Imagino a Rosa y a Karl capitaneando orgullosos las dos formaciones, continuando aquí la batalla arrebatada en Berlín. Bajo sus banderas, unos ochocientos milicianos por cada batallón, marcharon al frente, en Villareal, en Markina, en Sollube, en Peña Lemona, en Bilbao, en Cantabria. Dejando cientos de bajas y muertos. Fueron batallones ejemplares, cohesionados por la fuerza de los ideales que, a buen seguro, sus Comandantes invisibles, Rosa y Karl, les insuflaban.
Aquella fue una guerra en la que el componente ideológico era decisivo. En la aplastada revolución alemana, Karl y Rosa subrayaron la importancia de la madurez y la preparación revolucionaria en el proletariado para alcanzar la victoria. Los comunistas alemanes libraron la batalla con honor, incluso sabedores de su derrota.
Y de esa enseñanza de Berlín, de las derrotas, tomó nota la República, y la principal fuerza que la defendió, los comunistas.
Cuando Milton Wolff, el legendario Comandante de la Brigada Lincoln en la Guerra Civil, volvió a España tras la desaparición de la dictadura, fue invitado a varios homenajes. En todos ellos, los republicanos españoles agradecían solemnemente a Milton, y en su nombre a todos aquellos norteamericanos de la Lincoln, que vinieran a combatir aquí por la libertad. Milton, para sorpresa de la mayoría, les reprobaba el gesto, y contestaba: “No, no sois vosotros quienes nos lo tenéis que agradecer, al contrario, somos nosotros los que tenemos que agradeceros, al pueblo español, que nos permitierais luchar a vuestro lado contra el fascismo”.
Recordando esto, en este enero, que siempre es de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, por ser el mes de su asesinato; imagino a Rosa y a Karl como los comandantes invisibles de dos batallones que los comunistas vascos organizaron para enfrentarse a las tropas franquistas. Eran los primeros albores de la guerra, aunque ya se tenía el amargo sabor de la derrota en Irún, en Gipuzkoa, y en el repliegue hacia Bizkaia, aquellos milicianos de las MAOC guipuzcoanas, de la Compañía Roja de Altza, de la Bala Roja, aquellos combatientes de Eibar; de la Columna Larrañaga; más los comunistas de Bizkaia; y los de las merindades burgalesas y la Rioja que escapaban del ejército sublevado, se organizaron en batallones; bautizando a dos de ellos con el nombre de la pareja mártir de comunistas alemanes: el Batallón Rosa Luxemburgo, y el Batallón Karl Liebknecht. Imagino a Rosa y a Karl capitaneando orgullosos las dos formaciones, continuando aquí la batalla arrebatada en Berlín. Bajo sus banderas, unos ochocientos milicianos por cada batallón, marcharon al frente, en Villareal, en Markina, en Sollube, en Peña Lemona, en Bilbao, en Cantabria. Dejando cientos de bajas y muertos. Fueron batallones ejemplares, cohesionados por la fuerza de los ideales que, a buen seguro, sus comandantes invisibles, Rosa y Karl, les insuflaban.
Aquella fue una guerra en la que el componente ideológico era decisivo. En la aplastada revolución alemana, Karl y Rosa subrayaron la importancia de la madurez y la preparación revolucionaria en el proletariado para alcanzar la victoria. Los comunistas alemanes libraron la batalla con honor, incluso sabedores de su derrota. Sabían que eran un eslabón encadenado a las luchas precedentes y futuras, que enseñarían el camino. Y de esa enseñanza de Berlín, de las derrotas, tomó nota la República, y la principal fuerza que la defendió, los comunistas. Por eso se instauraron los comisarios políticos en los batallones, no con un fin punitivo, represor, como el revisionismo histórico de la derecha tantas veces dice; sino con el fin primordial de llevar la conciencia al último hombre de cada batallón del sentido de su lucha, para hacerle ver que combatía por sus intereses de clase, que la joven República, con su potencial de transformación social, era la suya, era suya.
E imagino a Karl y a Rosa también como comisarios políticos invisibles de sus dos batallones, transmitiéndoles sin descanso la idea de que participaban en una batalla decisiva, que se jugaban acabar con la explotación capitalista; insistiendo hasta la saciedad, en cada hombre y mujer, que sólo contando con sus propias fuerzas podrían obtener la victoria, que la clase obrera sólo puede conseguir la liberación por sí misma, con su movimiento. Karl y Rosa lo comprendieron con un precio muy alto, el de sus vidas, pero quedó su ejemplo de lealtad, de fidelidad a la clase trabajadora frente a los traidores. En España, en Euskadi, se trataba de conseguir que cada combatiente diera lo mejor de sí, por él, para él, por su propia causa, y que sintiera ese combate como tal, como suyo, por eso y para eso nacieron los comisarios.
Esta idea de la fuerza de la clase obrera consciente, revolucionaria, y el papel de sus líderes, la señaló con claridad, pocos meses después del asesinato de Rosa y de Karl, su compañero Eugen Leviné, detenido y fusilado en mayo de 1919.
“Los trabajadores pelearán cualquiera que sea nuestra instrucción. Un revolucionario no está menos dispuesto a dar su vida para defender el honor de su causa que el patriota que lucha hasta la última zanja y prefiere la muerte antes que rendirse. Los trabajadores sólo despreciarían a un líder que cayera por debajo de sus propias normas de honor revolucionario, habiendo predicado, sin embargo, de antemano, el sacrificio de armas. Puede parecer irracional, pero no se lograron grandes logros sin este espíritu”.
Era lo que habían aprendido en Alemania. Y en este mes de homenaje, desde Euskadi, desde España, os decimos, Rosa y Karl, lo mismo que nos dijo Milton Wolff: “Gracias por habernos contado las enseñanzas de la revolución, gracias por permitirnos usar vuestra bandera, y gracias por el honor de dejarnos pelear con vosotros como jefes, como comisarios, como comandantes”.
Y de oírnos, ellos nos habrían contestado con un solo grito:
¡Abajo las fronteras!








