Hay figuras históricas que corren el riesgo de quedar atrapadas entre la conmemoración, la mitificación y la simplificación. Con Fidel Castro sucede justamente lo contrario en Desbrozando caminos… Fidel y la conquista del tiempo. Hassan Pérez Casabona no se propone escribir una biografía convencional del líder histórico de la Revolución Cubana ni construir un monumento literario a su memoria. Su propósito es otro: regresar a Fidel para estudiarlo, interrogarlo y poner sus ideas en diálogo con los grandes desafíos políticos de nuestro tiempo.
Publicado en el año del centenario del nacimiento de Fidel Castro, el libro constituye un amplio recorrido por algunas de las dimensiones menos separables de su pensamiento y de su acción: la construcción de la unidad revolucionaria, la centralidad del ser humano, la cultura y la educación, su extraordinaria relación con los libros y el conocimiento, la juventud, el internacionalismo, la política exterior, Estados Unidos, Naciones Unidas, el Caribe, la Crisis de Octubre o su concepción del deporte. No estamos, por tanto, ante una biografía en sentido estricto, sino ante una invitación a estudiar un pensamiento que el autor considera todavía imprescindible para comprender el presente y disputar el futuro.

Desbrozando caminos. Fidel y la conquista del tiempo
Hassan Pérez Casabona
Editado por Libros.cc.
Hassan Pérez Casabona (Jovellanos, Matanzas, 1977) conoce el tema desde una perspectiva difícilmente reducible a una única condición. Es historiador, profesor e investigador, pero también ha vivido una larga experiencia política, estudiantil y revolucionaria. Doctor en Ciencias Históricas, Profesor Titular y Académico Concurrente de la Academia de la Historia de Cuba, desarrolla desde 2016 su labor como profesor e investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos de la Universidad de La Habana.
Su trayectoria comenzó mucho antes en el movimiento estudiantil cubano. Fue presidente nacional de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) y posteriormente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), Segundo Secretario del Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular durante tres legislaturas. Como dirigente estudiantil y juvenil participó en numerosos encuentros internacionales y acompañó personalmente a Fidel Castro en diferentes viajes y recorridos internacionales.
Esa circunstancia concede al libro un valor singular. Hassan escribe desde la investigación histórica y el análisis político, pero también desde el recuerdo de quien pudo observar directamente el método de trabajo de Fidel, su curiosidad intelectual, su pasión por la lectura, su relación con los jóvenes, su capacidad para escuchar y preguntar y aquella inagotable voluntad de comprender cada problema antes de intentar transformarlo.
Conversamos con Hassan Pérez Casabona sobre Desbrozando caminos… Fidel y la conquista del tiempo, sobre el hombre que conoció y sobre una cuestión que atraviesa toda la obra: qué puede seguir enseñando Fidel a quienes, cien años después de su nacimiento, continúan empeñados en transformar el mundo.
El Fidel que conoció Hassan Pérez Casabona
El título del libro contiene una idea muy poderosa: Fidel y la conquista del tiempo. ¿Qué significa exactamente «conquistar el tiempo» cuando hablamos de Fidel y por qué considera que su pensamiento continúa teniendo vigencia cien años después de su nacimiento?
Fidel es un ser humano cuyo pensamiento y trayectoria de lucha poseen una fuerza telúrica. Su trascendencia e inmortalidad estaban garantizadas desde que, antes de cumplir los 26 años de edad, comprendió, y llevó a cabo en esa dirección, que la solución a la problemática cubana, tras el golpe de Estado ejecutado por Fulgencio Batista y sus secuaces el 10 de marzo de1952, imponía la inevitabilidad de llevar adelante la lucha revolucionaria por la vía armada, tras agotarse con dicho zarpazo cualquier posibilidad de transformación social, empleando los mecanismos, e instituciones tradicionales. Esa fue una de sus aportaciones tempranas. Asumir que se agotaba un camino y que, en la misma medida, se abrían nuevos horizontes de lucha, teniendo como vórtice de cualquier empeño la participación popular, bajo la conducción de una vanguardia con hondos sentimientos patrióticos y que, cada vez más, fue adquiriendo una formación en el campo político.
