I. Leer el acuerdo sin anestesia
Cuando una potencia que prometió la victoria total firma un memorando de entendimiento con el adversario al que prometía destruir, hay dos maneras de leerlo. La primera es la de los aparatos de comunicación institucional, que construyen un relato de éxito sobre los escombros de los objetivos incumplidos. La segunda es la del análisis político honesto, que toma el texto tal como es, lo confronta con los objetivos declarados al inicio de la guerra y saca las conclusiones que los hechos imponen. Este ensayo elige la segunda vía.
El memorando de entendimiento acordado entre Estados Unidos e Irán es un documento extraordinario, no solo porque probablemente inaugure por sí solo un nuevo orden regional sino porque constituye, en su literalidad, el registro más preciso disponible de quién ha mantenido y conseguido sus objetivos y quién se ha visto obligado a renunciar a ellos, a todos y cada uno de ellos, y ahora se tenga que centrar en maquillar lo que sin duda en una capitulación. Sus catorce cláusulas son la cristalización diplomática de una correlación de fuerzas que el campo de batalla determinó y que la diplomacia simplemente ha tenido que reconocer.
Donald Trump inició esta guerra proclamando objetivos maximalistas: victoria total, rendición incondicional de Irán, eliminación definitiva del programa de enriquecimiento de uranio, colapso del gobierno islámico. Cuatro meses después, ninguno de esos objetivos se ha materializado. El gobierno de la República Islámica sigue en pie. El programa nuclear no ha sido desmantelado. El acuerdo que se negocia tiene la misma arquitectura fundamental que el pacto de 2015 que Trump presentó en su día como la mayor humillación de la diplomacia estadounidense. Y la única apertura concreta que Washington puede exhibir, el restablecimiento del tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz, no es más que el regreso al estado de cosas anterior a la guerra, lo que equivale a una victoria iraní por definición: Irán recuperó lo que tenía sin ceder nada estructural a cambio.
II. Lo que dicen las catorce cláusulas
El memorando merece un análisis detenido, porque es precisamente en su detalle donde reside la magnitud política de lo ocurrido. La primera cláusula obliga a todas las partes (Estados Unidos, Irán y sus aliados respectivos) a declarar el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano, y a comprometerse a no iniciar ninguna guerra ni operación militar entre sí, a abstenerse de amenazar o utilizar la fuerza mutuamente, y a garantizar la integridad territorial y la soberanía del Líbano. El hecho de que el texto inaugural del acuerdo obligue a la superpotencia a garantizar formalmente la soberanía de un tercer Estado que su propio aliado israelí lleva décadas violando con su armamento y su financiación define el tono de todo lo que sigue.
La segunda cláusula establece el compromiso mutuo de respetar la soberanía e integridad territorial de cada parte y de abstenerse de interferir en los asuntos internos de la otra. En términos concretos, eso significa que Washington firma su renuncia formal a la política de cambio de régimen que ha perseguido contra Irán desde 1979. Es un compromiso escrito que quedará incorporado a una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU, tal como establece la decimocuarta cláusula.
La tercera cláusula fija el plazo para alcanzar el acuerdo definitivo: un máximo de sesenta días, prorrogable por mutuo consentimiento. La cuarta establece que Estados Unidos comenzará de inmediato a levantar el bloqueo naval, completando ese proceso en treinta días, y se compromete a retirar sus fuerzas de las proximidades de Irán en un plazo de treinta días tras la firma del acuerdo definitivo. La retirada de fuerzas no es una concesión menor: es el reconocimiento explícito de que la presencia militar que Washington había desplegado como instrumento de presión y como plataforma de agresión no puede sostenerse en las nuevas condiciones.
La quinta cláusula regula la reapertura del Estrecho de Ormuz. Irán se compromete a permitir el paso seguro de buques comerciales durante el período de negociación y establece que mantendrá un diálogo con el Sultanato de Omán para definir la futura administración del Estrecho en consulta con otros Estados ribereños y de conformidad con los derechos soberanos de los Estados costeros. No hay supervisión internacional impuesta, no hay tutela de ninguna potencia externa: la administración del paso estratégico más importante del mundo para el suministro energético global queda bajo arreglos regionales con Irán en posición central.
