Opinión

Judith Butler y los límites de la política de la vulnerabilidad

La vulnerabilidad puede describir cómo se experimenta la dominación; no basta para explicar cómo se produce ni cómo puede abolirse.
Judith Butler | Fuente: Jreberlein / CC BY 2.5
Judith Butler | Fuente: Jreberlein / CC BY 2.5

Judith Butler ocupa un lugar central en los debates feministas y de la izquierda contemporánea. Desde sus primeros trabajos sobre la performatividad de género hasta sus análisis sobre la precariedad, su obra ha influido de manera decisiva en la teoría social y en el lenguaje de numerosos movimientos políticos. Precisamente por esa influencia, cualquier crítica a su pensamiento debe partir de una lectura rigurosa de sus categorías y de una discusión de sus implicaciones políticas.

Los presupuestos filosóficos del andamiaje butleriano hacen impensable una política de transformación estructural

El problema central del pensamiento de Butler es que carece de las categorías necesarias para pensar la mediación entre resistencia y poder. Aunque en sus últimos trabajos incorpore referencias más explícitas a la clase o al anticapitalismo, su ontología sigue sin permitir una estrategia de poder. Por estrategia no entendemos una mera sucesión de tácticas, sino la existencia de mediaciones organizativas que permitan convertir conflictos dispersos en una fuerza capaz de disputar el poder político. La pregunta es si el andamiaje butleriano permite formular ese tipo de estrategia. La respuesta es que no. Y esta falta no es un olvido subsanable: es consecuencia lógica de unos presupuestos filosóficos que hacen impensable una política de transformación estructural.

Pongamos por caso a una trabajadora de los cuidados, negra, inmigrante, que limpia por horas en tres casas para pagar una habitación compartida. Butler cuenta con un arsenal conceptual para describir esa vulnerabilidad: puede mostrarnos cómo su vida está enmarcada como menos digna de duelo, cómo su precariedad se distribuye diferencialmente, cómo las normas de género y raza la constituyen como un cuerpo que importa menos. Pero hay una pregunta que su marco no alcanza a responder: ¿qué hace esta trabajadora para dejar de ser vulnerable? Y, sobre todo, ¿con quién lo hace?

La división sexual y racial del trabajo no es un complemento cultural de la explotación económica, sino un requisito funcional del sistema

Las aportaciones de la Teoría de la Reproducción Social y de la Teoría Unitaria permiten comprender que el trabajo reproductivo constituye una condición interna de la acumulación capitalista. La división sexual y racial del trabajo no es un complemento cultural de la explotación económica, sino un requisito funcional del sistema. Allí donde Butler privilegia un análisis de la constitución normativa de las diferencias (cómo los marcos producen cuerpos que importan menos), la TRS pregunta por la función que esas diferencias cumplen dentro de la reproducción ampliada del capital. La vulnerabilidad de esta trabajadora no es un efecto colateral de las normas: es una consecuencia estructural de las relaciones de producción y reproducción capitalistas.

Para Butler, la precariedad es el efecto de un modo de gobierno que produce poblaciones diferencialmente expuestas. La desregulación laboral o la financiarización de la vida cotidiana son formas de gubernamentalidad que distribuyen desigualmente la vulnerabilidad. Pero en cuanto se interroga por la causa de esas formas de gobierno, la divergencia con el marxismo se vuelve insalvable. El marxismo explica la precariedad como una consecuencia de la ley del valor y de la acumulación capitalista: la dinámica del capital produce precariedad de manera estructural, y lo hace a través de jerarquías de género y raza que no son exteriores a la explotación. No son dos descripciones complementarias del mismo fenómeno, sino dos jerarquías explicativas distintas.

La categoría marxista fundamental no es la vulnerabilidad, sino la explotación, porque señala el mecanismo que genera la precariedad como necesidad sistémica

Nuestra trabajadora no está precarizada simplemente porque los marcos normativos la hayan constituido como vulnerable. Está precarizada porque el capital necesita que alguien realice el trabajo de reproducción social por salarios de miseria para que otros dediquen más horas al trabajo productivo. La explotación no ocurre solo en la fábrica, sino también en la cocina y en el cuarto de limpieza. Esa explotación reproductiva está generizada y racializada: la explotación se encarna en cuerpos concretos a los que se asigna menor valor, y esa asignación no es un residuo ideológico sino un mecanismo económico. La categoría marxista fundamental no es la vulnerabilidad, sino la explotación, porque señala el mecanismo que genera la precariedad como necesidad sistémica. Los marcos que Butler describe no flotan en un espacio autónomo: están anclados en relaciones de producción y reproducción que les confieren su funcionalidad. Explicar esos marcos sin explicar el anclaje es una explicación a medias que conduce a una política a medias.