Desde ese momento, por apenas señalar un ejemplo desde la perspectiva histórica, reitero cuando era un joven recién salido de las aulas universitarias, Fidel actuó con osadía y originalidad, desmarcándose de senderos trillados. A partir de entonces, siguiendo la línea analítica de Marc Bloch, acerca de que la historia debemos asumirla como la relación de los seres humanos en su devenir en el tiempo, es decir, no solo circunscrita al pasado, Fidel se movió, de forma ascendente, con propuestas de enorme alcance en el plano teórico y práctico, desde una ejecutoria ética intachable, como un dirigente de estatura universal cuyas contribuciones rebasan cualquier encasillamiento.
En la introducción advierte de que este libro no pretende canonizar a Fidel y rechaza expresamente acercarse a él desde los dogmas, la repetición o las «verdades reveladas». ¿Cómo se estudia hoy a Fidel de una manera verdaderamente revolucionaria y no simplemente conmemorativa?
Los pretextos, o “justificaciones” para acometer alguna empresa, tienen vida efímera. Las motivaciones, por el contrario, entrañan asumir proyectos de hondo calado, con el aliciente de renovar energías, en la medida que se asume, de manera consciente y creadora, dicha travesía. A Fidel hay que estudiarlo con rigor, pasión y compromiso. Es una tarea en las antípodas del formalismo. Solo mediante un diálogo constante con su ideario, desde un enfoque sistémico y dialéctico, entendiendo que sus propuestas no son dogmas, ni sus reflexiones deben asumirse miméticamente, cual catecismo medieval, es posible extraer el sumun que emana del torrente de sus ideas. Por fortuna, de uno a otro punto de la geografía planetaria, el centenario de su nacimiento ha fungido como acicate, para personas de distinto credo y filiación política e ideológica, en el afán de des(re)descubrir a un hombre que se agiganta con el paso de los años.
Usted escribe como historiador, pero tuvo además el privilegio de acompañar personalmente a Fidel en distintos viajes internacionales. ¿Qué descubrió del Fidel cotidiano que difícilmente puede encontrarse en los discursos, los documentos oficiales o los libros de historia?
Un ser humano de extraordinaria sensibilidad. No escapaban de su mirada cuestiones esenciales, y detalles que pasaban desapercibidos para otros, relacionados con aquellos que tuvimos el honor de estar a su lado, a lo largo de las diferentes etapas luego del triunfo del primero de enero de 1959. Fidel observaba tus ojos y el resto de tu comportamiento, incluyendo el lenguaje extraverbal. Con esa visión penetrante, era capaz la mayor parte de las veces, tuvo ese don desde joven y lo desarrolló con creces durante décadas, de escudriñar, sin exageración alguna, las cuestiones fundamentales de quienes estábamos a su lado.
En el nada fue epidérmico. Iba a las esencias, aunque se tratase de aspectos que para otros resultaban periféricos. De alguna manera aprendió a mirar el alma de las personas y a tocar, las fibras más íntimas, de cada quien, y que ello se revirtiera en entusiasmo y consagración a la hora de cumplir una tarea. Fue así para millones que lo seguían mediante las cámaras, en remotas latitudes, y para quienes lo acompañamos en el desarrollo de múltiples programas de trabajo. No dejaba de sorprenderte pues, en todo momento podía moverse, con absoluta facilidad, y de manera orgánica, entre una valoración de una temática internacional y aspectos de la vida cotidiana de gran importancia para quienes fungíamos en ese instante como sus interlocutores.
Te brindaba confianza, asimismo, para que expresaras tus consideraciones sobre cualquier asunto sobre el que te formulaba preguntas. Eso sí, sabía detectar, a kilómetros de distancia, si se le respondía con rigor o, si alguien lo hacía de manera panfletaria. Los intercambios con él, a altas horas de la madrugada la mayor parte de las veces, eran, en muchos sentidos, exámenes cotidianos. No defraudar su confianza, expresando siempre sin ambages lo que conocía sobre un tema, fue la mayor inspiración que tuve en aquellos años inolvidables de trabajo a su lado.