La sexta cláusula es quizá la que mejor condensa la naturaleza política del resultado: Estados Unidos se compromete, junto con socios regionales, a elaborar un plan definitivo dotado con al menos trescientos mil millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo económico de Irán, otorgando todas las licencias, exenciones y permisos necesarios para las transacciones financieras pertinentes. El vocabulario es el de las reparaciones de guerra. La potencia agresora se obliga formalmente a financiar la reconstrucción del país que intentó destruir.
La séptima cláusula exige el levantamiento de la totalidad de las sanciones contra Irán, incluidas las derivadas de resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y de la Junta de Gobernadores del OIEA, así como todas las sanciones unilaterales estadounidenses, primarias y secundarias, conforme a un calendario que se acordará como parte del acuerdo definitivo. La décima complementa esta disposición estableciendo que el Departamento del Tesoro emitirá de inmediato exenciones para la exportación de crudo, productos petrolíferos y derivados iraníes, junto con todos los servicios asociados, incluidas las transacciones bancarias, los seguros y el transporte. Y la undécima cláusula libera los fondos y activos iraníes bloqueados o restringidos, con la garantía de que estarán disponibles para el pago a cualquier beneficiario final designado por el Banco Central de la República Islámica de Irán.
La octava cláusula aborda la cuestión nuclear con una precisión que desmiente la narrativa oficial sobre lo que la guerra habría conseguido. Irán reafirma su compromiso bajo el Tratado de No Proliferación de no adquirir ni desarrollar armas nucleares (un compromiso que Irán ha sostenido formalmente durante décadas) y ambas partes acuerdan negociar el destino del material enriquecido almacenado y la cuestión del enriquecimiento en el marco del acuerdo definitivo, siendo la reducción del grado de enriquecimiento in situ bajo supervisión del OIEA la metodología mínima acordada. Lo que no figura en esta cláusula ni en ninguna otra es el desmantelamiento, la limitación unilateral o la rendición del programa nuclear iraní. La novena cláusula precisa que, durante el período de negociación, Irán mantendrá el estatus quo de su programa nuclear mientras Estados Unidos no impondrá nuevas sanciones ni desplegará fuerzas adicionales en la región.
La duodécima cláusula establece la creación de un mecanismo ejecutivo conjunto para supervisar la implementación del memorando y el cumplimiento futuro del acuerdo definitivo. Su importancia práctica es considerable: sin ese mecanismo, las obligaciones de las partes carecerían de instrumento de verificación, y la experiencia histórica de los acuerdos con Estados Unidos aconseja no fiarse únicamente de las declaraciones de buena fe. Irán ha exigido y obtenido ese mecanismo de control.
La decimotercera cláusula es operativamente decisiva y merece una atención especial que los análisis superficiales del acuerdo tienden a omitir. Establece que las negociaciones sobre el acuerdo final no comenzarán hasta que se estén aplicando efectivamente las cláusulas primera, cuarta, quinta, décima y undécima: es decir, el cese de hostilidades, el inicio del levantamiento del bloqueo naval, la apertura del Estrecho, las exenciones petroleras y la liberación de fondos bloqueados. Irán no se sienta a negociar el acuerdo definitivo mientras siga bajo presión militar y económica. Ha exigido y obtenido que las condiciones materiales cambien antes de que la negociación sustantiva comience. Eso es lo contrario de negociar desde una posición de debilidad.
La decimocuarta y última cláusula establece que el acuerdo final será ratificado mediante una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Con ello, el nuevo marco adquiere la máxima legitimidad internacional disponible, lo que convierte cualquier intento futuro de ignorarlo en una violación del derecho internacional con consecuencias diplomáticas que Washington tendrá mucho más difícil gestionar que en el pasado, cuando las resoluciones del Consejo de Seguridad han sido sistemáticamente ignoradas por Israel con el respaldo estadounidense.
Lo que el memorando no contiene: una victoria que se mide por las ausencias
Tan importante como lo que el memorando dice es lo que deliberadamente no dice. Durante años, Washington y Tel Aviv presentaron ante la comunidad internacional dos exigencias que describían como condiciones no negociables de cualquier arreglo con Irán: la limitación o eliminación del programa de misiles balísticos iraní y el cese del apoyo de Irán a los movimientos de resistencia en la región, a los que Estados Unidos, siguiendo el marco narrativo israelí, califica de organizaciones terroristas, en abierta contradicción con el derecho internacional y con la Resolución 3070/73 de la Asamblea General de la ONU, que reconoce el derecho de los pueblos a luchar por su liberación por todos los medios disponibles.
