Elecciones

Brasil, segunda vuelta: una elección que sigue trascendiendo sus fronteras

La primera vuelta ha dejado una enseñanza que conviene no eludir: ninguna conquista social es irreversible y ningún espacio político permanece ocupado para siempre.
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Lula. Brasil | facebook.com/Lula
Fuente: facebook.com/Lula

Hace apenas unos días escribíamos que reducir las elecciones brasileñas a una simple alternancia entre candidatos significaba quedarse en la superficie. La primera vuelta del 4 de octubre no ha resuelto aquella cuestión. La ha hecho todavía más evidente.

Flávio Bolsonaro ha terminado por delante de Luiz Inácio Lula da Silva, con algo más del 47% de los votos válidos frente a cerca del 45% del actual presidente. Ninguno alcanzó la mayoría necesaria para ser elegido y Brasil volverá a votar el próximo 25 de octubre. Más de 55 millones de brasileños han votado a Bolsonaro y más de 53 millones a Lula.

El primer dato que debemos asumir es precisamente ese. El bolsonarismo no es un fenómeno residual que desapareciera con la derrota de Jair Bolsonaro en 2022, ni puede explicarse exclusivamente por la figura del expresidente. Flávio Bolsonaro ha demostrado disponer de una base electoral extraordinariamente amplia y ha obtenido un resultado superior al que anticipaban buena parte de las encuestas, que situaban a Lula ligeramente por delante pocos días antes de las elecciones.

Conviene detenerse aquí porque existe el riesgo de encontrar una explicación sencilla para un fenómeno complejo. Una parte del voto a Bolsonaro responde a una adhesión ideológica consolidada; otra expresa rechazo al Gobierno, preocupación por la seguridad, malestar económico o simplemente voluntad de cambio. La capacidad del bolsonarismo para reunir bajo una misma candidatura motivaciones diferentes constituye precisamente una de sus principales fortalezas electorales.

También obliga a la izquierda brasileña a afrontar una contradicción que ya señalábamos antes de las elecciones. El Gobierno de Lula puede presentar resultados sociales objetivos: caída del desempleo y de la desigualdad, recuperación salarial y salida nuevamente de Brasil del Mapa del Hambre. Sin embargo, esos resultados no se traducen automáticamente en una mayoría política. Persisten la preocupación por el coste de la vida, el endeudamiento de las familias, la ralentización económica y un profundo desgaste político acumulado durante años de polarización.

Aquí aparece probablemente una de las cuestiones centrales de nuestro tiempo: mejorar determinadas condiciones materiales no implica necesariamente que quienes se benefician de esas mejoras interpreten políticamente su situación a partir de ellas. Entre la realidad económica, la experiencia cotidiana y la decisión electoral existe un espacio ocupado por identidades, miedos, expectativas, medios de comunicación, redes sociales y formas diferentes de interpretar la sociedad.

Brasil no es una excepción. Algo semejante estamos viendo en Europa y en numerosos países de América Latina.

La primera vuelta muestra, por tanto, algo más profundo que una diferencia de poco más de dos puntos entre dos candidatos. Muestra dos grandes bloques políticos y sociales prácticamente equilibrados y una sociedad en la que ninguna de las dos grandes propuestas ha conseguido construir todavía una mayoría suficiente.

La segunda vuelta no será simplemente una repetición del 4 de octubre. Los electores de las candidaturas eliminadas, quienes votaron en blanco o nulo y quienes se abstuvieron constituyen ahora un espacio decisivo. Tampoco puede darse por supuesto que esos votos se transfieran mecánicamente siguiendo una clasificación tradicional entre izquierda, centro y derecha. La disputa será precisamente por quienes no se identifican plenamente con ninguno de los dos bloques.

Pero la dimensión brasileña es solamente una parte de lo que está ocurriendo.