Unidad, formación, cultura, humanismo y rectificación
Dedica un capítulo a «Fidel, lector infatigable» y recuerda jornadas en las que, ya de madrugada, continuaba leyendo centenares de páginas de informaciones mientras quienes le acompañaban daban por terminado el trabajo. ¿Hasta qué punto puede comprenderse su capacidad política sin entender antes aquella necesidad permanente de estudiar, preguntar y aprender?
Desde el comienzo Fidel señaló, con énfasis: “La Revolución no te dice cree, te dice lee”. Es una afirmación, y al mismo tiempo un llamado a todo el pueblo de una belleza extraordinaria. El 15 de enero de 1960, por ejemplo, en la Academia de Ciencias, en un momento donde el 30 por ciento de la población estaba analfabeta, sentenció: “El futuro de Cuba tiene que ser de hombres y mujeres de ciencia y de pensamiento”. El sendero a transitar estuvo claro desde entonces. Muchos años después, en febrero de 1999, en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, en la Caracas que bullía de esperanza con la llegada a Miraflores del inolvidable Comandante Hugo Chávez Frías, expresó: “Una Revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas”.
Fidel no dejó de estudiar ni de prepararse un solo segundo. Leer devino una de sus grandes pasiones desde la adolescencia. Le robó innumerables horas al descanso, en medio del torbellino revolucionario, para disfrutar de la lectura, en la misma medida en que se preparaba. Ningún tema le resultó ajeno. Fue un humanista brillante, consciente de que los conocimientos son el antídoto mayor ante quienes intentan expoliarnos.
Alertó que el capitalismo brutal que se ha impuesto les cercenó a las personas la capacidad de pensar y creó en ellas reflejos condicionados. Ante ese panorama aciago, pero absolutamente reversible si somos capaces de llevar adelante propuestas emancipadoras, la única alternativa es propiciar que los seres humanos podamos acceder, sin discriminación ni lastres de ninguna clase, a la colosal obra cultural, educativa, científica y tecnológica, por solo mencionar estos ámbitos, que hemos creado a lo largo de la humanidad.
Uno de los capítulos centrales aborda «la forja permanente de la unidad». En el libro la unidad no aparece como una consigna ni como una simple suma de organizaciones, sino como algo que se construye «en la práctica, en el movimiento, en la lucha». En un momento de fragmentación de buena parte de las izquierdas a nivel mundial, ¿qué podemos aprender de la concepción fidelista de la unidad?
Fidel fue un orfebre de la forja de la unidad de talla cimera, a escala mundial, en cualquier época histórica. En el caso cubano, desde la década del 50 del siglo anterior, enhebró cada hilo conducente en esa dirección, con la certeza de que ello resultaba el único garante en la obtención de la victoria primero, y luego en la consolidación de la gesta socialista. Sin unidad, en torno a los ideales y principios cardinales de nuestra propuesta emancipadora, no habría siso posible resistir la embestida imperialista que se desató contra nuestra nación, desde el momento primigenio, tras la entrada de los jóvenes barbudos del Ejército Rebelde a La Habana, en la Caravana de la Libertad.
Hay que reconocer, lo hizo en múltiples ocasiones, que el imperialismo ha sido efectivo en fomentar la división entre las fuerzas progresistas en todo el planeta. De igual manera nuestros propios errores, posturas dogmáticas, incapacidad de comunicación, hipersensibilidades a flor de piel, y otros muchos desaciertos, han contribuido también en separarnos. Desde los tiempos de Cicerón, en el Imperio Romano, estuvo claro que “Divide y vencerás”.
Nuestra cosmovisión tiene que transitar, a todas luces, por el camino de encontrar, y estimular de forma constante, con energías renovadas, estrategias e instrumentos que hagan viable la unidad, en relación a los objetivos medulares. Queda un largo terreno por recorrer en esa dirección.
¿Cómo consiguió Fidel combinar esa búsqueda permanente de la unidad con la firmeza en los principios? ¿Dónde situaba la frontera entre unidad, diversidad y renuncia al proyecto político propio?
La unidad de las fuerzas progresistas no es una categoría abstracta. Tampoco una entelequia. Por el contrario, representa la piedra angular para tener éxito frente a la maquinaria subversiva imperial, que mina de muchas maneras, incluyendo sembrando el odio y plantando la semilla de la fragmentación entre los que están del mismo lado de la trinchera, las alternativas que construimos ante la irrupción galopante del capitalismo monopolista trasnacional.