Ninguna de esas dos exigencias figura en ninguna de las catorce cláusulas del memorando. No hay disposición sobre misiles. No hay disposición sobre los grupos de resistencia. Esa doble ausencia es el resultado de que Irán se negó a incluir esas cuestiones en la agenda y mantuvo esa negativa hasta el final. El programa de misiles balísticos, que constituye el principal instrumento de disuasión convencional de Irán frente a la superioridad aérea israelí y estadounidense, permanece intacto y fuera de cualquier negociación futura. El apoyo iraní a los movimientos de resistencia de Palestina, el Líbano y Yemen, que el derecho internacional ampara y que las resoluciones de la ONU reconocen, no ha sido objeto de concesión alguna.
Esto significa que Irán sale de la guerra con su arquitectura de seguridad regional intacta en todos sus componentes: el nuclear, el convencional de largo alcance y el de las alianzas con los movimientos de resistencia. Una potencia que resiste la ofensiva militar más poderosa de las últimas décadas y conserva intacta su capacidad de disuasión en todos sus planos no ha sido derrotada, ha salido fortalecida.
III. La resistencia como categoría política
Para comprender el resultado de esta guerra de agresión no basta con leer el memorando. Hay que comprender qué tipo de proceso político y social lo ha hecho posible, porque la resistencia iraní no ha sido solo una cuestión de capacidad militar. Ha sido, en un sentido profundo, una demostración de cohesión política y social que occidente, estructuralmente, nunca fue capaz de anticipar.
Washington y Tel Aviv construyeron sus planes sobre el supuesto de que la presión exterior aceleraría la fractura interna de la sociedad iraní. Era un error que la historia del imperialismo repite con una regularidad que roza lo patológico: confundir la existencia de tensiones sociales con la disposición de una sociedad a someterse a la potencia que la agrede. Lo que ocurre en la práctica es exactamente lo contrario. La agresión exterior funciona como mecanismo de cohesión. Un pueblo que puede tener diferencias profundas con su propio gobierno descubre, cuando ese gobierno resiste a una potencia extranjera, razones para identificarse con esa resistencia que trascienden las diferencias políticas internas.
Irán ha demostrado durante este conflicto una capacidad institucional, militar y social de resistencia que excede con mucho lo que los planificadores del Pentágono habían calculado. Las instituciones han funcionado bajo presión extrema. El liderazgo ha mantenido la cohesión en condiciones extraordinariamente adversas. El ejército iraní ha demostrado capacidad para responder, mantener operaciones y proyectar fuerza sobre objetivos estratégicos de manera sostenida, hasta el punto de que el arsenal de misiles de precisión estadounidense ha quedado prácticamente agotado sin que la resistencia iraní se doblegara. La sociedad ha cerrado filas en torno a la defensa de la soberanía nacional con una determinación que ha desmentido todos los escenarios de colapso interno que durante años circularon en los centros de análisis de Washington como pronósticos serios.
Hay en esa resistencia una dimensión que el análisis puramente geopolítico tiende a subvalorar: la dimensión de la coherencia política. Irán ha sostenido durante décadas una política exterior coherente con los principios que proclamaba. Ese tipo de coherencia, que sus adversarios califican de intransigencia y que sus aliados reconocen como fiabilidad, tiene consecuencias estratégicas muy concretas: construye una reputación que se convierte en recurso político de primer orden, porque en las relaciones internacionales la credibilidad se gana exactamente así, manteniendo las posiciones propias incluso cuando la presión para abandonarlas es extrema.
La garantía del Líbano: lealtad como condición operativa
Ningún elemento de la conducta iraní durante las negociaciones ilustra mejor ese principio que la exigencia de que el Líbano quedara cubierto por el cese de hostilidades como condición no negociable para que el proceso avanzara. Irán hizo saber desde el principio que no existiría acuerdo mientras la agresión contra el Líbano continuara. Irán no habla por hablar, no hubo nada de performance política en esta declaración. Fue una condición con consecuencias operativas directas: las negociaciones se bloquearon hasta que esa garantía quedó incorporada en los términos más explícitos posibles a la primera cláusula del memorando.
Al proceder de ese modo en el peor momento para hacerlo (bajo bombardeo, con presión militar extrema, con la tentación táctica de aceptar un acuerdo bilateral que aliviara la situación de Irán independientemente de lo que ocurriera en el Líbano), Teherán hizo algo que distingue a los actores políticos con principios reales de los actores que instrumentalizan las alianzas en función de la coyuntura: antepuso el compromiso con sus aliados al alivio inmediato de su propia situación. El pueblo libanés no fue sacrificado en aras de un acuerdo que solo hubiera beneficiado a Irán. Su protección fue condición de posibilidad del propio acuerdo.
