En la medida en que las masacres genocidas que ha sufrido la franja palestina de Gaza han bajado exponencialmente en intensidad, el movimiento de solidaridad mundial con Palestina se ha reducido considerablemente. Cuando el horror ya no es televisado porque no tiene suficiente magnitud y no salpica de sangre los sofás, la atención y la espoleta de la movilización contra el genocidio decaen.
Se iguala así Gaza con Cisjordania, el enclave palestino con mayor población —3,5 millones de personas, incluyendo Jerusalén—, que desde el 7 de octubre de 2023 ha visto también el enorme crecimiento de las políticas de robo de tierras, de crímenes genocidas y de ahogo económico que están pasando desapercibidas para la mayoría de la opinión internacional.
El pasado 17 de febrero, Israel bombardeó un edificio del campamento de Ain al-Hilweh, situado en el sur del Líbano. La complicidad del gobierno de Trump con los crímenes de Israel fue expresada por el embajador de EE. UU. en Israel, Mike Huckabee, quien declaró que «Israel tiene un derecho bíblico a controlar la región desde el río Éufrates hasta el río Nilo».
La asfixia económica de Cisjordania viene de la mano del control de la banca israelí sobre las empresas y bancos palestinos. En Cisjordania, así como en Gaza, la única moneda circulante es el séquel. Palestina acumula séqueles, pero los bancos israelíes tienen un tope de cambio de esa moneda disponible y se niegan a cambiarla por dólares o dinares jordanos, lo que permitiría diversificar las importaciones desde Cisjordania.
La asfixia económica se complementa con la política de terror de los colonos israelíes hacia los campesinos palestinos. El 12 de febrero, decenas de colonos atacaron la localidad de Masafer Yatta, en el sur de Cisjordania. Durante horas, golpearon a los residentes, robaron decenas de ovejas, incendiaron propiedades y reservas de leña, rompieron ventanas y rociaron casas con aerosol de pimienta. Los hombres fueron detenidos y obligados a sentarse en el suelo, mientras mujeres y niños fueron agredidos. Todo ello con la complicidad de los soldados israelíes. No se trata de un hecho aislado: estos sucesos son cada vez más frecuentes desde octubre de 2023. Los colonos matan o roban el ganado, queman y arrancan olivos y prenden fuego a casas y vehículos palestinos.
Para cerrar el círculo de asfixia sobre la población palestina, el pasado 8 de febrero el gobierno aprobó una serie de medidas que permiten el robo legal de tierras palestinas por parte de los colonos. Una de ellas consiste en reabrir los procedimientos de registro de tierras en Cisjordania por primera vez desde 1967, cuando, a través de la guerra de los Seis Días, Israel ocupó militarmente Cisjordania y Gaza. Esta norma permitirá registrar grandes extensiones de territorio palestino, ocupado ilegalmente —según la ONU—, como «tierras estatales» de Israel. Otra de las medidas es la derogación de la ley por la cual estaba prohibida la compra de tierras en Gaza y Cisjordania por israelíes o extranjeros.
Sobre la continuidad del genocidio en Gaza, basta con citar el número de personas asesinadas desde el primer día de la tregua, el pasado 11 de octubre de 2025: 611 personas muertas y 1.630 heridas. Aproximadamente, 150 personas asesinadas mensualmente, lo que sigue constituyendo un gran crimen genocida, aunque, ciertamente, ese número de víctimas era diario durante los dos años que ha durado el genocidio intensivo.
El relato de un residente en Gaza, Qasem Waleed El-Farra, ilustra cómo se pretende ahogar la resistencia para forzar su rendición y expulsión de la parte que ahora ocupa y que está constreñida al 40 % del territorio de Gaza.
Por la mañana, aún de noche, ya no se oye el llamamiento a la oración —no quedan mezquitas—, sino el de los camiones que reparten agua relativamente potable. Perder la oportunidad de recoger algo de esa agua es una tragedia. Son cinco hermanos que viven junto a su madre en una tienda de campaña de 20 metros cuadrados, que debe ser reparada constantemente. La vida en Gaza no se rige por el reloj, sino por la tarea constante de sobrevivir. Además de conseguir agua, hay que buscar leña, hacer fuego, conseguir comida y obtener agua para el lavado: un agua verde amarillenta que se usa para lavar la ropa y los utensilios de cocina y para preparar, normalmente, la única comida del día. Si queda algún hueco entre esas tareas, intenta estudiar, pero siempre alerta ante la posibilidad de conseguir agua o comida. Viven con el miedo a volver a pasar hambre; considera que el hambre fue la peor fase del genocidio. Su mayor alegría es mirar las estrellas por la noche. No hay electricidad y todo está oscuro. Así puede disfrutar del cielo y sabe que eso no podrá arrebatárselo el ejército israelí.
Como dice Qasem, aun en el sufrimiento hay belleza. El pueblo palestino seguirá resistiendo en Gaza, en Cisjordania y allí donde esté.