En el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en su memorable intervención el 17 de noviembre del 2005, donde por cierto nos correspondió comentarle, poco antes de comenzar dicho acto, el por qué fue escogida esa fecha como Día Internacional de los Estudiantes, en homenaje a los jóvenes encarcelados y asesinados por los nazis, como el estudiante de medicina Jan Opletal, en Praga, en 1939, afirmó que el principal error cometido al comienzo de la Revolución Cubana fue creer que alguien sabía de verdad de qué se trataba la edificación de una sociedad socialista. Máxime en las cercanías de la primera potencia económica y militar del planeta.
Dejaba claro así que no hay fórmula alguna. No se trata de un algoritmo matemático a poner en ejecución. Las revoluciones, como decía Marx, no son un paseo por una calzada real. Ello nos obliga a pensar, sin descanso, y poner en práctica estrategias y variantes, que superen las acechanzas de quienes desprecian a los seres humanos. Lo esencial son los principios y objetivos de lucha que le dan cuerpo, y sustancia, a un proyecto revolucionario. Ninguna alternativa emancipadora puede desdibujarse, en aras de ganar en lo cuantitativo, al punto de que se aparte, o peor aún, renuncie, a los horizontes trazados. Un barco a la deriva extravía el rumbo y la mayor parte de las veces o naufraga o encalla en cualquier puerto, incluyendo el de sus adversarios. Por desdicha se ven cada vez más proyectos, autoproclamados en el pasado como revolucionarios, que emergen hoy como una bebida descafeinada. En la lucha revolucionaria, desde la atalaya ética, no será válido jamás la postura maquiavélica de que el fin justifica los medios.
Al mismo tiempo, desde el punto de vista dialéctico, y tomando como apoyadura convicciones de acero, en las ideas que nos convocan, siempre que se tenga al pueblo como brújula, y exista claridad meridiana y solidez ideológica y revolucionaria en quienes conducen esos procesos, no hay temor alguno a dialogar, con quien sea y a aplicar variantes innovadoras. Como decía el gran Amauta peruano José Carlos Mariátegui, “El socialismo en América no puede ser copia y calco, tiene que ser creación heroica”. Es una idea válida para cualquier geografía.
Otro de los grandes ejes del libro es la cultura. Para Fidel no era un complemento de la política, sino una condición fundamental de cualquier proyecto emancipador. ¿Por qué concedió tanta importancia a la cultura, la educación y la formación política?
Evocaba de forma permanente la idea martiana de que: “Ser cultos es la única manera de ser libres”. A comienzos de este siglo, en el fragor incesante de la denominada “Batalla de Ideas”, planteó, como complemento a la definición del Apóstol de la independencia antillana, que: “Sin cultura no hay libertad posible”. Reflexionaba, asimismo, acerca de que la cultura representa el escudo y espada de la nación. Le explicó al pueblo que era necesario trabajar, en aras de alcanzar una cultura general e integral, como la coraza mediante la cual el socialismo sería irrevocable en nuestro país.
Aclaró siempre que no entendía la cultura reducida a la dimensión artística y literaria, sino que la asumía, desde una concepción abarcadora de todas las esferas de realización de las personas. Es decir, en la misma línea de lo planteado por Engels de entender la cultura “como huella del devenir de los seres humanos”. Por eso concedió tanta importancia a las tradiciones de las comunidades, a la identidad que se enriquece de tantas maneras, con las danzas, el arte culinario, la oralidad, o el deporte, por ejemplo, entre muchas otras manifestaciones.
Que durante la pandemia provocada por la Covid-19 desarrollásemos cinco candidatos vacunales, y tres vacunas, como un logro extraordinario de la ciencia cubana, constituye también, en primerísimo lugar, un acontecimiento profundamente cultural, que tiene sus raíces en la Campaña de Alfabetización, que tuvo lugar en 1961, y mediante la cual un millón de cubanos dejaron de ser iletrados.
Vivimos en una época dominada por las redes sociales, la inmediatez y los mensajes cada vez más breves. Frente a ello, Fidel dedicaba enormes esfuerzos al estudio y al conocimiento. ¿Existe hoy el riesgo de construir una militancia muy informada superficialmente, pero insuficientemente formada?