Las consecuencias de esa decisión se proyectan mucho más allá de la coyuntura inmediata. En un panorama regional en el que las grandes potencias han demostrado repetidamente su disposición a abandonar a sus aliados cuando el coste de sostenerlos supera el beneficio calculado, la conducta iraní establece un parámetro diferente. Los actores de la región que mantienen alianzas con Irán saben ahora, por experiencia verificada en las condiciones más adversas imaginables, que esas alianzas tienen un peso real. Y la República Islámica ha anunciado que no participará en las negociaciones del acuerdo definitivo mientras la agresión contra el Líbano no cese efectivamente, aplicando en el presente exactamente el mismo principio que determinó el contenido de la primera cláusula del memorando.
IV. Israel: la lógica colonial de la guerra permanente
El análisis de la guerra contra Irán sería incompleto e incorrecto si no abordara la función que Israel ha cumplido en ella, y si esa función se describiera simplemente como la de un aliado influyente que presionó a Washington para que entrara en el conflicto. Lo que ha ocurrido es algo estructuralmente más significativo, y comprenderlo es indispensable tanto para evaluar el pasado inmediato como para anticipar lo que viene.
Netanyahu arrastró a Trump a una guerra de agresión contra Irán garantizándole que el gobierno iraní caería rápidamente, y el narcisista inquilino de la Casa Blanca se dejó arrastrar desoyendo las evaluaciones de los propios servicios de inteligencia estadounidenses, que eran considerablemente más cautelosas. Fue la ejecución de una política expansionista y colonial de la entidad sionista que no coincide con la de Washington y que sin embargo Washington lleva décadas financiando sin comprender, o sin querer comprender, sus implicaciones. Israel utilizó el poderío militar de Estados Unidos para librar su propia guerra de desgaste contra Irán, para intentar crear las condiciones de una desestabilización regional que le resultara favorable, independientemente de cuál fuera el resultado formal del conflicto para Washington.
Esta distinción entre la racionalidad israelí y la racionalidad estadounidense es fundamental para entender por qué Israel sabotea sistemáticamente los acuerdos que su propio patrocinador negocia. El proyecto sionista es un proyecto colonial de asentamiento que, como todos los proyectos coloniales de asentamiento, solo puede sostenerse mientras mantiene la capacidad de expandirse, de excluir a la población nativa de sus derechos y de neutralizar las resistencias que esa exclusión genera. Un proyecto colonial que se detiene deja de justificarse internamente y empieza a generar contradicciones que amenazan su cohesión. Por eso la paz en el sentido real del término, es decir, el reconocimiento de derechos iguales para todos los pueblos de la región, es incompatible con la continuación del proyecto colonial que constituye la razón de ser del régimen israelí. No porque solo sus dirigentes sean irracionalmente belicosos en términos personales, sino porque la lógica estructural del colonialismo de asentamiento no admite estabilidad sin expansión.
Esta incompatibilidad estructural con cualquier forma estable de paz explica comportamientos que de otro modo resultarían inexplicables. Explica por qué Israel saboteó los Acuerdos de Oslo que la favorecían claramente. Explica por qué cada vez que se aproxima un arreglo entre Washington y algún actor regional, Israel encuentra el incidente que lo hace descarrilar. Explica la conducta que ha seguido durante las negociaciones del memorando: continuación de los bombardeos hasta el último minuto antes de cada pausa acordada, mantenimiento de la ocupación del sur del Líbano en abierto desafío a las garantías de la primera cláusula del acuerdo, presión constante sobre el Congreso estadounidense y los grandes medios de comunicación para crear el clima político que haga inviable cualquier concesión a Irán. En el momento en que se escribe este análisis, Israel ha llegado a un acuerdo para un alto el fuego con el Líbano cuya hora de entrada en vigor ha sido ignorada con la misma normalidad con que Israel ignora las resoluciones del Consejo de Seguridad y los dictámenes de la Corte Internacional de Justicia.
