La tremenda reacción defensiva de Irán, inesperada tanto por el equipo de Donald Trump como por el de Netanyahu, ha tenido un efecto demoledor en la estrategia conjunta de Washington y Tel Aviv, mientras los últimos acontecimientos en el campo de batalla parecen estar marcando el momento de que el mundo islámico concentre su fuego contra el sionismo israelí.
Es a lo que ha apelado el presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, al llamar a la unidad islámica y dejar a un lado todo lo que los separe, para impedir que prospere una estrategia geopolítica, concebida por ambos líderes agresores, de convertir a Israel en el imperialismo de Oriente Medio. Pero hasta ahora todo les está saliendo mal y es la guerra en Irán lo que finalmente decidirá el futuro de la región.
Ya el conflicto era grave para EE.UU. e Israel desde la oleada 39 de la Operación Promesa Verdadera 4 del 11 de marzo cuando el Comando de la Guardia Revolucionaria Iraní escaló el nivel tecnológico y aumentó la letalidad de sus armas con misiles balísticos multiojivas Gadr, Khorramshar y Emad. Pero la contraofensiva iraní remontó el sábado 21 sus propios horizontes con un devastador ataque a Arad y Dimona, donde radica desde finales del siglo pasado el Centro de Investigación Nuclear del Neguev, principal instalación de su tipo de Israel.
La imposibilidad de interceptar los misiles que detonaron en el área, los enormes daños causados y las bajas militares, pueden considerarse un punto de inflexión del conflicto, no esperado ni por Trump ni por Netanyahu.
Ambos están entrampados en su propia creación. Trump, al haber optado por la variante militar israelí en lugar de continuar las negociaciones para conseguir un entendimiento pacífico, y mentir de tal manera sobre su supuesto triunfo militar que ya no lo creen y, por el contrario, piensan que está derrotado y no sabe cómo salir del atolladero.
Hasta las bases del MAGA le cuestionan haberse metido en una guerra que su mismo desarrollo y evolución les ha permitido apreciar que no es de Estados Unidos, sino de Israel, nada que ver con la justificación de Trump de impedir el desarrollo de la bomba nuclear que ponía en peligro la seguridad nacional. Lo real era el interés de los sionistas de cambiar el régimen islámico por uno afín a Tel Aviv como pretenden en Gaza y en Líbano.
En la misma medida en que a ambos les fueron fallando sus cálculos de victoria militar, Trump fue dejando ver su identificación con esos objetivos sionistas, bien alejados de la supuesta protección a la seguridad de Estados Unidos como había mentido. En su círculo cero ha ido ganando terreno la corriente que desaprueba la guerra y lo acusa de aceptar los puntos de vista de Netanyahu por encima de los de EE.UU.
Esas contradicciones saltaron hacia las bases y direcciones locales del MAGA donde también avanza el criterio de que su adhesión a Israel puso en segundo plano al “América primero” que fue el canto de sirena con el que Trump los atrajo, pero los engañó y defraudó al anteponer sus intereses personales a los de la nación.
La carta de renuncia escrita y firmada por Josep Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo, ha sido un golpe demoledor para Trump y crea un precedente de extrema importancia política, ya que se trata de una denuncia inédita, muy seria, de que él llevó personalmente al país sin siquiera contar con el congreso, a una guerra que ni le interesaba ni quería el pueblo estadounidense.
Netanyahu también está metido en honduras porque ni él, ni sus asesores, ni la comunidad de inteligencia, imaginaron jamás una reacción de tal naturaleza y envergadura de los iraníes, ni que el asesinato del ayatolá y muchos altos dirigentes, no alteraría el funcionamiento ni la organicidad del gobierno islámico y de sus fuerzas armadas.
Además, el mito de la inviolabilidad de la cúpula de hierro para dar tranquilidad sicológica al pueblo hebreo por ataques enemigos, desapareció con los imparables ataques coheteriles como el de Dimona, el lugar miliarmente más protegido de Israel, que le acarreará consecuencias muy serias en sus relaciones con la población.
A Trump ya no le es posible esconder que está perdiendo la guerra, o que no la va a ganar, y amenaza con una invasión de la infantería que le va a costar cientos o miles de bajas mortales. La idea no es recomendable.
De no hacerlo, tendrá que lanzar una bomba atómica a Irán como ya hicieron en Hiroshima y Nagasaki, o pensar en una retirada o, lo más peligroso, en otro tipo de acción brutal que él crea pueda desviar la atención de sus problemas, salir airoso como sucedió con el secuestro de Nicolás Maduro, y eliminar el peligro latente de un juicio político que lo saque de la Casa Blanca antes de las elecciones intermedias de noviembre próximo.
Esta última posibilidad debe poner sobre sospecha y máxima atención a todos los países y gobiernos sensibles a ser usados en esa truculencia a la cual recurre cada vez que se ve acosado por algo gordo, como la denuncia de pederastia y acoso erótico con el delincuente sexual Epstein, datos de delito fiscal por evasión de impuestos, y otros muchos casos penales como los 24 por los que lo juzgaron y culparon, pero no sentenciaron, antes de asumir esta segunda presidencia.
La misma vigilancia se debe tener en todos los procesos de negociación en curso que tengan que ver con Trump, pues los puede tomar de excusa para sus despiadadas órdenes ejecutivas que casi siempre firma cuando está en apuros o prepara acciones agresivas como sucedió con Irán, Nigeria y Venezuela, y como ha intentado hacer con México, e incluso en su propio país en los estados no controlados por republicanos.
México y Canadá, por ejemplo, discuten en estos tiempos asuntos del tratado comercial tripartito T-MEC, del que Trump despotrica y ha querido romper o eliminar; también las conversaciones acerca del narcotráfico con la presidenta Claudia Sheinbaum a quien presiona para que permita intervenciones militares en su territorio, o las que ha iniciado con Cuba, país del cual dice cualquier barbaridad, y también las que lleva a cabo sobre Ucrania con Putin, además de otras informales con Europa sobre la OTAN a la cual denigra.
Cualquier cosa se le puede ocurrir en todos esos ámbitos si le sirve para cubrirse del juicio sobre sus culpas, y en ese sentido no le interesa si se trata de aliados, como el presidente francés, el canciller alemán o el primer ministro británico, a quienes a cada rato los trata como trapos de limpiar el piso porque su lenguaje es muy vulgar.
Todavía nadie sabe cómo ni cuándo va a terminar la guerra iraní, ni quién lo va a hacer, lo cual significa que, si la situación interna se le complica en Estados Unidos, más posibilidades hay de que trate de cubrirlas con escándalos gruesos provocados en el exterior.
Lo que sí queda claro es que a Trump no se le debe creer lo que diga y que él y su amigo sionista no batallan contra Irán desde una posición de fuerza como aparentaban al inicio, sino desde un sentimiento de derrota, lo cual no implica debilidad porque siguen siendo militar y económicamente muy fuertes.
El asunto es que presienten que sus ambiciones de convertir a Israel en el imperialismo del Oriente Medio como parte de una estrategia geopolítica más global del capital financiero e industrial para intentar unir al Oriente Medio con el hemisferio occidental y enfrentar así en esta época de cambios a China, Rusia, la India y otras potencias, se están yendo a bolina y eso los estresa, como diría un buen lingüista.







