Pasear por las calles de La Habana ya no es lo que solía ser. Quienes conocieron la ciudad en sus días de música espontánea, de vecinos y vecinas en las puertas y de una vitalidad que desafiaba cualquier carencia, se topan hoy con un paisaje desolador. La alegría que caracterizó al pueblo cubano no se ha ido del todo, pero apenas se siente; ha sido sepultada bajo una capa gruesa de desesperación. La gente mira al horizonte y no encuentra el túnel que lleve a la salida esperada. Esa salida, en esencia, es una sola: que el imperialismo les deje libres para vivir con dignidad.
El cerco que ahoga: agua, luz y medicinas
Caminar por La Habana hoy es asistir a una obra de supervivencia diaria. La corriente eléctrica se convierte en un bien tan efímero como preciado; el agua escasea; los alimentos y las medicinas son un lujo al que cada vez menos personas pueden acceder. Esta no es una crisis natural ni un castigo divino: es la consecuencia directa de un asedio económico implacable impuesto por el gobierno de Estados Unidos, que niega al cubano de a pie el derecho más básico a la existencia.
Y sin embargo, el pueblo cubano responde. Lo hace como quien aguanta la respiración bajo el mar, aprovechando esos escasos minutos —apenas dos horas al día— en que la electricidad regresa para dar vida a los refrigeradores, a los equipos de aire, a la telefonía. Es un ritual de urgencia: lavar, asearse, cargar baterías, sobrevivir. No es fácil, no es fácil —repiten en cada esquina— pero seguimos en la lucha. No podemos parar.
La grieta social: delincuencia, droga y hambre
Junto a la escasez material, emerge otra preocupación real. No se trata de una desconfianza entre vecin@s —esa solidaridad barrial y el apoyo mutuo siguen intactos—, sino de un sentimiento de inseguridad que comienza a instalarse ante la aparición de hechos delictivos que antes no se veían. Robos y atracos, aunque aún muy lejos de las cifras que azotan a otras latitudes, son hoy una realidad más presente en el día a día. Algo similar ocurre con el consumo de estupefacientes, que si bien sigue siendo un fenómeno marginal si se compara con el de cualquier otra nación del continente, ha crecido lo suficiente como para encender las alertas entre la población.
Quienes conocen la realidad cubana insisten en que los niveles de criminalidad siguen siendo sensiblemente menores que los de cualquier otro país del entorno, pero el simple hecho de que existan donde antes no había basta para generar una inquietud comprensible en una sociedad que no estaba acostumbrada a ello. Tampoco se veía a tanta gente rebuscando entre la basura para encontrar residuos alimenticios. Esa imagen —la de un ser humano hurgando en los desechos— es la fotografía más cruda del hambre. No es un problema de estadísticas; es un problema de humanidad. Es la constatación de que hay gente que muere en los hospitales, no por falta de conocimiento médico, sino por falta de energía eléctrica o de medicinas para atenderlos como se merecen.
El genocidio silencioso y la apuesta por la fractura interna
Duele el corazón, porque el referente de humanidad que durante décadas representó Cuba es víctima de un proyecto de estrangulamiento bien calculado. No es un país fallido, ni un colapso espontáneo; es un genocidio que prevé una muerte anunciada. La estrategia es clara: asfixiar hasta el último resquicio de esperanza para que el sistema se derrumbe solo. Pero quien apuesta por esa rendición no conoce al pueblo cubano. En Cuba, la gente si muere será con las botas puestas. Es vencer o morir.
La Revolución Cubana enseñó al mundo, con su ejemplo, que era posible construir un orden más justo, que respetara los derechos humanos y garantizara derechos sociales universales: salud, educación, vivienda, trabajo y una vida digna. Ese ejemplo, precisamente, fue y sigue siendo una amenaza para el sistema capitalista depredador, promotor de desigualdades y enemigo declarado de toda experiencia que ponga al ser humano por encima del mercado.
Hoy, el capitalismo va adentrándose en el corazón cubano con la sutileza de una grieta que se ensancha día a día, dejando su huella y reproduciendo desigualdades, buscando la fractura definitiva de la Revolución. No viene con tanques, viene con hambre.
Un llamado a la conciencia de Europa y del mundo
Quienes amamos la paz y la humanidad, amamos a Cuba porque encarna esos valores universales. Por eso, desde estas líneas, apelamos a la Unión Europea y a todos los países que, por acción u omisión, se han convertido en cómplices de esta tragedia. Les pedimos que detengan este genocidio contra el pueblo cubano. Un pueblo cuya única culpa ha sido la bondad y la solidaridad.
Son la infancia sin leche, la vejez sin medicinas y los hogares sin alimento. Detrás de cada carencia hay una verdad incómoda: a Cuba se la castiga por atreverse a elegir su propio modelo de sociedad. El derecho a la autodeterminación no es una concesión que se otorga, es un principio fundamental consagrado en la Carta de Naciones Unidas, y ningún país debería ser asfixiado económicamente por ejercerlo.
Por eso debemos apelar a la Unión Europea y a la comunidad internacional: que exijan el levantamiento inmediato del bloqueo, que permitan el acceso sin trabas al petróleo que necesita la isla para generar electricidad, a los alimentos que faltan en las mesas y a las medicinas que salvan vidas. No pedimos privilegios, pedimos lo mínimo: que un pueblo pueda vivir sin que la geopolítica condene a su gente al hambre y la desesperación.
No esperemos a que otros actúen. Todas podemos hacer algo. No hacer nada nos convierte en cómplices.
Hay asociaciones y proyectos solidarios que llevan ayuda directa a Cuba. Necesitan medicinas (antibióticos, insulina, material de curas), alimentos no perecederos (leche en polvo, arroz, conservas, aceite) y pequeños equipos fotovoltaicos con baterías para resistir los apagones.
Puedes donar dinero, organizar una colecta en tu entorno o difundir esta información. Cada gesto, por pequeño que sea, llega y ayuda.
Porque Cuba resiste, pero no debe resistir sola.