Cada problema tiene solución. No se cansaba de reiterar está idea, a quienes trabajamos junto a él. Esa certeza se levantaba como el estímulo a superar cualquier escollo, por muy difícil que resultase. Decía también que, en buena parte de las ocasiones, agobiados por la envergadura de las problemáticas diarias a superar, no dedicábamos el tiempo suficiente a meditar y pensar, con el propósito de encontrar variantes efectivas ante los contratiempos.
La avalancha informativa hace saltar a muchos de un titular a otro, sin siquiera comprender lo que se lee. Se navega en un océano de información, sin un milímetro de profundidad analítica frente a lo que brota ante nuestros ojos en las pantallas. De esa manera, aunque no se reconozca, se actúa como autómatas.
Estamos abocados, como parte de la lucha constante en el terreno de las ideas y los argumentos, a contar con una militancia, en el sentido más amplio, no solo comprometida sino cada vez más preparada. Entendemos que para lograr ese objetivo vital es insustituible fomentar, desde las más variadas ópticas, el pensamiento crítico.
Usted dedica también un capítulo a «El ser humano como eje en el pensamiento de Fidel». ¿Qué significa recuperar esa concepción humanista de la política en un tiempo en el que incluso una parte de la izquierda acaba reduciendo su acción a gestionar lo posible?
Ya señalamos que Fidel fue un humanista de envergadura universal, cuyas aportaciones son hoy más necesarias que nunca, en la misma medida en que multiplicarán su valor con el paso de los años.
El alfa y omega de cualquier proyecto emancipatorio, parafraseando al Che con la idea sobre si una revolución es verdadera o no, tiene que colocar, inexorablemente, a los seres humanos en el vórtice de su ejecutoria. No se trata de sustentarlo en el plano discursivo. Ello no sirve de nada. La clave está en llevar a la práctica, mediante hechos y realizaciones concretas, las más variadas propuestas, las cuales tengan como centro neurálgico, en todos los casos, a las personas de carne y hueso que sentimos, soñamos, y trabajamos diariamente, en medio de vicisitudes de toda índole.
Ya lo dijo Fidel, en junio de 1992, durante la denominada Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro, “Una especie está en peligro de extinción. La espacie humana”. Con ello no solo se anticipó al debate actual sobre la depredación a la naturaleza y todos los graves problemas relacionados con el cambio climático, sino que también, de alguna manera, nos puso a reflexionar sobre que habíamos abandonado, en muchos casos, al ser humano como el epicentro de la lucha.
En el libro aparece repetidamente la capacidad de Fidel para analizar los errores, rectificar y convertir los reveses en nuevas oportunidades. ¿Necesita la izquierda recuperar una cultura política en la que reconocer los errores no sea considerado una debilidad, sino una condición para avanzar?
Sin duda alguna. Los procesos revolucionarios no están exentos de errores y desaciertos. Afirmar lo contrario resultaría un insulto al más elemental conocimiento de los seres humanos y de la verdad histórica. Ninguna experiencia de transformación social, desde la Revolución Mexicana, de 1910 a 1917, la Revolución de Octubre, en ese propio año, la Revolución Cubana de 1959, la victoria de la Unidad Popular, con Salvador Allende, a comienzos de los años 70 de la centuria anterior, con la finalidad de impulsar el socialismo por la vía democrática, la Revolución Sandinista, en 1979, o las que están relacionadas con las propuestas impulsadas en varias naciones de América Latina, en estas décadas iniciales del siglo XXI, por apenas citar unos pocos ejemplos, desde un amplio espectro, se ha llevado a cabo sin cometer errores, incluso de gravedad, y repercusión muy negativa en algunos casos.
En Cuba, Fidel siempre habló con la verdad, de frente al pueblo. Fuera para explicar que no se cumpliría la producción de 10 millones de toneladas métricas en la famosa zafra azucarera de 1970, o para abordar, en profundidad, por qué era necesario llevar a cabo un Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, en la medianía de los años 80 del siglo precedente, a partir de las experiencias de la revolución a la altura de sus primeros veinte y cinco años. Fue también así durante el denominado Período Especial, en tiempos de paz, a comienzo de los 90, justo cuando se produjo la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la desintegración del llamado Campo Socialista, en Europa del Este.