En la primera columna señalábamos que Brasil es demasiado importante para que sus elecciones puedan analizarse exclusivamente dentro de sus fronteras. Es la mayor economía latinoamericana, uno de los fundadores de los BRICS y uno de los pocos países del Sur Global con dimensión económica, territorial, demográfica y diplomática suficiente para intervenir sobre la configuración del sistema internacional.

La segunda vuelta enfrentará también dos orientaciones internacionales claramente diferentes. Lula ha reconstruido durante estos años una política exterior basada en la autonomía estratégica brasileña, el fortalecimiento de los BRICS, la integración latinoamericana, la cooperación Sur-Sur y la defensa del multilateralismo. Flávio Bolsonaro ha hecho de su proximidad política con Donald Trump y de la reconstrucción de una relación privilegiada con Washington uno de los elementos de su candidatura.

Y esta dimensión adquiere una importancia adicional por las denuncias sobre posibles interferencias exteriores durante el propio proceso electoral.

En septiembre, responsables de la Agencia Brasileña de Inteligencia trasladaron a representantes franceses y alemanes su preocupación por presuntas actuaciones de Estados Unidos relacionadas con las elecciones. En el caso estadounidense, la preocupación brasileña se produce además en un contexto de apoyo político explícito de la Administración Trump a fuerzas ideológicamente próximas en distintos países. Washington ha rechazado anteriormente las acusaciones de injerencia. Un grupo de 31 congresistas estadounidenses llegó incluso a reclamar a su propio Gobierno que respetase el resultado de las elecciones brasileñas.

No se trata de sustituir la decisión de millones de brasileños por una explicación basada en la intervención exterior. Hacerlo sería precisamente negar la profundidad social del resultado que acabamos de conocer. Pero tampoco sería razonable ignorar que las grandes potencias intervienen cada vez más abiertamente en los procesos políticos de otros Estados mediante instrumentos económicos, diplomáticos, tecnológicos y comunicativos.

La defensa de la soberanía, por tanto, deja de ser una cuestión abstracta.

La pregunta que formulábamos antes de la primera vuelta permanece intacta: qué capacidad tendrán países como Brasil para decidir su política económica, sus alianzas internacionales y su modelo de desarrollo sin quedar subordinados a una nueva política mundial de bloques.

Y esa pregunta no afecta solamente a Brasil.

Durante los últimos años, América Latina ha experimentado una profunda reconfiguración política. El mapa que hace dos décadas parecía avanzar hacia gobiernos progresistas, procesos de integración autónoma y mayores márgenes de soberanía vuelve a encontrarse sometido a una fuerte disputa. Brasil, por su tamaño y por su peso económico y político, puede alterar por sí solo la correlación de fuerzas regional.

Por eso el 25 de octubre volverán a mirarse en Brasil muchas más personas que los aproximadamente 159 millones de ciudadanos llamados a las urnas. Se observará desde Washington y desde Bruselas, pero también desde Buenos Aires, Bogotá, La Habana, Caracas y el resto de América Latina.

La primera vuelta ha dejado además una enseñanza que conviene no eludir: ninguna conquista social es irreversible y ningún espacio político permanece ocupado para siempre. La capacidad de representar políticamente a las mayorías debe reconstruirse continuamente a partir de las condiciones reales en las que viven.

Hace unos días terminábamos diciendo que en Brasil se elegía presidente, pero también se discutía qué margen tendrían nuestros pueblos para decidir su propio futuro.

Después de la primera vuelta podemos añadir algo.

La respuesta no llegará fácilmente. Brasil está prácticamente dividido en dos grandes bloques y la disputa permanece abierta. El próximo 25 de octubre sabremos qué dirección elige la mayoría de los brasileños.

Pero, cualquiera que sea el resultado, la cuestión que Brasil está poniendo sobre la mesa seguirá siendo la misma: quién decide el rumbo de nuestras sociedades, al servicio de qué intereses y con qué capacidad real de soberanía en un mundo cada vez más disputado.

(*) Responsable del PCE para América Latina y el Caribe

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