba lo estuvo denunciando 64 años y Washington el mismo tiempo negándolo. Pero la admisión de Trump no es baladí.

Sus “especialistas”, entre ellos el secretario de Estado, Marco Rubio, de padres y abuelos cubanos, analizan con una visión muy calculadora y frívola —así debe hacerse cuando se ha trabajado duro para provocar un holocausto— llegaron a la conclusión de que sí es cierta la teoría de la fruta madura de John Quincy Adams, quien la formuló el 28 de abril de 1823 cuando ocupó la  Secretaría de Estado, y creen demostrarlo con el puntillazo que le dio Trump a la isla al extender el cerco económico al terreno energético. ¡Ya dan ganada la batalla!

¿En qué se basan para considerar creadas las condiciones para derribar la Revolución sin disparar un tiro? ¿Por qué esa benevolencia de no convertir en escombros con bombas y misiles a la hermosa Habana y otras ciudades, ya muy destartaladas y con edificios apuntalados desde hace años por el bloqueo?

Bueno, en primer lugar, porque evalúan como un éxito del cerco petrolero que se ha realizado gracias al ingenio y la valentía de Trump de enfrentar el vendaval de críticas y denuncias mundiales de crimen de lesa humanidad.

¿Dónde radica ese éxito, según Trump? El propio presidente y su secretario de Estado lo sintetizaron en una sola frase muy ilustrativa y convincente para ellos: “Cuba no tiene de nada. Es muy pobre. Carece de recursos”. Es decir, el bloqueo condujo a la ruina la economía del país, y lo dan como una consecuencia irreversible. En su óptica, es un crimen no susceptible de juicio, sanción y castigo, aunque sea de lesa humanidad y viole todos los derechos instituidos. Nadie se atreverá a sancionarlo, y mucho menos la ONU.

El bloqueo les ha quitado todo a los cubanos, como se jacta el mandatario y corea Rubio, y allí radica la gran victoria y el extraordinario poder de Trump, y a los cubanos no les queda otra alternativa que aceptarlo. Estos son sólo algunos ejemplos de esa victoria:

Ya Cuba no puede alardear de ser una potencia médica. El índice de niños muertos al nacer, que llegó a ser casi cero, subió como la espuma en apenas un año y un mes. Ya casi no hay forma de salvar ni a niños, mujeres, ancianos, no solamente de cáncer, sino de hasta un dolor de estómago o de muelas. Los ciegos por cataratas u otros males, no podrán ver.

Las estanterías de todos los hospitales y de cualquier especialidad, están llenos de polvo, no de instrumentos médicos, los laboratorios no producen medicinas, ya no pueden hacer vacunas y salvar vidas como cuando la Covid 19, y como no hay manera de fumigar, los mosquitos transmisores invaden el país.

Los virus entran en una promiscuidad asesina y vuelven locos a los médicos porque se pueden juntar en un mismo organismo humano hasta tres o cuatro enfermedades diferentes sin poder determinar si es dengue, chikungunya, oropouche o AH1N3. La gente fallece, no importa quién sea, pero muere.

Las intervenciones quirúrgicas solo pueden realizarse si hay gasolina para que la planta eléctrica funcione, pues, de lo contrario, no se puede correr el riesgo de operar porque no hay garantías de que no haya apagón. Las montañas de basura sin poderse recoger, contribuyen al deterioro intencional del sistema de salud y eleva el estrés social.

La industria de alimentos existe en teoría, las fábricas ya no tienen ni techos, y una gran cantidad de sus mecanismos y engranajes oxidados por falta de materiales para su mantenimiento, o porque están paralizadas y ya no producen alimentos.

Las tetas de las vacas que han sobrevivido están secas porque no hay pastos, ni regadíos, y no dan leche suficiente para los niños y los ancianos. Los bueyes no tienen fuerza para arar por la escasez de forrajes. Los tractores son cosa del pasado, y los campesinos que aún poseen sus tierras secas como desierto, regresan al azadón y rezan para que San Pedro les lleve agua porque hasta los molinos de vientos se han corroído.

Trump y sus asesores lo calcularon todo para buscar vencer. Conocían al detalle el estado de las termoeléctricas, casi todas con más de 60 años de antigüedad y piezas de repuesto que ya no existen; hay que inventarlas, y las tuberías se revientan.