El sabotaje israelí al memorando no debe leerse, por tanto, como una desviación táctica de su política habitual. Es su manifestación más lógica y consecuente. Un acuerdo que garantice la soberanía del Líbano, que no contenga ninguna disposición sobre el programa de misiles iraní ni sobre el apoyo iraní a los movimientos de resistencia, y que reconozca el derecho de Irán a su desarrollo económico soberano contradice de manera directa y radical todos los objetivos estratégicos del proyecto colonial sionista. Para Israel, ese acuerdo es una amenaza a las condiciones mismas que hacen posible la continuación de su proyecto expansionista.
La paradoja que esto produce para Washington es extraordinaria y merece ser señalada sin eufemismos. Trump entró en la guerra para apoyar la estrategia regional de Netanyahu. Sale de ella con la necesidad urgente de gestionar a un aliado que puede hacer descarrilar el único resultado que le permite presentar la aventura como algo distinto de una derrota. Ha pasado de ser el actor que diseñaba la campaña a ser el actor que debe contener las consecuencias de que su cliente más díscolo se niegue a aceptar el resultado de la guerra que ese mismo cliente impulsó. El precio de haber subcontratado la política exterior en Asia Occidental a un régimen cuya lógica estructural es incompatible con la estabilidad regional se paga ahora, en el peor momento posible.
V. La obligación de Washington: más allá de la performance diplomática
Ante la perspectiva de que Israel intente hacer descarrilar el memorando mediante nuevas agresiones al Líbano o provocaciones dirigidas a Irán, la posición de Estados Unidos no admite zonas grises. El problema no es solo político en el sentido inmediato: es que Washington ha suscrito compromisos formales cuyo incumplimiento tiene consecuencias que van más allá de la relación bilateral con Teherán.
No basta con que la administración estadounidense realice una performance de distancia crítica respecto a las acciones israelíes, emitiendo declaraciones de preocupación mientras mantiene intactos los flujos de armamento, financiación y cobertura diplomática que hacen posible esas acciones. Ese modelo (declaraciones de preocupación combinadas con apoyo material ininterrumpido) es el que Washington ha practicado durante los años del genocidio en Gaza, y el mundo ha aprendido a leer la distancia entre lo que dice y lo que hace. Esa distancia, en el contexto del memorando, tiene consecuencias jurídicas y políticas muy concretas.
La primera cláusula del memorando garantiza la integridad territorial y la soberanía del Líbano. La segunda compromete a Washington a abstenerse de amenazar o utilizar la fuerza contra Irán. Si Israel agrede al Líbano e Irán decide, en ejercicio de su responsabilidad política y regional, defender a su aliado o defender su propio territorio ante una agresión previsible, la cuestión de quién ha roto el acuerdo no admite ambigüedad: lo ha roto el agresor. Y si Estados Unidos apoya militarmente a ese agresor, será Washington quien haya abandonado los compromisos que suscribió, no Irán quien haya violado el alto el fuego.
Esta distinción debe establecerse con claridad antes de que se produzca el incidente, porque cuando se produzca, y todo indica que se producirá, Israel y sus aliados mediáticos construirán el relato inverso con rapidez y eficacia. La comunidad internacional necesita tener los elementos analíticos para orientarse en ese momento sin dejarse arrastrar por la narrativa del agresor. Y la izquierda internacional, los movimientos antiimperialistas y los partidos comunistas y progresistas tienen la responsabilidad de contribuir a que esa claridad exista antes de que sea necesaria.
VI. El coste global de una guerra innecesaria
Ningún análisis de este conflicto estaría completo sin abordar sus consecuencias económicas y sociales a escala global, porque esas consecuencias afectaron a poblaciones muy alejadas del teatro de operaciones y que no tuvieron ninguna participación en la decisión de iniciar la guerra.
El cierre del Estrecho de Ormuz como represalia iraní interrumpió el tráfico de aproximadamente el veinte por ciento del comercio mundial de petróleo y gas. Las consecuencias fueron inmediatas y se propagaron en cascada: disparada de los precios energéticos, presión inflacionaria generalizada, quiebras en sectores dependientes del transporte marítimo, deterioro de los servicios básicos en economías vulnerables del Sur Global que ya arrastraban secuelas de crisis anteriores. Ese coste fue el precio concreto, medible en facturas de electricidad y en cierres de empresas, de que la superpotencia dominante haya construido su política en Asia Occidental sobre la alianza con un régimen colonial cuya lógica de conflicto permanente convierte cualquier crisis en una amenaza de interrupción del suministro energético mundial.
