Guerra nuclear

El problema, es que, aunque lo parezca, ya no son personas quienes dirigen nuestros destinos sino operaciones financieras que no atienden más que al crecimiento de sus gráficos.
Dividendos | Fuente: Nick Chong / Unsplash
Fuente: Nick Chong / Unsplash

Andan los sugestionables habitantes de nuestro primer mundo preocupados, y no es para menos, por las noticias que apuntan al inicio de la tercera guerra mundial, llamada de nuevo, la madre de todas las guerras, aunque todos sabemos que, si se llevara a cabo, sería la viuda de todas las viudas.

No voy a negar que el peligro de un estallido nuclear exista. Quienes tienen la capacidad de apretar el temido botón rojo, no son en absoluto personas fiables, basta reparar en el pedófilo anaranjado y su colega, el insaciable genocida. Pero, aunque uno siempre confía en que a nadie le interesa desaparecer del mapa, también sabe que el hambre se calma con pan, la sed con agua, mientras que la avaricia no tiene límite. Y eso es lo más preocupante.

El presupuesto de destrucción está basado en las ganancias que tendrán las multinacionales con la reconstrucción de los países que ellas mismas han alentado destruir

Por avaricia se ha destapado la caja de Pandora en el mal llamado Medio Oriente; por avaricia se crean conflictos para mantener distraídos a los habitantes de los lugares más al sur del sur del mundo y así poder saquear sus riquezas a placer; por avaricia, la industria armamentista necesita de guerras modernas y de otras clásicas —de menor intensidad las nombran— para vender los sobrantes de las primeras; por avaricia, el presupuesto de destrucción, que lo hay, está basado en las ganancias que tendrán las multinacionales con la reconstrucción de los países que las mismas multinacionales han alentado destruir. Así está el planeta.

El problema, lo que hace imprevisible el problema, es que, aunque lo parezca, ya no son personas quienes dirigen nuestros destinos sino operaciones financieras que no atienden más que al crecimiento de sus gráficos y a la implacable tiranía del algoritmo. Son éstos quienes han cogido las riendas del poder. Los humanos que ejecutan sus dictados, no son dueños, sino esclavos de la cultura de la acumulación y, por más que unos pocos se beneficien más que el resto, todos participamos del festín.

Amparados por una suerte de ceguera colectiva, de amnesia interesada, seguimos manteniendo un mundo donde los seres humanos no son sino un valor a la baja

Amparados por una suerte de ceguera colectiva, de amnesia interesada, seguimos manteniendo un mundo donde los seres humanos no son sino un valor a la baja. Así, mientras nos escandalizamos ante los cuerpos famélicos o los mutilados por las bombas, ideamos software utilizados en misiles, colaboramos en su transporte, inventamos o comercializamos semillas transgénicas que arruinan los cultivos tradicionales y ensanchan el hambre; desahuciamos, expoliamos, arruinamos.

Y lo peor es que nos vivimos como inocentes cuando nuestro mayor delito es callar. Colaborar en el crimen global, no implica ausencia de culpa, sino todo lo contrario.

Hemos permanecido indiferentes ante el genocidio del pueblo Palestino, el secuestro del presidente de Venezuela o el infame bloqueo a Cuba. Y ahora, nos asustamos porque la guerra llama a nuestras puertas. Hablamos de Corea del Norte, de su escalada nuclear. Inventamos bombas atómicas en Irán, como años atrás hicimos con Iraq. No habrá lugar en el mundo desarrollado, donde no se tilde de locos a sus dirigentes, sin reparar que Francia, China, Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia o Israel poseen, no solo un escandaloso armamento nuclear, sino que está desplegado y listo para el holocausto, a lo largo y ancho de esta maltratada tierra nuestra. Nos asaltan todo tipo de íncubos belicistas y no nos damos cuenta que la tercera guerra mundial hace tiempo que ha estallado. Se llama hambre.

Somos nosotros, habitantes de países ricos, opulentos, aunque a veces no lleguemos a fin de mes, quienes tenemos el deber de parar esta locura. La guerra, la auténtica guerra que hay que ganar es la que el capitalismo ha declarado a la humanidad.

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