Convirtieron las urbes en siluetas por los apagones hasta de 24 horas al día y muchos días seguidos, con la gente sin poder dormir, resistiendo calores descomunales de hasta 40 grados centígrados, y taponeando los pulmones de los enfermos con EPOC por el humo del carbón —si se consigue— de la leña  o tablas de cajones viejos y maderas carcomidas que son buscadas en los basureros como el santo Grial, para poder cocinar lo que con mucho esfuerzo lograron encontrar en una placita agrícola donde queda en minutos el salario que obtuvieron en un mes de trabajo.

Las motos eléctricas y bicicletas que han sobrevivido a la escasez de recámaras o baterías, no pueden recargarlas porque no hay electricidad constante, y las otras de combustible porque no hay gasolina, petróleo o neumáticos. Los autobuses no circulan, y las líneas del ferrocarril se deterioran.

Trump fue genial en sus cálculos. El tomó el lápiz en la mano y comprobó un millón de veces que 2 x 2 = 4. Traducido a su proyecto de reducir a la rendición a Cuba sin gastar municiones, tal ecuación fue, grosso modo, la siguiente:

Si quito el petróleo, paralizo el transporte de carga y de pasajero, si acabo con este, los obreros no pueden ir a trabajar, y las fábricas dejan de producir por falta de electricidad y mano de obra. Si cierran, se crea un estancamiento industrial, y entonces a las bodegas y centros comerciales no llega nada, y si no hay alimento en casa, el estrés se apodera del ama de casa, de sus hijos, de su marido, y sobreviene el caos social.

Los jóvenes se rebelan porque no tienen cómo divertirse, el ocio recreativo se evapora y todo se convierte en sufrimiento. Caen en la droga, se convierten en basura, le echan la culpa al gobierno y, finalmente, lo apoteósico, lo esperado con tanta ansiedad: ¡La fruta se pudre! Estas no son conclusiones de Inteligencia Artificial, sino de un presidente de una gigantesca nación 87 veces más grande que la islita caribeña considerada por él un peligro para su seguridad nacional.

En medio de esa tragedia, llega la propuesta, o el deseo, de Supermán, del King, con una solución también genial: ¡Tomar el control de Cuba de manera amistosa!, como si fuera amor lo que hubiera dado.

Todos sus algoritmos coincidieron: los de la amenaza y la mentira, hasta los reflejos condicionados de un poder omnímodo con ejemplos específicos de lo que es capaz de hacer.

Por ejemplo, apuntar sus cohetes de nuevo contra Irán y atacarlo brutalmente por segunda vez con objetivos que a los iraníes y el mundo los hace llorar, como el ataque sionista a una escuela con cientos de niños asesinados, pero a ellos les provoca un sonrisa de satisfacción. Bombardear y secuestrar a un presidente para robarle el petróleo a un país, asaltar buques como piratas de nuevo tipo, asesinar en altamar, y crear miedo pánico entre los cubanos, o colombianos y a todo quien se atraviese en su camino.

Y, en ese contexto, un extraño suceso de una lancha con mercenarios armados hasta los dientes, no con misiles ni cañones para asaltar el Morro de la Habana, sino ligeras, e incluso caseras, para hacer sabotajes y atentados y matar civiles.

Sin lugar a dudas, Trump y su carnal Marco Rubio, están pletóricos por el avance de sus planes. Ven, como en cámara lenta, la fruta desprendiéndose de su rama cayendo hacia sus manos extendidas como embudos.

Hay júbilo porque creen haber constatado la teoría de la relatividad de Einstein, sienten flexos sus brazos, pero en su inconcluso metaverso no se percataron de que la ciencia ya admite la existencia de una quinta dimensión extra, avizorada en aquella época, pero aún bajo estudio.

Trump y Rubio quizás pudieran confirmarla si escudriñaran milímetro a milímetro el cuerpo físico de cualquier cubano, de la edad que más les guste, y van a darse cuenta de qué tipo y forma es esa quinta dimensión, de que sí existe, y sacar con su corroboración conclusiones de por qué, 67 años después y 13 presidentes estadounidenses de por medio, el cubano sigue siendo risueño y patriota, y la fruta sigue muy firmemente pegada a su tronco. Incluso hasta podrían tocarla ambos para comprobar su dureza. Tal fruto es muy conocido, y los españoles lo mencionan mucho a boca llena. Para los mexicanos, es de la chingada.

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