Esta carencia se manifiesta con nitidez cuando examinamos lo que el marco butleriano no desarrolla: las categorías que hacen posible el tránsito de la resistencia a la transformación.

Su concepción del sujeto hace que la idea misma de una organización política estable resulte difícilmente pensable dentro de su ontología

Butler ha escrito con perspicacia sobre la asamblea, sobre la reunión de cuerpos en el espacio público. Pero entre la asamblea y el partido hay un salto que su marco no permite franquear. El sujeto butleriano es constitutivamente inestable: nunca está plenamente constituido, permanece siempre abierto. Las coaliciones que forma son, por definición, contingentes y provisionales. La organización leninista, en cambio, presupone un sujeto que, sin cancelar la pluralidad, puede estabilizarse lo suficiente como para construir una dirección política colectiva y actuar estratégicamente en el tiempo. No es que Butler haya olvidado hablar del partido; es que su concepción del sujeto hace que la idea misma de una organización política estable resulte difícilmente pensable dentro de su ontología.

En cuanto a la hegemonía, Butler utiliza el término de forma puntual pero nunca como núcleo. La hegemonía en sentido gramsciano implica la capacidad de articular demandas diversas en torno a un proyecto común y construir un programa de transición. En Butler, la articulación de las luchas es siempre coalicional y coyuntural; no existe un sujeto estratégico que aspire a la dirección del conjunto. La hegemonía que necesita la clase obrera es aquella capaz de unificar las luchas en la fábrica, en el hogar y en el centro de cuidados, no como coalición de movimientos sectoriales, sino como expresión política de una opresión que es unitaria en su estructura. Un marco que conceptualiza las opresiones como marcos normativos autónomos difícilmente puede ofrecer una estrategia para unificar lo que nunca ha estado separado en la realidad material.

Si el Estado es un ensamblaje de prácticas de gobierno, la resistencia se orienta a desmontar marcos normativos; si es la forma política de la dominación de clase, debe apuntar a modificar la correlación de fuerzas que lo sostiene y, en última instancia, a destruirlo como aparato de dominación

Respecto al Estado, en el marco butleriano su análisis queda subordinado al estudio de los dispositivos de poder que lo atraviesan, heredando de Foucault una concepción centrada en las tecnologías de gobierno. El marxismo-leninismo, en cambio, afirma que el Estado es la condensación material de una correlación de fuerzas entre clases, cuya función es garantizar la reproducción de las relaciones de producción capitalistas. Las consecuencias son divergentes: si el Estado es un ensamblaje de prácticas de gobierno, la resistencia se orienta a desmontar marcos normativos; si es la forma política de la dominación de clase, debe apuntar a modificar la correlación de fuerzas que lo sostiene y, en última instancia, a destruirlo como aparato de dominación. La teoría de Butler se detiene antes de ese paso y no llega a elaborar una teoría del Estado como instrumento de dominación de clase.

Su política es una política de la resistencia, no de la ofensiva; una política que reacciona a la precariedad pero no piensa en su abolición

Sin teoría del partido, de la hegemonía y del Estado como condensación de relaciones de clase, el marco butleriano carece de recursos para formular una estrategia revolucionaria. Su política es una política de la resistencia, no de la ofensiva; una política que reacciona a la precariedad pero no piensa en su abolición.

Volvamos a la trabajadora inmigrante. No necesita que le expliquen que su vida es precaria; lo padece cada día. Necesita entender por qué es explotada, quién se beneficia y cómo organizarse para dejar de serlo. Necesita comprender que su explotación en el hogar ajeno y la de quien trabaja en la fábrica no son compartimentos estancos, sino dos momentos del mismo proceso de acumulación, y que las humillaciones racistas y sexistas que sufre son la forma misma en que el capital extrae su trabajo y lo devalúa. Butler puede ayudarle con la primera pregunta. El marxismo-leninismo puede ayudarla con las tres. La pregunta política decisiva no es cómo resignificar su vulnerabilidad, sino cómo acumular el poder necesario para destruir las condiciones que la producen. La primera conduce a una política de la resistencia; la segunda, a una política de la revolución.

La clase obrera no está para deconstruirse: está para emanciparse. Y la emancipación, como enseñó Marx, no será resultado de una resignificación del mundo, sino de su transformación

La clase obrera no está para deconstruirse: está para emanciparse. Y la emancipación, como enseñó Marx, no será resultado de una resignificación del mundo, sino de su transformación. La vulnerabilidad puede describir cómo se experimenta la dominación; no basta para explicar cómo se produce ni cómo puede abolirse. Ahí reside, a nuestro juicio, el límite político del pensamiento de Butler. Superarlo exige una teoría capaz de comprender la unidad entre explotación, reproducción y poder. Esa sigue siendo la tarea propia del comunismo.

(*) Militante del núcleo Diego Almodóvar del Partido Comunista de Andalucía (PCA)

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