Cuba frente al cerco imperialista: energía, vida y la urgencia del internacionalismo

En Cuba se está poniendo a prueba la capacidad de la humanidad para defender la vida frente a la lógica de la dominación. Y en esa prueba, la neutralidad no existe.
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Miembros europeos del Convoy Nuestra América a Cuba llegaron a Cuba el 18 de marzo desde Italia | radioprogreso.icrt.cu
Miembros europeos del Convoy Nuestra América a Cuba llegaron a Cuba el 18 de marzo desde Italia | radioprogreso.icrt.cu

La experiencia del apagón eléctrico vivido en España hace algo menos de un año permitió constatar, de forma inmediata y tangible, hasta qué punto la energía constituye el soporte material de la vida social contemporánea. En cuestión de horas se alteraron rutinas básicas, se paralizaron servicios y se generó una sensación colectiva de vulnerabilidad. Aquella interrupción breve y excepcional ofrece una referencia útil para dimensionar, con mayor profundidad, la situación que atraviesa hoy Cuba, donde la interrupción del suministro energético forma parte de una realidad sostenida en el tiempo y determinada por decisiones políticas externas, injerencistas y colonialistas.

El 28 de enero, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que intensifica el cerco sobre la isla, con efectos directos sobre el acceso al combustible. Desde el 29 de enero no ha entrado ni una sola gota de petróleo en Cuba. Este dato define el marco en el que se desarrolla la vida cotidiana del país. La energía deja de ser un recurso disponible y pasa a convertirse en un bien extremadamente limitado, cuya ausencia condiciona cada dimensión de la existencia social.

Los hospitales cubanos trabajan en condiciones límite. Afecta a las incubadoras, máquinas de diálisis y quirófanos. También vuelve extremadamente difícil el transporte y acceso a alimentos

Las consecuencias se manifiestan con especial crudeza en el sistema sanitario. Los hospitales cubanos trabajan en condiciones límite. Las incubadoras dejan de funcionar con regularidad, lo que obliga al personal sanitario a sostener manualmente la respiración de bebés prematuros para mantenerlos con vida. No se trata de una hipótesis ni de un riesgo potencial: es algo que está ocurriendo cada día. Las máquinas de diálisis se detienen o funcionan de manera intermitente, lo que afecta directamente a pacientes cuya supervivencia depende de ese tratamiento. Los quirófanos no pueden operar con normalidad, lo que retrasa intervenciones urgentes y agrava cuadros clínicos que requieren atención inmediata. La práctica médica se ve forzada a retroceder hacia soluciones de emergencia en un contexto en el que la tecnología, plenamente disponible en condiciones normales, queda inutilizada por la falta de energía.

La crisis energética atraviesa también la vida cotidiana de la población. La falta de combustible impide el transporte regular de alimentos entre distintas regiones de la isla. Cada territorio depende en gran medida de su propia capacidad productiva, lo que genera desequilibrios significativos. En La Habana, donde la producción agrícola es prácticamente inexistente, el acceso a alimentos se vuelve extremadamente difícil. A esta situación se suma la imposibilidad de conservar productos perecederos debido a los cortes eléctricos, lo que provoca pérdidas constantes y reduce aún más la disponibilidad de alimentos. Las familias reorganizan su vida diaria en función de la incertidumbre energética, enfrentando dificultades permanentes para garantizar necesidades básicas.

Esta realidad se inscribe en una política de presión externa que actúa directamente sobre las condiciones materiales de vida. La restricción del acceso al combustible impacta de forma inmediata en la capacidad de un país para sostener su sistema sanitario, su red de abastecimiento y su organización social.

El imperio coloca a Cuba una soga al cuello, aprieta y, al mismo tiempo, acusa a la isla de no poder respirar. “Creo que tendré el honor de tomar Cuba (…) puedo hacer lo que quiera con ella”, ha dicho Trump

El imperio coloca a Cuba una soga al cuello, aprieta y, al mismo tiempo, acusa a la isla de no poder respirar. Donald Trump, tras intensificar a esta situación, instrumentaliza el enorme sufrimiento provocado por su país contra el pueblo cubano, aplicando de forma coherente una línea histórica y criminal de actuación de las distintas administraciones estadounidenses contra el pueblo cubano y su soberanía.

