Viriato

Quienes pretenden extender el pensamiento único a lo largo y ancho del planeta, milmillonarios, tecnócratas e imperialistas, han cambiado de estrategia a la hora de eliminar obstáculos.

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Donald Trump, banderas imperiales | The White House / Public domain
Fuente: The White House / Public domain

En el momento que escribo esto, no sé cómo acabará el lío, por llamarlo de alguna manera, que han montado en torno al expresidente Zapatero. Pero, pase lo que pase, a día de hoy, me reafirmo en dos cosas.

Una, la política no puede ser una profesión. Es un ejercicio de responsabilidad con duración limitada tras la que cada cual debe volver a sus quehaceres. Anguita, Gerardo Iglesias, Cayo Lara, Pepe Mújica o Mari Carmen Moreno, la exalcaldesa de mi pueblo, son buenos ejemplos entre otros muchos. Te podrán pedir consejo, pero ahí se acabó el asunto. Palabras y experiencia, las que quieran; dinero o dádivas, ninguno.

La otra, es que si la CIA, el Mossad o cualquier otra agencia del Imperio anda metida en el asunto, lo primero que hay que hacer, es desconfiar. Más aún, si las informaciones que proporciona alguien que ha sido detenido y encarcelado en Miami, tienen que ver con Venezuela o Cuba y pueden perjudicar a nuestro Gobierno actual, alineado en contra de los desmanes que el Fascismo de Nuevo Cuño perpetra con total impunidad. 

La judicatura, firmemente escorada a la derecha, es incapaz de procesar a Aznar por criminal de guerra, a Felipe González por responsable del terrorismo de Estado del G.A.L., a Mpuntorajoy  por ser Mpuntorajoy,  o al Rey Putero por chorizo…

Pero si todo eso, además, va a parar a las manos de una judicatura firmemente escorada a la derecha, incapaz de procesar a Aznar por criminal de guerra y capo mafioso, a Felipe González por responsable del terrorismo de Estado del G.A.L., a Mpuntorajoy  por ser Mpuntorajoy,  o al Rey Putero por chorizo, amén de la increíble condena al Fiscal General del Estado y el juicio a la mujer y al hermano del presidente Sánchez, la no imputación de la Falangista del pinganillo y su entorno por los protocolos de la vergüenza y los “bisnis” con Quirón, ni tampoco la de Esperanza Aguirre, aunque solo fuera por presumir de haber secado el parque del Retiro cuando fue concejala de medioambiente, entonces la cosa no solo huele mal, sino que apesta.

No soy yo muy dado a las teorías de la conspiración, pero basta abrir los ojos, no mucho, con un poquito basta, para ver cómo quienes pretenden extender el pensamiento único a lo largo y ancho del planeta, milmillonarios, tecnócratas e imperialistas, han cambiado de estrategia a la hora de eliminar obstáculos, ya sean pueblos o sus dirigentes.

A mediados del siglo pasado, lo tenían fácil. No había tanta información ni acceso global a esta, con lo cual les bastaba masacrar a poblaciones enteras como en Palestina con la Nakba, secuestrar a Patrice Lubumba, descuartizarlo y disolver su cuerpo en ácido sulfúrico en una suerte de fiesta macabra con policías belgas, franceses y  agentes de la CIA como invitados, o desaparecer en una concurrida calle de París, la cuna de la Revolución, a Ben Barka y someterlo a torturas hasta la muerte por miembros de la OAS y policías de Marruecos, acompañados, ¡cómo no!, por los de la CIA, que no se pierden una.

Luego llegaron a la conclusión que las personas mueren, pero las ideas perduran. Entonces probaron las invasiones. El problema es que salían caras, morían sus soldados, sus vecinos se enfadaban y, además, como pasó en Viet Nam y Cuba, no siempre triunfaban. Así que pensaron que era mejor financiar a militares y empresarios para que fueran ellos mismos quienes invadieran sus propios países. Eso siempre se llamó Golpe de Estado, pero quedaba mejor Defensa de la Democracia o Liberación de la Dictadura Comunista.

A los pueblos siguen masacrándolos porque el mundo aparta los ojos ante el horror del genocidio. Pero eliminar a los dirigentes se hacía complicado con eso de la soberanía y el derecho internacional. Hasta que descubrieron la panacea. Si inventaban una aberración, si propagaban el bulo de un delito imperdonable, nadie podría decir que no estaban actuando en pro de la justicia. Y para ello, lo primero era poner a la traición en nómina.

Probaron con Noriega, Sadam o Gadaffi y les salió bien. Lo intentaron con Cuba, pero Fidel se les adelantó. Luego vinieron las acusaciones a Correa, a Evo Morales, a Lula da Silva, a Cristina Fernández. Se superaron con el secuestro de Maduro. Ahora lo intentan con Raúl Castro y, ¿por qué no?, con Zapatero, la antesala para la caída del gobierno de coalición.

“Roma no paga a traidores”, dijo el cónsul romano a los asesinos de Viriato, tras lo cual, mandó pasarlos a cuchillo. Durante mi niñez creí en la dignidad que encerraba la frase histórica. Pasaron los años y la realidad puso fin a mi inocencia. Roma paga a los traidores. Aunque eso sí, si piden de más, también los acuchilla.

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