A ello se añaden los costes directos para Estados Unidos: el agotamiento prácticamente completo del arsenal de misiles de precisión, que ha expuesto una vulnerabilidad logística de primer orden que los adversarios estratégicos de Washington han registrado con atención; las decenas de soldados muertos o heridos; la destrucción de aeronaves, drones y sistemas de armas de última generación; y los miles de millones de dólares consumidos en una operación que no alcanzó ninguno de sus objetivos estratégicos. El prestigio internacional de la superpotencia, su capacidad de disuasión y la credibilidad de su sistema de alianzas han sufrido un deterioro cuyas consecuencias se proyectarán sobre la política mundial durante años.
Frente a ese balance, Irán sale del conflicto con su gobierno consolidado, sus instituciones fortalecidas por la experiencia de la resistencia, su capacidad militar demostrada ante el mundo, sus relaciones con China y Rusia más profundas que antes de la guerra, su arquitectura de seguridad regional (misiles, alianzas con movimientos de resistencia) intacta en todos sus componentes, y un acuerdo en el que la potencia que intentó destruirla se compromete a financiar su reconstrucción, a levantar todas las sanciones y a retirar sus fuerzas. La asimetría entre ese resultado y los objetivos iniciales de la guerra es la medida exacta de lo que ha ocurrido.
VII. Las enseñanzas de un ciclo histórico
La guerra contra Irán es el eslabón más reciente de un ciclo histórico que se ha repetido con una regularidad que debería obligar a la reflexión a quienes diseñan las políticas imperiales: la potencia hegemónica subestima la capacidad de resistencia de una nación que defiende su soberanía, lanza una operación que promete ser rápida y decisiva, descubre que la resistencia es más profunda de lo calculado, incurre en costes que no estaba dispuesta a asumir y termina negociando en condiciones que contradicen sus objetivos iniciales.
Cada repetición de ese ciclo enseña la misma lección y cada vez la potencia imperial parece aprenderla desde cero. La razón no es un déficit de inteligencia estratégica: es que el imperialismo tiene una lógica propia que lo empuja a repetir los mismos errores porque sus intereses estructurales lo obligan a intentar mantener una dominación que las fuerzas históricas están erosionando. El orden unipolar que Estados Unidos intentó construir tras 1991 nunca fraguó y sus restos, su esqueleto, está en proceso de desintegración, y cada derrota como la de Irán acelera ese proceso porque demuestra a los actores del Sur Global que la resistencia es posible, que sus costes son menores de lo que la narrativa de la invulnerabilidad imperial pretende y que el resultado final siempre es preferible al de la resignación y entrega.
Irán ha aportado a ese proceso algo que va más allá de su propio caso: ha demostrado que la coherencia de principios en política exterior -el internacionalismo real, la lealtad a los aliados cuando esa lealtad es costosa, la negativa a aceptar condiciones que comprometan la soberanía- no es solo una opción moral sino una estrategia política eficaz. Que proteger y defender al Líbano como condición no negociable del acuerdo en el momento de mayor presión no era un gesto retórico sino el ejercicio de una racionalidad política que produce resultados concretos. Que negarse a incluir el programa de misiles y el apoyo a los movimientos de resistencia en la agenda de negociación, cuando ambas cuestiones eran presentadas por el agresor como exigencias irrenunciables, es posible si se tiene la determinación de sostener esa negativa hasta el final.
El mundo que emerge de esta guerra no es el mundo que Washington y Tel Aviv pretendían diseñar. Es un mundo en el que las alianzas antihegemónicas que apuestan por un mundo basado en la multilateralidad son más sólidas que antes del conflicto. En el que las monarquías del Golfo han comprobado que las bases militares estadounidenses en su territorio son un factor de riesgo, no de protección. En el que el agotamiento del arsenal de misiles de precisión de la mayor potencia militar de la historia ha quedado expuesto ante todos sus adversarios. En el que los pueblos del Sur Global tienen un ejemplo concreto y reciente de que la resistencia soberana produce resultados. Y en el que Israel, el actor que más activamente trabajó para iniciar y escalar el conflicto, se encuentra en la posición más incómoda de todas: la de un régimen que necesita la guerra para sostener su proyecto colonial y que, sin embargo, ha visto cómo la guerra que promovió ha producido un acuerdo que erosiona las condiciones de su dominación regional.
Catorce cláusulas. Ese es el resultado. Y en cada una de ellas está escrita, con la frialdad del lenguaje diplomático, la historia de lo que ocurre cuando un pueblo decide que su soberanía no es negociable.







