Hoy ha muerto Ernesto Caballero Castillo. Uno de los primeros entre los iguales en la historia del PCE. De los imprescindibles de Bertold Brecht. Lo conocí con ocasión de la huelga de la construcción de Córdoba en 1976. Hubo una mesa de partidos y organizaciones para ver qué se podía hacer con la huelga y en esa reunión Ernesto representaba al PCE.
El joven izquierdista que era el autor de estas líneas no pudo por menos que quedar profundamente impresionado por su solidez y entereza, algo que había observado también en muchos militantes del PCE, y que, pasado el tiempo, haría que me fuese al lugar donde siempre debí estar: este partido grande, heroico las más de las veces, generoso y poseedor de un acervo humano como pocos partidos lo han tenido a lo largo de la reciente historia de España.
Poco tiempo después de la huelga de la construcción del 76 legalizaron al PCE. Hubo una fiesta en el este de Córdoba a la que acudí por casualidad. Ernesto, en una muestra más de su generosidad, que es la generosidad histórica del PCE, permitió que un par de jóvenes izquierdistas, caracterizados por su constante crítica a los comunistas, tomaran la palabra. Las personas como Ernesto, y ha habido y hay muchas de este tipo, son las que hacen grande al PCE, las que construyen partido y logran que esta construcción redunde en beneficio de la clase obrera y de las clases populares.
La militancia a Ernesto le venía de herencia, pues era hijo de Julián Caballero Vacas, alcalde comunista de Villanueva de Córdoba y guerrillero muerto en la lucha contra el fascismo; y de Dolores Castillo Coleto, su madre, militante del PCE, de esas mujeres rojas que tanto hicieron en la lucha antifranquista y en la educación, en el mejor sentido del término, de sus hijos.
La infancia de Ernesto fue dura, como tantas infancias de los vencidos; vivió el mundo del trabajo con muy escasa edad en un entorno campesino que le marcó, afortunadamente, para siempre. Luego vinieron los años en la capital, huyendo del mundo cerrado y cruel de la Villanueva de Córdoba de la posguerra; y así, se instaló con su madre y hermanos en el Barrio Naranjo, un enclave emigrante y rural en la ciudad; allí se afilió al PCE a finales de los años cincuenta.
Se escapó de la caída de 1960, se fue a Madrid en bicicleta y luego a París, desde donde volvió para reorganizar al partido en Córdoba y en Andalucía. Aquello no podía durar mucho tiempo: fue detenido y pasó por las prisiones de Franco. Se negó a aceptar el chantaje de la policía cordobesa cuando terminó su periplo carcelario y les dijo quién era y qué es lo que iba a hacer. Así se conquistó la libertad y la democracia, que nunca fueron y nunca serán un regalo.
Cuando Ernesto ya cumplía muchos años logré convencerle de que escribiera sus memorias después de una larga entrevista que me concedió. De ahí surgieron un par de libros: “Vivir con memoria” y “La democracia inconclusa”. Recuerdo con cariño sus reticencias a la hora de escribir, cosa a la que yo siempre le respondía con lo mismo: “escribe como hablas”. Y habló bien porque logró redactar en un lenguaje campesino, de clase, sencillo y rotundo, una hermosa historia. Recomiendo encarecidamente que se lean estas obras, probablemente el mejor homenaje que se le puede hacer.
Fue, entre otros, secretario general del PCE cordobés, diputado en el Parlamento de Andalucía y en el de España. Pero seguramente el mayor de sus méritos es que, como su padre Julián, tenía tanta autoridad, concedida por sus iguales, que se le reconocía sólo por el nombre ya que era, y es en nuestra memoria, “Ernesto”. Que la tierra te sea leve, camarada.