Hay que abordar, con el pecho abierto, las limitaciones y extravíos de los procesos revolucionarios. Edificar una revolución, o impulsar alternativas de transformación social, a contracorriente del imperialismo, más allá del sigo ideológico, no es algo que se aprende mediante videos tutoreales en Youtub, ni mediante las aplicaciones más desarrolladas de la Inteligencia Artificial. Ahora bien, no se puede perder un instante la claridad de que es necesario rectificar lo mal hecho, y “cambiar lo que deba ser cambiado”, como nos dijo Fidel en la Plaza de la Revolución, el 1ero de mayo del 2000, jamás para coquetear con el enemigo sino para fortalecer dichas experiencias de lucha, en beneficio del pueblo, a partir de los aprendizajes adquiridos en las más complejas circunstancias.
Imperialismo, mundo actual, juventud, izquierda europea y legado
Una parte importante de la obra estudia la dimensión internacional de Fidel: Estados Unidos, Naciones Unidas, el Caribe, la Crisis de Octubre, Venezuela, México o España. ¿Cuál considera que fue su principal aportación para comprender el imperialismo y las relaciones internacionales?
A Fidel lo inspiró, desde las más tempranas edades, la prédica martiana de que “Patria es humanidad”. Estudió, con detenimiento, lo que acontecía en el mundo y, de forma particular, las contradicciones del imperialismo y sus vulnerabilidades, a partir de estar huérfanos de ideas. Conoció como nadie, en el siglo XX, y los primeros años del actual, las falencias del funcionamiento del sistema político estadounidense. Su principal aporte, aquí, y en el resto de los asuntos, es entregarnos, un pensamiento fecundo y una ejecutoria límpida en la praxis revolucionaria.
Todo ello desde el más riguroso sentido ético, en su comportamiento y proyección hacia el resto de las realidades. Con independencia de su incalculable autoridad moral, nunca le dijo a los luchadores y dirigentes revolucionarios de otras naciones cómo deberían actuar, en las condiciones histórico concretas de sus países. Incluso cuando, muchos de ellos, le exigían que lo hiciera. Se dedicaba a explicar, por el contrario, lo que debió asumir la Revolución Cubana, no para que se repitiesen esos senderos, sino como experiencias sobre las que era necesario reflexionar y sacar enseñanzas. No deslegitimó ninguna trayectoria revolucionaria a poner en práctica, con el propósito de obtener la victoria. Estaba convencido de que se hace camino al andar.
El mundo actual no es exactamente igual al que conoció Fidel: asistimos a una creciente disputa entre potencias, guerras, crisis de la hegemonía occidental y una profunda reorganización geopolítica. Si aplicáramos el método de Fidel y no simplemente sus citas, ¿qué claves utilizaría para interpretar este nuevo escenario?
Es central asumir dicha idea. Lo crucial, y aportador, es traer al presente su método de análisis, a partir del estudio constate y riguroso de la sociedad que conoció. Fidel, lo hemos dicho, no es un agorero de la historia, ni un chamán que nos revela el futuro, a partir de que dialoga con entes divinos, e invoca a los dioses de la naturaleza mediante rituales sagrados. Fue, y será siempre, un pensador y luchador revolucionario, con una extraordinaria capacidad para transformar el mundo en que vivió. Al igual que José Martí, se propuso conquistar “toda la justicia” y colocó cimientos, en esa dirección, que no podrán ser jamás ignorados, ni siquiera por sus más acérrimos adversarios.
El mundo de hoy no puede estar en manos de un grupo de multimillonarios que no respetan a las instituciones, ni al Derecho Internacional, y que únicamente piensan en acrecentar sus fortunas. Ningún país puede tener derecho al veto, en la toma de decisiones que afectan a la humanidad. La organización de Naciones Unidas tiene que democratizarse y demostrar, en realidad, su valía en aras de acabar con las desigualdades y preservar la paz.