Esa línea fue formulada de manera explícita el 6 de abril de 1960 por Lester D. Mallory, entonces subsecretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos, en un memorándum secreto que definía con claridad los objetivos de Estados Unidos hacia Cuba: “La mayoría de los cubanos apoyan a Castro… el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales… hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”.

En coherencia con esa estrategia, el pasado 16 de marzo, desde el Despacho Oval, Trump declaró: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba”. Insistió en esa idea con mayor claridad: “Tomar Cuba de alguna forma, sí, tomar Cuba. Es decir, si la libero, la tomo. Creo que puedo hacer lo que quiera con ella, si quieres saber la verdad”. Además, exigió la salida del presidente legítimo y constitucional de la República, el compañero Miguel Díaz-Canel.

Quizá el actual inquilino de la Casa Blanca no sea consciente de que es el decimotercer presidente de Estados Unidos que intenta someter a un pueblo que decidió no doblegarse ante los dictados del imperio hace ya 67 años.

Respuesta institucional y social

Ante esta situación, la respuesta requiere una implicación activa y concreta. En España existen herramientas institucionales que deben activarse con carácter urgente. El Gobierno tiene la capacidad de poner en marcha mecanismos de ayuda de emergencia dirigidos a Cuba, orientados tanto al suministro energético como al envío de medicamentos y alimentos. Esta acción debe complementarse con el posicionamiento de los parlamentos autonómicos, que pueden aprobar iniciativas de apoyo y facilitar recursos para la cooperación. Las diputaciones y los ayuntamientos también disponen de instrumentos para canalizar ayuda directa, estableciendo programas específicos que contribuyan a aliviar la situación.

Junto a la dimensión institucional, la movilización social adquiere un papel central. El Movimiento Estatal de Solidaridad con Cuba (MESC) ha puesto en marcha una campaña urgente para la recogida de fondos destinados al envío de módulos fotovoltaicos y sistemas de energía solar. Esta línea de trabajo resulta estratégica. La instalación de placas solares permite dotar a hospitales, centros comunitarios y espacios productivos de una fuente de energía autónoma, reduciendo la dependencia de un combustible cuya entrada está bloqueada. Cada instalación de este tipo fortalece la capacidad de resistencia del país en un ámbito esencial.

La participación ciudadana en estas iniciativas constituye una contribución directa a la sostenibilidad de servicios vitales. La articulación entre instituciones y sociedad civil puede generar un impacto significativo si se orienta hacia objetivos concretos y sostenidos en el tiempo.

Cuba enfrenta una situación en la que la energía, la salud y la alimentación están profundamente interrelacionadas. La experiencia reciente en España permite comprender la importancia de estos elementos incluso en interrupciones breves. En el caso cubano, esta situación sostenida exige respuestas a la altura de su gravedad.

La capacidad de respuesta colectiva, tanto en el plano político como en el social, se convierte así en un factor decisivo. La solidaridad, entendida como acción organizada y material, adquiere en este contexto un sentido plenamente concreto: contribuir a sostener la vida en condiciones extremadamente adversas.

Cuba no es solo un país bajo asedio. Es un símbolo histórico de soberanía, dignidad y resistencia. Su caída tendría un impacto en la moral de los pueblos que luchan por su independencia

Cuba no es solo un país bajo asedio. Es un símbolo histórico de soberanía, dignidad y resistencia frente al poder imperial. Su caída tendría un impacto global en la correlación de fuerzas y en la moral de los pueblos que luchan por su independencia.

Cuando Donald Trump y los sectores más agresivos del poder estadounidense intensifican el cerco, actúan también contra la idea de que un pueblo pueda decidir su destino al margen de los intereses y dictados del imperialismo.

Defender a Cuba es defender esa posibilidad, es defender la soberanía y el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Es defender la paz, la solidaridad y el concepto mismo de humanidad.

El apagón en España mostró la importancia de la energía para el modo actual de vida. Cuba muestra lo que ocurre cuando esa energía se convierte en objetivo de una política de asfixia.

Frente a ello, la respuesta exige acción: movilización política, presión institucional y solidaridad material concreta.

En Cuba se está poniendo a prueba la capacidad de la humanidad para defender la vida frente a la lógica de la dominación.

Y en esa prueba, la neutralidad no existe.

Cuba Vencerá.

Cuba no está sola.

Patria o Muerte, Venceremos!!!

(*) Responsable de Relaciones Internacionales del PCE