La multipolaridad no puede quedarse en declaraciones. Tiene que avanzar en diversos sentidos, entre ellos dejar atrás la hegemonía del dólar en las relaciones económicas y financieras internacionales. Ese mundo multipolar, necesita ir más allá de las organizaciones creadas. Ellas son necesarias, pero no suficientes, si aspiramos a salvar a la especie humana.
Nadie puede dictar órdenes a la comunidad internacional, ni bloquear a un pueblo, o imponerle a las otras naciones con quién pueden o no establecer vínculos. Como decía Gramsci, cuando hay un mundo decadente y otro en construcción, que no acaba de emerger, en esos claroscuros surgen los monstruos. Es necesario dejar bien claro de que la comunidad internacional no puede permitir que ningún monstruo contemporáneo se sienta en la condición de establecer las pauta que todos deben seguir.
El libro está dedicado a su hijo, Hassancito, «para que conozca las ideas que nos inspiran». ¿Cómo se transmite hoy Fidel a una generación que nació después de su retirada de las responsabilidades de gobierno o incluso después de su muerte? ¿Qué debería encontrar un joven que se acerque por primera vez a estas páginas?
La figura de un ser humano que no dejó de pensar, y actuar, cada día, por la felicidad, y plenitud de las personas. Esa tarea titánica la acometió desde un pequeño archipiélago carente de recursos materiales. Lo hizo convencido de las reservas, y valores incalculables, que anidan en el pueblo. Fidel creyó profundamente, como Martí, “en el mejoramiento humano y la utilidad de la virtud”.
Me gustaría que descubrieran, aquellos que no tuvieron el privilegio de escucharlo, a un líder que hizo suyas las causas más justas de todo el orbe. De igual manera que se estimularan a conocer más sobre su vida, en tanto ello significará, seguramente, aliento para trabajar, desde las más variadas facetas, por ese otro mundo mejor que es posible e impostergable.
Desde Europa asistimos al crecimiento de la extrema derecha, la militarización, el racismo y, al mismo tiempo, a importantes dificultades de las fuerzas transformadoras para mantener vínculos populares y horizontes de ruptura. ¿Qué puede aportar hoy el pensamiento de Fidel a la izquierda europea y, particularmente, a los partidos comunistas?
Aporta, entre muchas contribuciones, un ejemplo de no claudicar, ante los envalentonamientos imperiales. De igual manera la certeza de que es posible vencer, si encaramos los restos con convicción, inteligencia y firmeza. Sin dogmas ni posicionamientos maniqueos. Con unidad, entre todas las fuerzas que se proponen horizontes similares de lucha, aunque hayan escogido caminos diferentes para ello.
Fidel nos dice, y proseguirá haciéndolo, que el enemigo es más débil de lo que aparenta. Y que solo seremos derrotados si dejamos que los errores, vanidades y egoísmos se apoderen de nuestro comportamiento, y echen por la borda lo que hemos conseguido. Nos alerta, al mismo tiempo, en que quieren ponernos a pelear, entre nosotros mismos, para ellos continuar con el saqueo. Fidel es esperanza y compromiso. Si lo asumimos de esa manera, y lo interpelamos con agudeza, será aún más útil en la lucha por la dignidad humana. El enemigo no tiene duda alguna de ello.
En la introducción anuncia que este libro no es todavía el relato testimonial de su experiencia personal junto a Fidel y deja abierta esa posibilidad para el futuro. Después de tantos años de estudio y de convivencia con su legado, ¿qué enseñanza de Fidel considera más necesaria para quienes hoy siguen luchando por transformar la sociedad y qué queda todavía por contar?
Es infinito lo que queda por contar sobre Fidel. No puede hacerlo una persona, ni siquiera el conjunto más potente de investigadores. Es una tarea monumental que tiene que ser asumida por millones de seres humanos. Fidel expresó, en oportunidades diversas, que la frase que más lo cautivaba de José Martí era que: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Este libro es, bajo dicha premisa que comparto íntegramente, apenas un grano de arena dentro de lo realizado en todo el mundo, en este año de su centenario. Nos sentimos reconfortados por ello y profundamente comprometidos. Nos alienta que se sucederán múltiples voces, la nuestra entre ellas, en ese empeño mayúsculo. Fidel, nadie puede rebatir ese hecho, está más vivo y es más necesario que nunca.







